26 de octubre de 2010

ciclista

Encontrarte y darte los ojos de ahí en más con noción de verte, de haberte visto. Dejá de mirarme, llegaste a decir, así que de ahí en más mirarte. Mirarte limpio, caminar desnudo. Verte torcer una pierna, torcer las mías. El Niño. El perro boca arriba. El Andariego. La Posesión de lo Grande. Los campos que efectivamente se abren, se ofrecen. Júpiter mío.

Abrir para afuera la puerta de la noche. En la esquina tanta luz de radio parecía una base de la luna, y vos te fuiste apurado en esa dirección. Tres días después la luna es llena y empieza a volcarse.


20 de octubre de 2010

mucho gusto

cuando quiero reventarte
combino dos colores y dos ojos
los proyecto encima tuyo
a ver si te hacen rascar los pies contra el colchón
hundirlos
los pies prendidos fuego.
no puedo escribir de manos tan ocupadas
no puedo pensar sin escribir.

no sé para qué se duerme si no es para descansar del cuerpo,
de las grietas en la cabeza.
y si no puedo dormir, hago té,
tomo la taza con las dos manos.
no puedo escribir de manos tan ocupadas
no puedo pensar sin escribir.

salvo si me encuentro el gesto acabado
la ropa perdida
las piernas se estiran de tejer. uno se hace más alto, más fuerte.
salvo nadar
juegos de confiar, cualquier miope, cualquier vendado.
cualquier desnudo.

12 de septiembre de 2010

plaza. cap. 1

A las tres y cuarto en punto llega Catalina, era la que faltaba. La habían estado esperando sentadas alrededor de una mesa redonda, de pino, con mantel, en absoluto silencio, con los ojos a la completa deriva –deriva como en el mar, pero en el mantel– y con los pies ahogados en medias de nylon, que igual dejan ver arañitas violetas de venas, piernas inquietas. El único pensamiento común había sido el de reparar en la ansiedad por que llegue Catalina. Fuera de eso, cada cual atiende su juego y la mayoría son juegos callados en sombras, con rimas, como recetas. Dijo que iba a llegar a las tres, a las tres se encuentran todos los días.

Mabel tiene la cartera colgada del hombro. Ya no se la saca cuando sale, lo decidió hace unos años, que no se la iba a sacar ni para hacer pis, que se podía acostumbrar al peso que ejercía como si fuera otra extremidad donde lleva caramelos que se desenvuelven tirando de las dos puntas. Hace un año que no se saca la cartera más allá de las paredes que delimitan su departamento, así que tampoco se sacó la cartera mientras esperó a Catalina, a pesar de que Catalina se retrasó quince minutos porque no calcula que últimamente tarda más en caminar la cuadra que separa la puerta de su casa de la del PH de Negra. Ni calcula que ya no calcula.

Entró tan solemne como solemnes la esperaban ellas. Salvo Negra, que tuvo que pararse para responder el timbre, las demás casi no levantaron la vista del mantel cuando cruzó el umbral de la puerta de la cocina y se sentó en la silla que quedaba libre.

Ya les traigo el té.

Con este anuncio las miradas de Mabel y de Porota volvieron, se encuentraron con la recién llegada Catalina.

¿Había tránsito en la vereda?
Un piquete.
Con razón.

Negra dispone las tres tazas al alcance de las demás y se sienta con la suya. Sorben de a poco, de a una, como si se turnaran para hacer un sonido sutil pero desagradable. Se nota que está demasiado caliente, o que a ninguna le gusta, pero hay que terminarlo antes de ir a la plaza, advierte Negra, porque la que no lo termina, no va. Una vez que el estómago y las manos que sostienen las tazas se ponen tibias de té, que dejan de temblar el pulso y entonces enderazan todo lo que pueden la columna, abren los ojos y parece que la cara se limpia, se ponen a conversar. Comenta primero Porota.

Roberto volvió a quedar congelado.
¿En serio? Qué macana, con lo bien que se lo veía.
Estaba lúcido.
Habrá sido la mejoría de la muerte.
Está congelado, no está muerto.
A mí me trató de seducir.
¿Qué decís, Mabel?

Mabel se queda callada, como en penitencia, y con la mano agarra la correa de la cartera y la incrusta más sobre la clavícula. Las tazas van mostrando sus blancos de fondo. Catalina sonríe y tiene las cejas levantadas en posición fija de sorpresa, o de soplar velas de cumpleaños.

A las cuatro y media están instaladas al aire libre. De la boca de la línea C del subte
, sale un camino de adoquines que se bifurca pocos pasos después del último escalón. Hacia la izquierda se despliega una alfombra, como un rompecabezas, de tapas de películas, que toma casi la mitad del pasillo. Tomando la dirección contraria el camino de piedra bordea el arenero. La tierra desde la que se levantan los árboles está medio metro por encima del nivel de la calle, y se delimita con piedras como las del camino. Ahí se sientan las viejas, todos los días, cuando llegan a la plaza. Eligen ese lugar porque en un banco no entrarían las cuatro. Porota es la única que ocasionalmente se para y mira las películas, o le hace un comentario a alguno de los nenes del tobogán.

Cuervo.

Le dice eso a uno negrito, chiquito, que está sentado en la cima y mira para abajo aterrado, como si fuera posible que el tobogán no termine en la arena y que lo hunda para siempre.

Porota, dejá tranquilo al chico.
Que el chico me deje tranquila a mí.
El chico no te está haciendo nada.
¿Cómo qué no? Se para ahí arriba y me mira como si fuera carroña. Cuervo, buitre.

Ya no la escuchan, además tienen la expectativa de que el niño se defienda solo, Porota le dice el nombre de un ave distinta cada vez que vienen a la plaza, la madre debería decirle que tiene que defenderse.

Catalina empieza a tirar la cabeza hacia arriba, el cuello todavía obedece bien el antojo de la mirada. Tiene ojos despiertos, azules. Mira fijo el cielo mientras sostiene el peso de la cabeza en la nuca. Es un día nublado gris parejo, pero una rama de árbol anciano atraviesa las nubes, varios planos antes, y Catalina se queda mirando cuánto se aleja la rama del tronco, tanto que va a parar por encima de su cabeza, y entre ella y el cielo, y ahora las nubes grises están entre sus hojas. Lo cierto es que las demás viejas la tienen sin cuidado, de hecho si le fuera posible conseguir el té por su cuenta, vendría sola o cambiaría de plaza, inclusive, buscaría una más frondosa, con árboles de los que se les ve la sabia o los que en algún momento del año dejan caer la flor amarilla que pisada larga un olor horrible. Tipas. Dan buena sombra.

ce dos puntos barra

Como siempre después de la carpeta de folios azul,
la que era como un libro,

en realidad después y durante:
carpetas dentro de carpetas dentro de carpetas,
estas listas de títulos, y el placer del nombre
que casi siempre me enorgullecía,
creía que le encontraba el suyo a cada fila de versos.

Creía que le encontraba el suyo al árbol, al palomo, al muerrrto.

Hoy volvimos a mencionar lo del “atrás, atrás” de las películas de terror.
El atrás, atrás y de frente un niño te dice: ayúdame.

Todas las cosas que existen y por ciertas están, en los reflejos angulosos.

Son las cinco y media
la puta que lo parió

esta semana la ciudad se me prendió encima fuego,
se llenó de las sirenas,
de luces que pasan a los costados a velocidad
como si lo que viajara en contramano
fuera uno,
no el paisaje a los costados.
¿Qué paisaje?
Necesito más cielo, se me cierra el pecho como en caja.
Cielos, con y sin siestas.
En hamacas.
Comer algunas uvas.
Ir contando una,
dos.
Que se quede semilla en una muela,
lastimarse la punta de la lengua haciéndola salir y tragarla.

Imaginar que la semilla anida, y finalmente crece una planta adentro de uno,
como crecen adentro de uno varias cosas:

el árbol, el palomo, el muerto

27 de agosto de 2010

11 de julio de 2010

fuz

Se quedaron sin el pan y sin la torta, mis gatos de las sombras, se arquean, comentan entre ellos; andan diciendo que va a amanecer, de nuevo. Empiezan a asumir que es inevitable. Dicen que en la ciudad no hay carnada, que se la llevaron de la almohada los ratones, que no hay ninguna noche igual a otra, ni una en la que no amanezca.

Se van a morir de día, tarde o temprano, de alba o farol; de hambre, por rechazar las sobras de ayer; de aburrimiento, por falta de novedad en tragar leche, en esconder dientes, en el lamer áspero de la lengua seca sobre la carne rosada y la papa. Los gatos ya no quieren guiso.

15 de junio de 2010

cap. 1


Fueron días confusos los anteriores a este momento de dibujar hacia atrás. Hacia atrás parece el movimiento de una rueda cada vez que vuelve a inventar el eje.

Subí al colectivo con la madrugada todavía noche, la noche sin sueño alguno, de Retiro, con sus nuevos prembarques a los andenes, que al principio parecían funcionales porque personas como granaderos oficiaban, junto a la puerta, de instancia; pero ahora son simplemente un cartel gigante en cada una que dice "Sector de prembarque A, B, C o D (sigue?)". Cartel con letra y color. Eso sí: en vez de una, dos puertas desiertas de guardia para salir.

Nueva Chevallier anuncia su destino a Rosario a las 7:00 horas, andén 43. Confundo los contiguos: no sé cuál es el 42 y cuál el 43. Las mujeres a mi alrededor y en torno al equipaje tienen el pelo igual de seco que el cielo, y fuman, fuman, antes de subir al colectivo quieren fumárselo todo.

Finalmente encuentro mi colectivo, el que hace escala camino a Rosario, subo y escribo esto: La escalera desemboca en un pasillo que a su vez desemboca tres veces en un ángulo de noventa grados, formando un rectángulo que balconea sobre la escalera, baranda mediante, y a su vez sirve de acceso a las tres habitaciones, el baño y la cuarta habitación, ambientes contiguos que todos juntos, desde arriba, desde el plano en dos dimensiones, forman la planta alta de una casa que tuvieron mis abuelos. Un absoluto: la única casa del mundo, y un río. El río que mean los chicos desde el muelle haciendo nacer la conciencia del pito de alguien.

Recurrir a esta descripción confusa de una arquitectura más bien simple funciona sólo como una especie de placebo, me doy cuenta de esto ya con el colectivo en marcha, haciendo en lo oscuro un laberinto de camino desde Retiro hasta la costanera. Un cartel de uno de los chiringuitos: José Luis Bondiola. Describir ambiente por ambiente me calma, el resto no es más que infancia.

Tengo los oídos tapados desde la explosión, ya van varias horas, prácticamente no escucho. A pesar de que viajo en el piso de arriba del ómnibus, siento las ruedas sobre el piso como si fuera en bicicleta. Hace frío y en este universo vos existís, pero no tomás ninguna decisión.

Me olvidé de poner los guantes de dedos al aire en el bolso. La gente sigue preguntando para qué sirven si queda parte de la mano al descubierto. Ana, en cambio, entendió a primera vista. La utilidad de las yemas de los dedos.

El camino de esa ruta sale de la ciudad en la misma dirección que el que va para mis barrios familiares, pero sigue. En total, el viaje dura lo que dura cualquier siesta que se encare sobre una curva elevada por sobre el nivel del pasto, varios metros, más la elevación del piso de arriba, pero las ruedas pegadas al asiento.

Tuve que cerrar el departamento a ciegas con este tapado rojo largo hasta casi los tobillos y con los oídos tapados por la explosión. Perdía el micro.

Si no fuera por los albergues trasitorios delineados de neón que se aparecían, hubiera confundido el andar de ir a San Nicolás con el de andar en avión. De chica decía albergue transitivo, en vez de albergue transitorio; no podía evitar la confusión. Tuve que memorizar la diferencia a través de reglas mnemotécnicas para dejar de equivocarme. Una cuestión de lógica, al costado de la Panamericana, fragmentada en varias habitaciones en relación de contigüidad, algunas vacías, en otras se hace el amor. Una arquitectura efectivamente industrial. Se hace el amor. Una advertencia: Qué se le va a hacer? Peor un monoblock.

El viaje fue así de raro hasta que me quedé dormida. Cuando me desperté, todavía tenía los oídos tapados por la explosión.

31 de mayo de 2010

xul

Mascullando como de rosario, cuenta por cuenta, cuenta que volver de la muerte es triunfarle, como si quedarse no fuera estar montado, como si resistir a lo espeso de los ríos subterráneos no fuera dar batalla, la noche se ennegrece diez escalones menos diez segundos antes de que claree la última cuenta cuenta que una mujer de pechos largos, flacos, devolvió a la tierra lo que de la tierra había tenido y se mostró el sol quince cebadas después de que clareara, le dijo al sol: Clarita te extraño, Clarita que al norte del continente el amanecer le huele a levadura con diferencia horaria, diferencia horaria que no estoy preparada para entender cabalmente, como no estoy preparada para entender cómo el rosario no es capaz de devolverte de donde haya que triunfar volviendo, a vos no, por particular, a él sí, por universal, a Clara tampoco, porque su sol brilla rayos que van lejos fogueando el devenir según el antojo de ella, resistiendo la tierra a borrar hasta las raíces, no hace falta, no hace falta resignar absolutamente todo, no puede ser cosa fácil ni cosa útil.

29 de abril de 2010

goldilocks



Quería hablarte.
De nada en particular.
De nada en particular.
Como un robot de los que imaginaban en los ochenta,
de los que repiten.

Qué era lo que sugerías? Nexos relativos?
El pelo un quilombo, la columna derecha.
Y no pude ni aprender la lección.

Ni saber bordar.

Así vivís y así te quedás muerto.
Acá se ahoga el que corre sobre el capot, sobre el techo, sobre el baúl,
sobre el baúl, sobre el techo, sobre el capot y hace sonar sirenas,

ahora toca sirenas.

Y yo lo lamento mucho, lo lamento todo. Habrás visto.
“Vos qué viva, sos una llorona”.
Qué viva.
Qué?
No te escucho.

Como si la voz hubiera subido la escalera, yo subí atrás.
Recorrimos los cuartos, la voz primero, marcando el recorrido, y desapareció.
Mirando los muebles mudos
me acordé de la cama grande de papá oso
la cama mediana de mamá oso
la cama chiquita del hijo.

Me senté en la mediana. 

Espero que vuelva.
Aunque se atraviesen imágenes de un tiempo otro, el de atrás, el de adelante.
La ficción me resulta expansiva, crece por encima mío,
me come el tuétano.
Qué vamos a hacer?,
decime.

Silencio de radio.
El robot se murió.

2 de abril de 2010

apagando los sentidos

Me paro, camino cinco pasos rápidos hasta la cocina, como un chocolate con la mano, los dedos están manchados con tinta de marcador, ahora con chocolate derretido, así que los chupo. Esquivo cada vez más fuerte el trabajo a pesar de que se me presenta lúdico, rico, digno de compromiso. El miedo no me paraliza, me hace vibrar en una frecuencia metálica, como de triángulo, de gong, de zzz, una siesta que incrusta imágenes oníricas en el medio del día, y después uno las lleva al colectivo, y con eso en los ojos mira al que se sentó en frente mío y de espaldas al parabrisas. Viajar para atrás no lo marea. Marean los ojos de él si los encuentro. Me puedo pasar buscándolos todo el día, como si fuera un hábito de los insalubres, de los que se hace curso para dejar. Y en el curso enseñan que solamente estar alerta a los naufragios espesos me devuelve a la hoja, como si acá hubiera tenido que estar todo el tiempo, como si fuera una casa un sol y una atmósfera con piel y núcleo. Una sinestesia. Un mar, con un cardumen, cerca del trópico de cáncer, o del de capricornio, es indistinto.

23 de febrero de 2010

biografía


Envejeciste sobre un escritorio de madera afinando el oficio como se afina un piano. Sin clasificar ni ordenar los documentos, simplemente produciéndolos, uno atrás de otro, sumando volumen de papel a una biblioteca virtual que se extiende desde el piso hasta el techo de cada pared.

Nadie empieza por cómo envejeciste. Cuentan la geografía del pueblo en el que transcurrió el parto y la infancia: un páramo sin insectos, siquiera, en algún punto de la Patagonia que no podría ubicar en el mapa. Ahí la aridez del horizonte se justificaba por la cantidad de gas natural que habitaba el subsuelo; el yacimiento le daba trabajo a tu padre, y a vos de comer. Entonces inventan que empezaste a imaginar para compensar la falta de vegetación en las ventanas y en los trayectos de la casa a la escuela. Pero a decir verdad imaginaste porque te gustaba tocarte, así que es justo que empecemos por cómo envejeciste: erosionándote con la mano y los dedos, erosionando miles de hojas con un trazo corrosivo, sin percibir que eras vos el que se iba gastando. Después se te inclinó la columna hacia adelante, fuiste acercando cada vez más la cara al papel; se te fue el color de encima como se va de una fruta: poniéndola fea.

Con el paso del tiempo se mantuvo intacta, sin embargo, tu capacidad para leer en un estado de concentración inalterable. Me resultaba tan impresionante que era capaz de quedarme parado al lado tuyo un rato, mirándote fijo, hasta estar seguro de que por lo menos pestañeabas. Sandra fruncía la boca de bronca cuando te veía sentado en el sillón verde con un libro en la mano, parecía un insecto; esa expresión fue lo único que te resultó imposible de leer. La bronca era por no disponer de palabras como para captarte así: entero.

Hubo un momento, no sé si te acordás, estábamos juntos, de vacaciones, tenías una expresión tan infantil, estábamos en la selva, y me dijiste que era hora de contradecir a Mallea de una vez, “este verdor no perecerá”. Mirabas el paisaje tupido (era el opuesto al de tus primeros años), trepabas, corrías, nadabas, sacabas fotos. Hacía un calor insoportable; Sandra se pasó el verano desplomada sobre una reposera con un vaso de agua en la mano. Vos no, no parabas. Comías como un animal, fruta y carne con la mano, haciendo ruido, masticando con los dos costados. Pensaste que eso se quedaba así de tibio para siempre. Si te hubieran visto en ese momento los que te conocen hoy... Peor: la incertidumbre de si dentro de un rato vas a ser visiblem de si vas a poder hacer uso de la voz, a través de la garganta, o uso del pensamiento, que si hay algo triste de no haber practicado una religión es este miedo.

Yo, por mi lado, cumplí con la tarea de formar un carácter lo suficientemente apático como para que no me joda ni eso: ni el miedo. Pude armar algo digno de llamarse postura mucho después de que nos distanciamos, recién cuando sólo pensaba en vos si te soñaba. Te soñaba en escenarios ridículos: vendiendo fiambre al costado de un camino o chupándole las tetas a mi mujer, y me despertaba a la fuerza, desde adentro del sueño, me obligaba a salir de ahí para aliviar el asco. Con el tiempo ya ni eso, y después de que desaparecieron las pesadillas, se me empezó a hacer difícil reconstruir tu cara.

Sin tu sombra encima pude levantar los hombros, y anduve erguido como mono nuevo. El paisaje visto desde lo alto de la espalda se me reveló espeso a mí también, tuve una hija. Tenerla me produjo una sensación salvaje. Mirarla. Después de que nació Malena volvieron los sueños: llegabas a casa para conocerla, la alzabas y se te arqueaba una sonrisa ancha, sin mostrar los dientes. Me despertaba triste.

¿Vos te despertaste triste alguna vez? Irse a dormir triste es más común, pero no creo que te hayas despertado triste nunca. Ese dato también deberían contarlo, me parece más relevante que los premios y que la obra publicada. Ni hablar de la geografía del pueblo natal, detenerse en esa descripción es la aridez misma, incluso del lenguaje. Se pueden escribir biografías más interesantes y más francas: de la masturbación a la literatura, la transición fue natural; y después fuiste un pecho baldío que se privó de conocer a Malena. El título de Mallea está intacto: de la selva que tenías en los ojos esa vez, se vuelve al primer páramo, en esta habitación. Así resumiría yo. Buenas noches, las que queden.

12 de febrero de 2010

febrero

Durante un mes entero, el sonido de pasar noches en mi departamento, con una luz amarilla en la nuca y con un ventilador de piso que se mueve como un péndulo en el rabillo de un ojo, fue el sonido de ese ventilador, sobre todo. Los demás: El llanto de un bebé de setenta días, una conversación fuerte, una flauta traversa. Cuando el ventilador tapa el primer sonido, se escuchan los otros dos; si no, no. Cada tanto sonó la manija de la puerta de entrada, que está dos pisos más abajo, pero se escucha más fuerte que el ventilador. Cada vez que la abrieron pensé ojalá que vaya a otro departamento. Para seguir sola nada más. No debían interrumpir, en serio. Y se me dio: no lo hicieron. No pude descifrar el autor de la música de abajo, porque siempre apareció el llanto del bebé, que no paró. Esa madre debería tener un ventilador para evitar escuchar la mitad de lo que le llora el pibe. Hace unos días me crucé con la abuela del nene, y me dijo que a su hija le recomendó dormir mucho antes del parto, para juntar. Es lo que le dice a las chicas jóvenes. Pero nadie les dice lo del ventilador, así que se fuman el llanto toda la noche. Lo escuchan sonar espeso, hirviendo, como un caldo que hay que revolver todo el tiempo. Y dicen que ellas también lloran, pero por la cebolla. Terminé asomando la cabeza por la ventana de la cocina para ver qué era eso que escuchaba la chica que vive abajo, y resultó ser que era un piano, ninguna flauta. No sé que es, pero me gusta mucho. Había un olor realmente fuerte del otro lado de la ventana, instalado en el pozo aire y luz del edificio, un olor como de cocinar duro. Durante casi todo el mes, los días fueron tan calurosos que ninguno tenía futuro. Un tiempo con olores de la piel, de los besos, de la mierda que se puede llegar a hacer con setenta días de edad, o con una ciudad entera. A la noche nos bendecía la misma temperatura, como incandescente o acostumbrada. Serpenteaban las calles dos que iban mitad al trote, mitad en la cola de un camión, llevándose la mierda de la madre, del hijo… La mía. Mi calor, se llevaban. O traían el suyo, no sé. Hubo lluvias realmente muy fuertes, tormentas. Por suerte nadie se asusta de granizo con ese calor, nada podría caer sin derretirse, pero de todos modos fueron tormentas rabiosas. Las viví en ese departamento y en otra ciudad, ese mismo mes. Las atajé en ventanas ya rotas y ventanas por romperse. Vi cómo se caían enteras en la misma esquina. Lleno de truenos, el cielo, parecía el mundo. El bebé paró.

30 de enero de 2010

plan b

Hace poco traté de subir un tema que compuso Neira basado en un algo que escribí yo y me salió mal porque no pude gobernar la parte técnica de la publicación. Prefiero creer, de hecho, que era imposible. Pero como me quedé con las ganas y encontré esto traspapelado en mi casilla de mails, va un videíto de cómo Tierra Gris hace Cuna Quebrada y yo un poco todavía lloriqueo, si estoy en el público.

Ahora sí: Vean

28 de diciembre de 2009

deshabillé deshabité deshabituar

Amaina y frena del todo, la lluvia, primero en un silencio, después en una ventana, por último un cigarrillo, afuera, parada porque el banco rojo todavía está mojado, las hamacas también. En los vidrios repartidos de la puerta el pasto está fosforescente y levanta perfume. El humo se estanca, apoyado sobre el olor a tierra como en una siesta.
Mamá se queja porque este verano el jazmín no floreció, así que lo miro y le pregunto por qué. No contesta más que un tono de verde. A lo sumo agudo. Qué me dice lo agudo de un jazmín sin blanco. Casi nada. Sobre todo casi nada que pueda disculparlo de no haber dado flor. Perfume. Decí que por suerte levanta perfume el pasto, todavía, a pesar de que de a poco el aire se vuelve a mover de un lado a otro. Vuelve a circular, dicen las brujas. Así que respiro, ahora que apagué el cigarrillo. Decido profundamente que es el último que voy a fumar. Nunca más. Me duele lo que cuesta renunciar a casi cualquier cosa, así que supongo que tampoco es imposible, porque dejar algo para siempre no me resulta tan ajeno ni tan poco frecuente, debe ser prácticamente igual a la primera renuncia, cuando se deja de nadar para nacer.
Seco el banco rojo con la pollera porque igual hace calor, así que gusta tener puesto algo mojado. Ya tengo ganas de fumar otro cigarrillo. Son las primeras que aguanto; aprieto las rodillas y me obligo a pensar en otra cosa. El jazmín sigue callado. Sin saber que estoy afuera, desde la cocina, mi hermana menor apaga la luz de todos los faroles, e inmediatamente después, las lámparas de adentro. Me deja sola con el cielo.

15 de diciembre de 2009

Tinta China

No hace más que mirar a su alrededor, con los ojos rígidos, como trabados a una distancia fija entre los párpados. Y el cuerpo lo tiene todo quieto. Los puños, al final de los brazos colgando, están cerrados. Las manos son bastante blancas, entonces en los nudillos –los nudillos filosos del puño haciendo fuerza– se trasparentan venas azules, diminutas, pero hinchadas.
Todos los días, a la misma hora, la madre le da un vaso de agua y le dice que trague el mejoralito, que tiene gusto a frutilla. Cuando pregunta para qué sirve, ella dice que para que preste atención, y para estar tranquilo. Entonces la toma, pero tiene más gusto a metal con azúcar que a frutilla. Esta semana ella estuvo distraída, y se olvidó de dársela. Él no le hace acordar porque sin la pastilla igual se siente tranquilo.
Cuando uno de sus compañeros estalló en carcajadas señalándolo, en vez de tranquilo se puso rígido, y lo miró, con los ojos trabados a una distancia fija entre los párpados. Espera algún signo de arrepentimiento. Nada. No se va a parar de reír, va a esperar a que los demás se empiecen a burlar también, más por avalar su poder que por estar de acuerdo.
Se escribe la piel. Se esconde en un rincón del patio y con marcador escribe sobre el brazo, porque es lo único que evita que se coma las uñas. A veces escribe nombres, o palabras que le gustan por su caligrafía. Tiene una letra cursiva metódica y demasiado lenta en el trazo. Nuez, escribe. Fue justo cuando terminó de escribir nuez, que el que estaba sentado a su derecha lo vio, lo señaló, y estalló en carcajadas. Otra vez se está haciendo dibujitos y palabras en el brazo.
En el lugar en el que vive hay un cuarto muy chico que se usa para guardar cosas como el árbol de navidad y los adornos, por ejemplo, en bolsas de consorcio. Pasa ahí horas. Hay olor a escobillón y a cajas de cartón en ese cuarto. Le gusta estar ahí pero odia las pelusas.
Ahora está lejos de su casa y de ese cuarto, pero para escaparse de alguna forma, se imagina metido ahí, escondido entre dos canastos de mimbre. Necesita lugares herméticos para pensar en lo que le dijeron que es Dios, o para no pensar en si debería dar vergüenza distraerse y escribirse la piel.
Como el recuerdo del refugio no alcanza, la vergüenza lo dispara, literalmente: sale corriendo, atraviesa el patio como si fuera ciego, o rápido, y se mete en el baño que está más cerca. Se encierra y con el mismo impulso con el que traba la puerta, da vuelta la cabeza hacia el inodoro y vomita. Probablemente es el jugo de naranja del desayuno, porque no es repulsivo el olor ni el aspecto, pero al pasar por el esófago siente que quema, y se instala la acidez en la garganta. Tiene las dos manos apoyadas sobre la tabla del inodoro, la cabeza le cuelga floja desde los hombros y otra vez fija la mirada, ve cómo el naranja se expande a medida que el vómito se diluye en el agua, igual que en el experimento de tinta china en el clavel. Lo asalta otra arcada, repentina como si no viniera de su cuerpo, y larga más líquido, pero ahora resignado. Escupe un par de veces. Sabe que no va a vomitar más, pero está pálido, y tiene varios escalofríos, uno atrás de otro.
Sentado en el piso del baño, se mira las manos hasta que recupera el pulso, espera hasta que vuelve a sentir calor en los labios. Se pone en puntas de pie y tira la cadena. Tiene las medias arrugadas en los tobillos. Todas sus articulaciones parecen tan frágiles que da la sensación de que podrían romperse. Además es pálido, el color de la piel de su cara es de un gris amarillento. La madre le dice que es por el beta caroteno, algo que él tiene que comer necesariamente con el fin de ser fuerte. Obedece, pero en general se siente flaco y huesudo. Ahora, todavía sentado, a medida que inhala aire cada vez más profundo y más frecuente, le parece como si el torrente sanguíneo fuera de un caudal enorme. Como si la sangre le fuera hinchando los músculos y la cara. Y se para.
El depósito en el que pasa horas, cada día, se le revela lúgubre por primera vez, se imagina muerto (de esto no es la primera vez), y después lo imagina a él, primero muerto de risa, después muerto.
Ya está de vuelta en el patio. Tiene una mancha naranja en el delantal. Se le acerca mirándolo fijo, el chico ya no se ríe, parece que se olvidó. Justamente por haberse olvidado lo toma del cuello hasta que encuentra la nuez, pequeña, a mitad de camino entre el mentón y la clavícula, y le hunde los dedos. Piensa en cómo resisten los músculos del cuello, y siente la temperatura subiendo debajo de sus dos manos. Lo que menos afloja son los ojos rígidos. A los pocos minutos, los treinta y cuatro kilos que tiene entre los dedos agarrados del cuello, se rinden y se expanden sobre el piso igual que el experimento de tinta china violeta en el clavel.

Por Unjotasch

28 de noviembre de 2009

lo privado es ver salir el sol

Estaban desorientados de luz eléctrica, de disponer los muebles en una ronda y dejar un objeto en el medio, al alcance de todos, igual que un fuego o una botella. Resulta que entonces amaneció de lleno a sus espaldas, y al darse vuelta la ventana era un ojo abierto del todo, encandilado. Así que bajaron las escaleras hablando bajito, abrieron la puerta y se despidieron con un abrazo en la vereda. De vuelta arriba, sola, poniendo las lámparas a dormir, una planta apoyada sobre un estante recupera olor a albahaca –fuerte. Hubo que abrir las persianas, las puertas. Y hubo que aprovechar que el resto de las ventanas, ciegas de sueños de otros, no pueden ver a una mujer sacándose la ropa, soltando gemidos de alivio al despegarse las telas de la piel, el alambre del corpiño, las medias húmedas. Levanta los dos codos a la vez mirando la terraza del otro lado de la manzana, los cables y tanques de agua plateados y por suerte las hojas, igual de nuevas que las de la albahaca, fondeando el paisaje. Entonces los pezones encuentran el cielo como agradeciendo, o rezándole, al hechizo sellado en todas las formas. Recuerda cómo es nadar sin ropa. Se pone un camisón claro y a través del algodón aprieta y suelta los músculos. Los hombros, primero; el cuello, las costillas duras dibujadas en lo más alto del pecho. Escucha un ronquido en una habitación contigua. Parece preguntarse si son feos los ronquidos, o no, y ahora mismo parece no saber contestarse. Entonces se sienta en una silla, como desplomada; abandonó la postura. Piensa un rato, hasta que te da intriga. Le preguntás dándole autoridad de reflexión a los ojos serios. Te contesta que no es nada importante, que sólo piensa en lo feo que suena el ronquido. Te miente. Vos sabés, pero no corresponde que vuelvas a preguntar, así que ella sonríe invicta y sigue caminando por la habitación de una forma que tiene el lenguaje entonado de cuando uno habla solo. Va a la cocina, vuelve a la silla con una pera en la mano y le hunde la boca haciendo ruido para tomarla, aparte de morderla.

30 de octubre de 2009

excomunión

Había espiado como un violador,
había estado caliente a la sombra del acecho
hasta que me amputaron la parte que hacía tus guardias
y el alerta se derritió como después de un veneno,
o de un alcohol,
y se me fueron volando
los dedos ciegos,
los mismos que cosían fantasías en la bombacha
cuando los tenía en el cuerpo,
los amputaron,
y se fueron como palomas de nudillos,
mojados, en bandada,
a la deriva del futuro excomulgado.

7 de julio de 2009

correspondencia

Había eso, atrás de arcos luminosos e infranqueables,
inmediatamente después de los umbrales
desde los que se despiden mis muertos
y se envían mis cartas:

La promesa de un tesoro en monedas,
de varios duendes,
de un parque de diversiones;
pero la confirmación fue la de un espíritu manco.

Toda la escritura,
la escritura de todos los entierros,
los entierros de todos los escritos
quedó en mis manos.

Todos los carteros,
italianos y en bicicleta,
todos esperanzados por la novedad de la metáfora,
están perdidos, no sé si en el camino de ida
o en el de vuelta.

Y esta insistencia
de rezar “es injusto que la plegaria
se vaya callando en el eco,
se vaya cayendo de seca,
se vaya rompiendo en las grietas de rodillas pacientes”,

pareciera que no va a alcanzar nunca
más que para reproducir una carta, un pedido y una nena.

5 de mayo de 2009

vuelta al mundo


A Inés y a Marcelo, que son mi norte.



Salí a la vereda enérgica, cargada de la droga que tiene ese mate que ofrece Carla a sus invitados pero rara vez ceba ella. Existen invitados vitalicios, sin embargo, que conocen la pava de esa cocina, el timbre con el que silba por el rabillo de la tapa cuando el agua está lista. La bombilla tiene sus mañas, hay que poderle al ángulo en el que se entrampa a veces porque si queda clavada ahí, el agua no pasa y nos pasamos la tarde con los dedos en la lengua, sacando palo, polvo, yerba. "Yerba buena", dice Carla, justificándonos por haber tapado el mate. Salí a la calle caminando de a saltos y preferí tomar un camino más largo para pasar por el centro del barrio y que no quedara afuera del trayecto el kiosco del koreano ni el Café de París. Tenía ganas de despedirme, a solas.


Azcuénaga hace una curva que permite rodear la plaza con el tiempo necesario para mirarla con lujo de detalle. Se hace inevitable notar, cada vez, que la vuelta al mundo que de chica me parecía inmensa, no mide más de dos metros. “Es un insulto a la sensación de vértigo y a la trasnochada sensación de infancia”, pienso, “otra traición que foguea la adultez”. En los areneros tres chicos hacían un pozo con una pala naranja y no se daban cuenta de que le estaban tirando toda la arena encima a la nena de mi recuerdo, la que llora porque quiere otra vuelta al mundo: una promesa que no se abra con un viaje y se selle con la muerte. De qué otra forma termina la vuelta al mundo si no en el punto en el que la figura se completa y se queda estática diciendo la geometría triste en la que culminan los trayectos, al menos en la superficie.

Seguí caminando y en las cinco esquinas la vereda se puso más transitada; llegué a la verdulería en donde los muchachos atienden con el lápiz detrás de la oreja para ostentar el sentido práctico que los caracteriza; ese con el que Hugo agarró la sandía que le pedí y la cortó bruta pero precisamente y separó un pedazo de dos kilos. Ni más ni menos. Hundió el cuchillo, la fruta chorreó por los costados del tajo –era demasiado transparente para imaginar sangre– y terminó de arrancar el pedazo de un tirón que hizo crujir la cáscara en un ruido seco y rotundo, antes de llevarla a la balanza.

Se clavó en dos kilos exactos: los tres ceros de los gramos se dibujaron en verde digital (parecía una maquinita del casino cediendo el golpe de suerte). Hugo simuló que no le entusiasmaba el nivel de acierto, que era natural, y dijo “dos kilitos, bonita, ¿algo más?” Se me llenó la cara de sangre; a pesar de que conocía hacía años lo deliberado del despliegue que hacía Hugo manipulando cualquier sandía, no pude evitar que me atrajera ese dominio de los hombres sobre la materia, más aún tratándose de frutos de la tierra y habiendo un arma blanca de por medio, inocente, que no rasgó en su vida más que agua y el tejido vegetal que cede sin quejarse. Tiene un magnetismo inevitable el ceño fruncido a la par del puño inflado de venas, las cejas de Hugo, negras y férreas, y la pretensión del triunfo natural. “Nada más, Hugo, muchas gracias”, me fui con la sandía en una bolsa blanca y con la boca mojada, ya me imaginaba cortándola en cubos y comiéndola con la mano en el jardín.

Barranca arriba pasé por la puerta de la fiambrería de doña Margarita. Sandra y ella tienen ese local hace mucho tiempo, y se refieren la una a la otra como “mi señora” con la seriedad con la que un embajador diría “mi mujer”. Curiosamente, la especialidad de la casa es una tortilla de papas que saben hacer con el punto justo de cada ingrediente. La tortilla se convirtió en el plato favorito de mi familia para almuerzos de días de semana, razón por la cual mi mamá entabló con ellas una relación primero cordial y después afectuosa que le permitió acceder hasta el dato de cómo se conocieron.

De ella heredé ese afán incomprensible por conocer cada una de las historias de amor domésticas y entusiasmarme con los relatos como si fueran cinematográficos. Tanto compartimos ese gusto, que a veces nos contamos las historias de amor de las cuales nos enteramos, aún si la otra no conoce a las personas en cuestión. Marga y Sandra se conocieron hace años, justamente en las cinco esquinas, a ciento cincuenta metros de donde ahora atienden a los vecinos.

Mientras pasaba por la puerta entró Pablo a la fiambrería, un chico conocido en el barrio por ser el dealer de la zona. Sandra lo vio entrar y gritó “¡Pablito!, ¿cómo anda tu mamá?”, fue lo único que llegué a escuchar, pero me resultó gracioso pensando en la variedad de merca y pepa que tiene el pibe a espaldas del jardín de invierno en donde la madre riega las plantas hoja por hoja, con un rociador delicado que humedece las plantas de manera más sutil que la lluvia. Pablito… “Bien, gracias, ¿y su señora?” Preguntó porque Sandra no estaba detrás del mostrador; Marga contestó que había estado enferma, con uno de esos resfríos de verano insoportables, pero que ya se había curado y que estaba en la cocina.

En Monasterio me encontré con Raúl, que salió de la garita en cuanto me vio pasar. Tiene una insistencia asombrosa para hablar sobre el clima y sobre la salud. Lo mecha con comentarios homofóbicos que contrapone a profundas aclaraciones sobre lo que le gustan a él, en cambio, las mujeres. Fosforecen los ojos blanquísimos cuando con la mirada busca algún rincón del cielo en el cual colgar la enunciación de La Mujer, sus formas, y sus maneras. Alguna nube que le sostenga los ojos un segundo, que deje que se abra una luz desde la cara negra y arrugada que parece de piedra. Brilla el recuerdo de una madre celestial, una catalana que lo felicitaría a él por no ser puto y le cocinaría una buena paella, si todavía estuviera viva.

“No es mal tipo, Raúl”, pensé caminando los últimos pasos hacia casa. “No es mal tipo y está solo como nadie en el mundo”. Juan prefiere la versión de que son astronautas, uno en cada esquina por esta zona, y que la garita está a punto de despegar rumbo al espacio. Los ve rumiantes en la madrugada, linterna en mano, y me dice al oído que están pensando en si realmente vale la pena dejar el planeta Tierra. No sé si lo dice para hacerme reír o para cambiarme la vida. En todo caso consigue esas dos cosas.

Una vez en casa seguí embalando mis cosas, viendo como el cartón tiene la propiedad singular de contener todo lo que uno es, revistiéndolo de forma impersonal. Cajas de manzanas y naranjas que me regaló Hugo hace unas semanas para facilitar la mudanza, se comían de postre mis libros, mis cuadernos, mis diarios. Y la habitación se iba vaciando de su nombre hasta quedarse llena de eco y sin forma de ser referida. Me pareció volver a escuchar la voz de mi mamá gritando “hace horas que estás encerrada en tu cuarto” del otro lado de la puerta, cuando la adolescencia me tenía entrampada en sombras de rímel corrido, y yo las usaba para jugar a la imagen de las lágrimas negras y llorar todos los tipos de llanto.

Encontré, en los cajones, una foto de papá, y lo miré directo a los ojos. Algo me hizo sonreír inmediatamente, como si reaccionara a un gesto que conozco, que me es familiar. Me puse seria y fruncí el ceño tan de golpe como se me dibujó la sonrisa: ¿es la foto, lo que conozco, no? “Te quería pedir perdón por no saber si tengo recuerdo”, dije bajito. Por las veces que jugamos a hacer absolutas enunciando un deseo hecho de hecho. Por lo inmortal de apellidarme, de preguntarme, de llamar mío a mi cuarto y a estos libros que el cartón se traga con la boca seca. Cuando los vuelva a desplegar sobre otra biblioteca los fantasmas van a tener caras nuevas y la sonrisa de papá va a estar un poco más lejos.


Unos meses más tarde, viviendo ya en capital, se hizo domingo tan imperceptiblemente como atardece en el Delta después de jugar en los muelles, después de buscar el Off en los cajones y girar el mate, después de llevar los hijos a las camas, bajar las voces y cambiar el tenor.
Desde el viernes anterior, la cabeza me venía dando las vueltas de un trompo cansado cuando empieza a tambalear porque tarde o temprano la fricción le gana a la velocidad, y uno necesita un lugar para caer de costado: Mi casa, mi barrio, mi río. Ningún otro lugar me conoce tanto el perfil de la siesta sobre la almohada. Así que me bajé del tren que traía la transpiración de la ciudad cargando la ropa sucia en un bolso, los pulmones que silbaban y el maquillaje que no se quedó las sábanas; y empecé a caminar sonriendo y contando los toldos de las cuadras.

En la puerta de la verdulería, Hugo terminó de ponerse el lápiz detrás de la oreja y me saludó afectuosamente a través de la cortina de flecos de plástico, gritando que cómo están mis cosas y sabiendo que no necesita saber a qué se refiere con “mis cosas”, lo que sea que te tenga justificadamente lejos. “Bien, Hugo, muy bien. Gracias”.


Seguí camino hacia la barranca, la fiambrería estaba cerrada y de la garita de Raúl no había rastros. Finalmente habría despegado, es que valía la pena dejar la Tierra, y me lo imagino durmiendo en un cráter de la luna, con la panza llena de paella.

A la vuelta de casa vi cruzar la calle a un perro suelto, solo, no sin antes pendular el hocico hacia los dos lados –es que los perros no saben en qué sentido corren las calles pero no son pelotudos. Cruzó en diagonal cuando confirmó que no venía ningún auto, y siguió; tenía un andar un poco saltarín sobre sus cuatro patas, era pelirrojo y parecía limpio, un perro de familia bien. Capaz salió a pasear un rato, a buscar la aventura de los gatos huérfanos que se le plantan arqueados porque él es perro pero de poca calle. La suficiente calle como para saber que se cruza todo lo lejos que le permita la posibilidad de volver; y en diagonal, cosa que el perfil tenga perspectiva de lo que se va dejando de lado.

4 de abril de 2009

abasto magno y helena sirena

Anduvimos un camino entre ramas sueltas, las agarrábamos del cuello para arrastrarlas unos metros y después las devolvíamos al río de asfalto que se volcaba barranca abajo. Nosotros subimos como si la música nos hiciera liviana la contracorriente. Al terminar el trayecto y sentarnos, la esquina de la cuadrícula abrió un portal de noventa grados. Tuvimos que ceder a algunas convenciones para darnos un beso y atravesarlo, pero agradecí que esperaras un segundo, en pausa, cuando estabas llegando a mi boca, y me diste ese tiempo de imaginarlo, primero. Del otro lado de la esquina –a donde sea que hayamos accedido luego de un rato de estar sentados sobre las piedras– caí con resistencia, agarrando las ramas que quedaban para ver si lograba quedar colgando de alguna, pero estaban todas sueltas y me dijiste que si lograbas pescar un pejerrey con una de ellas, yo me iba a tener que casar con vos.

El aterrizaje no fue violento porque me tenías anudada de la cintura, dijiste que el abrazo me amarraba justo, y seguiste hablando hasta que sin interrupir ni avisar te pusiste a cantar algo de un momento de ronca confesión y de preguntarle a la luna si se puede volver atrás. Con el tiempo me acostumbré a retomar el tema y seguir hablando con naturalidad cada vez que se te termina el pedazo de tango o canción que querés entonar porque combina con el barrio, tu reflexión o la morocha; terminé accediendo a suspender la charla para ponerme a escuchar qué tenés pensado hacerle a este cielo con la voz, qué tenés pensado hacer con esos ojos de párpados oscuros, almendras tostadas, con la nariz de payaso y la boca tirando de los hilos de la pausa. El silencio lo sostenés hasta pedirme disculpas por estar callado.

Cómo te culpo si no con besos que te desarmen los rasgos de la cara de a uno, a mordiscones, diciendo como las leonas que el tema no es el reinado. Es el claroscuro de los dientes y las almendras, el agridulce, bizcochito, el mate frío, el amanecer arrepentido atrás de un sillón de cuero; sos vos viendo con la lente que inventa la mirada fruncida, acribillando con el pensamiento, siempre a empujones limpios y polvos sucios que se empiezan en las veredas hasta irse de las manos.

Pendeja de mierda, te voy a cagar comiendo el alma.

Incluso si podemos insistir en hablar de la luna como si hubieran imágenes poéticas disponibles, si los trucos de tu música burlan mi sentido intuitivo de la orientación, o si efectivamente pudiéramos masticarnos lo que sea necesario para quedarnos con el otro, hay ríos a espaldas de mis gestos que navego a pesar de tu voz desde la orilla preguntándome a dónde me fui; yo soy del agua, también. Y si entraras a nado de brazos muy abiertos, sacudiendo la corriente para dominarla, te encontrarías con la lógica densa de su dominio.

Es que si me dispusiera a contarte con lujo de detalle qué gesto –macabro, suponemos los dos– se me dibuja abajo de las máscaras; cómo es el alma de la mamushka, en cuál de las introversiones se escapa por el rabillo del ojo o por una flor del delantal y nos hace el truco de desnudarla con los dedos hasta los huesos y nunca encontrar nada más que un camino infinito de muñecas reproducidas en su propia entraña; no se puede.

Una vez soñé con una mujer gigante, de dimensiones sobrenaturales, de rulos volcados anárquicamente sobre la espalda encorvada y los ojos inmensos, que vivía en un universo de puertas convexas e instituciones montadas dentro de carpas –asumidas circo– y que no hacía más que llorarle a una jaula de hámster vacía una nostalgia imposible. Imposible querer tanto a un rata que ni siquiera había tenido la destreza de hacer girar la ruedita. Ella permanecía sentada sobre el piso de azulejos de la cocina, mirando la jaula estática y sonándose los mocos con una sábana rayada. Contaban en ese universo, que un día el hámster apareció tumbado, tumbado como dormía, pero del todo.

No sé si te lo cuento porque es el único recuerdo que tengo a mano después de todo el tiempo que pasó hasta hoy, en tu cama, que me mirás y leo algo que pregunta. Si supiera qué dictado de ley hubo entre la viuda de la rata y la que te contesta la pregunta con el mismo juego que nos hacen las muñecas… No sé, y la incertidumbre se repite indefinidamente en este camino hacia adentro.

Si alcanzara con confesar que soy esa gigante con la conciencia puesta en un hámster, a quien la rueda se le quedó girando en ruleta rusa a punto de disparar todos los tiros vacíos… Así podría haberme presentado (así me presenté) esa vez en el Abasto, pero ya no soy esa, porque así no se juega a morir. Faltaba un riesgo verdadero.

Recién llegados, nos encontramos una tarde en plaza Francia, nos acostamos sobre el pasto y me señalaste un árbol crispado, pelado, que te encanta. Un árbol que dice como Cortázar “al final está la muerte”. ¿Y al principio? Al principio está la muerte, también. Al final y al principio: plantada fea y a la vista, como el árbol, pero es tan fea que las otras personas acostadas sobre el pasto ni se dieron cuenta de que estaba. En el medio están tus camas angostas, y todas las plazas en donde la rueda quede quieta, en donde el hámster le devuelva la conciencia a la señora, aunque sea unos minutos, para que ella pueda asumirse así de grande e incompleta y pare de llorar, y mire, la puta madre, y se asome a una ventana.

La ventana daba a un bar del Abasto en el que se escuchaba tango y se comían empanadas. Yo fruncía los ojos chicata buscando las ojos chiquitos y lejos del cantante, mi amigo japonés fumaba chinos en la puerta, vos te aburrías, la mandíbula rígida de Julieta se le resistía al relleno de la empanada, te me sentaste al lado, Román anticipaba otro desamor casi antes de identificar que le gustaba Tamara, vos me dirigiste la palabra. En una sucesión de ficciones todas nuestras nos encontramos pendulando el peso de la carne sobre la misma hamaca paraguaya, sobre lo cierto, extendiendo las lenguas en todos los planos de diálogo posibles: terminamos dándonos cuenta de que el mismo pasillo nos saca de la noche y nos mete en un departamento de luces con Parkinson y persianas americanas que abrís y cerrás con la torpeza de un gaucho si atrás amanece.

Pero la historia de mi imaginación no cabe en ningún relato y hasta delineando el perímetro que delimite dimensiones, máscaras y secretos de hace mucho, no te puedo acercar más que a ese borde. Podemos compartir arena en la orilla –el agua hasta los tobillos– y mandar el nylon con el latigazo de la rama. Seguramente comeremos pejerreyes, pero sólo los que hayan resignado el reinado por una rica carnada: almendras tostadas, tu boca tirando de los hilos de la pausa, tirando de la mía, trayéndome como a una sirena de la cola con la torpeza de un gaucho y preguntándome en dónde estuve.

Estuve en el agua, y ahora estoy blanda como una sonrisa.