Había espiado como un violador,
había estado caliente a la sombra del acecho
hasta que me amputaron la parte que hacía tus guardias
y el alerta se derritió como después de un veneno,
o de un alcohol,
y se me fueron volando
los dedos ciegos,
los mismos que cosían fantasías en la bombacha
cuando los tenía en el cuerpo,
los amputaron,
y se fueron como palomas de nudillos,
mojados, en bandada,
a la deriva del futuro excomulgado.
30 de octubre de 2009
7 de julio de 2009
correspondencia
Había eso, atrás de arcos luminosos e infranqueables,
inmediatamente después de los umbrales
desde los que se despiden mis muertos
y se envían mis cartas:
La promesa de un tesoro en monedas,
de varios duendes,
de un parque de diversiones;
pero la confirmación fue la de un espíritu manco.
Toda la escritura,
la escritura de todos los entierros,
los entierros de todos los escritos
quedó en mis manos.
Todos los carteros,
italianos y en bicicleta,
todos esperanzados por la novedad de la metáfora,
están perdidos, no sé si en el camino de ida
o en el de vuelta.
Y esta insistencia
de rezar “es injusto que la plegaria
se vaya callando en el eco,
se vaya cayendo de seca,
se vaya rompiendo en las grietas de rodillas pacientes”,
pareciera que no va a alcanzar nunca
más que para reproducir una carta, un pedido y una nena.
inmediatamente después de los umbrales
desde los que se despiden mis muertos
y se envían mis cartas:
La promesa de un tesoro en monedas,
de varios duendes,
de un parque de diversiones;
pero la confirmación fue la de un espíritu manco.
Toda la escritura,
la escritura de todos los entierros,
los entierros de todos los escritos
quedó en mis manos.
Todos los carteros,
italianos y en bicicleta,
todos esperanzados por la novedad de la metáfora,
están perdidos, no sé si en el camino de ida
o en el de vuelta.
Y esta insistencia
de rezar “es injusto que la plegaria
se vaya callando en el eco,
se vaya cayendo de seca,
se vaya rompiendo en las grietas de rodillas pacientes”,
pareciera que no va a alcanzar nunca
más que para reproducir una carta, un pedido y una nena.
5 de mayo de 2009
vuelta al mundo
A Inés y a Marcelo, que son mi norte.
Salí a la vereda enérgica, cargada de la droga que tiene ese mate que ofrece Carla a sus invitados pero rara vez ceba ella. Existen invitados vitalicios, sin embargo, que conocen la pava de esa cocina, el timbre con el que silba por el rabillo de la tapa cuando el agua está lista. La bombilla tiene sus mañas, hay que poderle al ángulo en el que se entrampa a veces porque si queda clavada ahí, el agua no pasa y nos pasamos la tarde con los dedos en la lengua, sacando palo, polvo, yerba. "Yerba buena", dice Carla, justificándonos por haber tapado el mate. Salí a la calle caminando de a saltos y preferí tomar un camino más largo para pasar por el centro del barrio y que no quedara afuera del trayecto el kiosco del koreano ni el Café de París. Tenía ganas de despedirme, a solas.
Azcuénaga hace una curva que permite rodear la plaza con el tiempo necesario para mirarla con lujo de detalle. Se hace inevitable notar, cada vez, que la vuelta al mundo que de chica me parecía inmensa, no mide más de dos metros. “Es un insulto a la sensación de vértigo y a la trasnochada sensación de infancia”, pienso, “otra traición que foguea la adultez”. En los areneros tres chicos hacían un pozo con una pala naranja y no se daban cuenta de que le estaban tirando toda la arena encima a la nena de mi recuerdo, la que llora porque quiere otra vuelta al mundo: una promesa que no se abra con un viaje y se selle con la muerte. De qué otra forma termina la vuelta al mundo si no en el punto en el que la figura se completa y se queda estática diciendo la geometría triste en la que culminan los trayectos, al menos en la superficie.
Seguí caminando y en las cinco esquinas la vereda se puso más transitada; llegué a la verdulería en donde los muchachos atienden con el lápiz detrás de la oreja para ostentar el sentido práctico que los caracteriza; ese con el que Hugo agarró la sandía que le pedí y la cortó bruta pero precisamente y separó un pedazo de dos kilos. Ni más ni menos. Hundió el cuchillo, la fruta chorreó por los costados del tajo –era demasiado transparente para imaginar sangre– y terminó de arrancar el pedazo de un tirón que hizo crujir la cáscara en un ruido seco y rotundo, antes de llevarla a la balanza.
Se clavó en dos kilos exactos: los tres ceros de los gramos se dibujaron en verde digital (parecía una maquinita del casino cediendo el golpe de suerte). Hugo simuló que no le entusiasmaba el nivel de acierto, que era natural, y dijo “dos kilitos, bonita, ¿algo más?” Se me llenó la cara de sangre; a pesar de que conocía hacía años lo deliberado del despliegue que hacía Hugo manipulando cualquier sandía, no pude evitar que me atrajera ese dominio de los hombres sobre la materia, más aún tratándose de frutos de la tierra y habiendo un arma blanca de por medio, inocente, que no rasgó en su vida más que agua y el tejido vegetal que cede sin quejarse. Tiene un magnetismo inevitable el ceño fruncido a la par del puño inflado de venas, las cejas de Hugo, negras y férreas, y la pretensión del triunfo natural. “Nada más, Hugo, muchas gracias”, me fui con la sandía en una bolsa blanca y con la boca mojada, ya me imaginaba cortándola en cubos y comiéndola con la mano en el jardín.
Barranca arriba pasé por la puerta de la fiambrería de doña Margarita. Sandra y ella tienen ese local hace mucho tiempo, y se refieren la una a la otra como “mi señora” con la seriedad con la que un embajador diría “mi mujer”. Curiosamente, la especialidad de la casa es una tortilla de papas que saben hacer con el punto justo de cada ingrediente. La tortilla se convirtió en el plato favorito de mi familia para almuerzos de días de semana, razón por la cual mi mamá entabló con ellas una relación primero cordial y después afectuosa que le permitió acceder hasta el dato de cómo se conocieron.
De ella heredé ese afán incomprensible por conocer cada una de las historias de amor domésticas y entusiasmarme con los relatos como si fueran cinematográficos. Tanto compartimos ese gusto, que a veces nos contamos las historias de amor de las cuales nos enteramos, aún si la otra no conoce a las personas en cuestión. Marga y Sandra se conocieron hace años, justamente en las cinco esquinas, a ciento cincuenta metros de donde ahora atienden a los vecinos.
Mientras pasaba por la puerta entró Pablo a la fiambrería, un chico conocido en el barrio por ser el dealer de la zona. Sandra lo vio entrar y gritó “¡Pablito!, ¿cómo anda tu mamá?”, fue lo único que llegué a escuchar, pero me resultó gracioso pensando en la variedad de merca y pepa que tiene el pibe a espaldas del jardín de invierno en donde la madre riega las plantas hoja por hoja, con un rociador delicado que humedece las plantas de manera más sutil que la lluvia. Pablito… “Bien, gracias, ¿y su señora?” Preguntó porque Sandra no estaba detrás del mostrador; Marga contestó que había estado enferma, con uno de esos resfríos de verano insoportables, pero que ya se había curado y que estaba en la cocina.
En Monasterio me encontré con Raúl, que salió de la garita en cuanto me vio pasar. Tiene una insistencia asombrosa para hablar sobre el clima y sobre la salud. Lo mecha con comentarios homofóbicos que contrapone a profundas aclaraciones sobre lo que le gustan a él, en cambio, las mujeres. Fosforecen los ojos blanquísimos cuando con la mirada busca algún rincón del cielo en el cual colgar la enunciación de La Mujer, sus formas, y sus maneras. Alguna nube que le sostenga los ojos un segundo, que deje que se abra una luz desde la cara negra y arrugada que parece de piedra. Brilla el recuerdo de una madre celestial, una catalana que lo felicitaría a él por no ser puto y le cocinaría una buena paella, si todavía estuviera viva.
“No es mal tipo, Raúl”, pensé caminando los últimos pasos hacia casa. “No es mal tipo y está solo como nadie en el mundo”. Juan prefiere la versión de que son astronautas, uno en cada esquina por esta zona, y que la garita está a punto de despegar rumbo al espacio. Los ve rumiantes en la madrugada, linterna en mano, y me dice al oído que están pensando en si realmente vale la pena dejar el planeta Tierra. No sé si lo dice para hacerme reír o para cambiarme la vida. En todo caso consigue esas dos cosas.
Una vez en casa seguí embalando mis cosas, viendo como el cartón tiene la propiedad singular de contener todo lo que uno es, revistiéndolo de forma impersonal. Cajas de manzanas y naranjas que me regaló Hugo hace unas semanas para facilitar la mudanza, se comían de postre mis libros, mis cuadernos, mis diarios. Y la habitación se iba vaciando de su nombre hasta quedarse llena de eco y sin forma de ser referida. Me pareció volver a escuchar la voz de mi mamá gritando “hace horas que estás encerrada en tu cuarto” del otro lado de la puerta, cuando la adolescencia me tenía entrampada en sombras de rímel corrido, y yo las usaba para jugar a la imagen de las lágrimas negras y llorar todos los tipos de llanto.
Encontré, en los cajones, una foto de papá, y lo miré directo a los ojos. Algo me hizo sonreír inmediatamente, como si reaccionara a un gesto que conozco, que me es familiar. Me puse seria y fruncí el ceño tan de golpe como se me dibujó la sonrisa: ¿es la foto, lo que conozco, no? “Te quería pedir perdón por no saber si tengo recuerdo”, dije bajito. Por las veces que jugamos a hacer absolutas enunciando un deseo hecho de hecho. Por lo inmortal de apellidarme, de preguntarme, de llamar mío a mi cuarto y a estos libros que el cartón se traga con la boca seca. Cuando los vuelva a desplegar sobre otra biblioteca los fantasmas van a tener caras nuevas y la sonrisa de papá va a estar un poco más lejos.
Unos meses más tarde, viviendo ya en capital, se hizo domingo tan imperceptiblemente como atardece en el Delta después de jugar en los muelles, después de buscar el Off en los cajones y girar el mate, después de llevar los hijos a las camas, bajar las voces y cambiar el tenor.
Desde el viernes anterior, la cabeza me venía dando las vueltas de un trompo cansado cuando empieza a tambalear porque tarde o temprano la fricción le gana a la velocidad, y uno necesita un lugar para caer de costado: Mi casa, mi barrio, mi río. Ningún otro lugar me conoce tanto el perfil de la siesta sobre la almohada. Así que me bajé del tren que traía la transpiración de la ciudad cargando la ropa sucia en un bolso, los pulmones que silbaban y el maquillaje que no se quedó las sábanas; y empecé a caminar sonriendo y contando los toldos de las cuadras.
En la puerta de la verdulería, Hugo terminó de ponerse el lápiz detrás de la oreja y me saludó afectuosamente a través de la cortina de flecos de plástico, gritando que cómo están mis cosas y sabiendo que no necesita saber a qué se refiere con “mis cosas”, lo que sea que te tenga justificadamente lejos. “Bien, Hugo, muy bien. Gracias”.
Seguí camino hacia la barranca, la fiambrería estaba cerrada y de la garita de Raúl no había rastros. Finalmente habría despegado, es que valía la pena dejar la Tierra, y me lo imagino durmiendo en un cráter de la luna, con la panza llena de paella.
A la vuelta de casa vi cruzar la calle a un perro suelto, solo, no sin antes pendular el hocico hacia los dos lados –es que los perros no saben en qué sentido corren las calles pero no son pelotudos. Cruzó en diagonal cuando confirmó que no venía ningún auto, y siguió; tenía un andar un poco saltarín sobre sus cuatro patas, era pelirrojo y parecía limpio, un perro de familia bien. Capaz salió a pasear un rato, a buscar la aventura de los gatos huérfanos que se le plantan arqueados porque él es perro pero de poca calle. La suficiente calle como para saber que se cruza todo lo lejos que le permita la posibilidad de volver; y en diagonal, cosa que el perfil tenga perspectiva de lo que se va dejando de lado.
4 de abril de 2009
abasto magno y helena sirena
Anduvimos un camino entre ramas sueltas, las agarrábamos del cuello para arrastrarlas unos metros y después las devolvíamos al río de asfalto que se volcaba barranca abajo. Nosotros subimos como si la música nos hiciera liviana la contracorriente. Al terminar el trayecto y sentarnos, la esquina de la cuadrícula abrió un portal de noventa grados en el cual tuvimos que ceder a algunas convencionalidades para darnos un beso y atravesarlo, pero agradecí que supieras esperarlo un segundo, en pausa, justo cuando estabas llegando a mi boca, y me diste ese tiempito de imaginarlo, primero. Del otro lado de la esquina –a donde sea que hayamos accedido luego de un rato de estar sentados sobre las piedras– caí con resistencia, agarrando las ramas que quedaban para ver si lograba quedar colgando de alguna, pero estaban todas sueltas y me dijiste que si lograbas pescar un pejerrey con una de ellas, yo me iba a tener que casar con vos.
El aterrizaje no fue violento porque me tenías anudada de la cintura, dijiste que el abrazo me amarraba justo, y seguiste hablando hasta que sin interrupción ni aviso, te pusiste a cantar algo de un momento de ronca confesión y de preguntarle a la luna si se puede volver atrás. Con el tiempo me acostumbré a retomar el tema y seguir hablando con naturalidad cada vez que se te termina el cacho de tango o canción que querés entonar porque combina con el barrio, con tu reflexión o con la morocha; terminé accediendo a suspender la charla para ponerme a escuchar qué tenés pensado hacerle a este cielo con la voz, qué tenés pensado hacer con esos ojos de párpados oscuros, almendras tostadas, con la nariz de payaso y la boca tirando de los hilos de la pausa que sostenés hasta pedirme disculpas por estar callado, ocultando que hay algo de mi cabeza que tenés pensado corroer con el silencio del que te disculpás.
Cómo culparte, o cómo explicarte que no es tu culpa más que con besos que te desarmen los rasgos de la cara de a uno, a mordiscones indiscriminados, diciendo como las leonas que el tema no es el reinado. Es el claroscuro de los dientes y las almendras, el agridulce, el bizcochito, el mate frío, el amanecer arrepentido atrás de un sillón de cuero; sos vos viendo todo con la lente que inventa la mirada fruncida, acribillando con el pensamiento, sos vos siempre a empujones limpios y polvos sucios que se empiezan en las veredas hasta irse de las manos.
Pendeja de mierda, te voy a cagar comiendo el alma.
Aún si todavía hoy pudiéramos insistir en hablar sobre la luna como si hubiera imágenes poéticas disponibles, incluso si los trucos de tu música burlan mi sentido intuitivo de la orientación, o si efectivamente pudiéramos masticarnos lo que sea necesario para quedarnos con el otro, a tu margen queda una tierra incorrupta, invisible a los pioneros. Hay ríos a espaldas de mis gestos que navego aún si desde la orilla escucho tu voz preguntándome a dónde me fui, pidiéndome que me quede con vos, todos los segundos; yo soy del agua también. Y si entraras a nado de brazos muy abiertos, sacudiendo la corriente para dominarla, te encontrarías con la lógica irrefutable de un ancla que ahoga a quien perturba esos ríos, protegiéndolos de que la invasión los haga nunca más míos ni tuyos.
Es que incluso si me dispusiera a contarte con lujo de detalle qué gesto –macabro, suponemos los dos– se me dibuja debajo de las máscaras; cómo es el alma de la mamushka, en cuál de las introversiones se escapa por el rabillo del ojo o por una flor del delantal y nos hace el truco de desnudarla con los dedos hasta los huesos y nunca encontrar nada más que un camino infinito de muñecas reproducidas en su propia entraña; no podría.
Una vez soñé con una mujer gigante, de dimensiones sobrenaturales, de rulos volcados anárquicamente sobre la espalda encorvada y los ojos inmensos, que vivía en un universo de puertas convexas e instituciones montadas dentro de carpas –asumidas circo– y que no hacía más que llorarle a una jaula de hámster vacía un luto eterno, un lamento mudo, una nostalgia imposible. Imposible querer tanto a un rata que ni siquiera había tenido la destreza de hacer girar la ruedita. Ella permanecía sentada sobre el piso de azulejos de la cocina, mirando la jaula estática y sonándose los mocos con una sábana rayada. Contaban en ese universo, que un día el hámster apareció tumbado, tumbado como dormía, pero del todo.
No sé si te lo cuento porque es el único recuerdo que tengo a mano después de todo el tiempo que pasó hasta hoy, en tu cama, que me mirás y leo algo que me pregunta quién sos. Si supiera qué dictado de ley hubo entre la viuda de la rata y la que te contesta la pregunta con el mismo juego que nos hacen las mamushkas, pero mirándote… No sé, y la incertidumbre se repite infinitamente en este camino hacia adentro.
Capaz empecé a escribir buscando la constitución, reclamándole a la miopía o a la orfandad las normas que pudieran circunscribirme a una entidad con perímetro que delimite mujer. Si alcanzara con confesar que soy esa gigante que tiene la conciencia puesta en un hámster y a quien la rueda se le quedó girando en ruleta rusa, a punto de disparar todos los tiros vacíos… Así podría haberme presentado (así me presenté) esa vez en el Abasto, pero ya no soy esa, porque así no se juega a morir. Faltaba un riesgo verdadero.
Recién vueltos de Francia, nos encontramos una tarde en la plaza, nos acostamos sobre el pasto, y me señalaste un árbol crispado, pelado, para decir que te encanta. Un árbol que parece citar a Cortázar: “Al final está la muerte”. ¿Y al principio? Al principio está la muerte, también. Al final y al principio: plantada fea y a la vista, como el árbol, pero es tan fea que las otras personas acostadas sobre el pasto ni se dieron cuenta de que estaba. En el medio están tus camas, todas las plazas en donde la rueda quede quieta, en donde el hámster le devuelva la conciencia a la señora, aunque sea unos minutos, para que ella pueda asumirse así de grande e incompleta y pare de llorar, y mire, la puta madre, y se asome a una ventana.
La ventana daba a un bar del Abasto en el que se escuchaba tango y se comían empanadas. Yo fruncía los ojos chicata buscando las ojos chiquitos y lejos del cantante, mi amigo japonés fumaba chinos en la puerta, vos te aburrías, la mandíbula rígida de Julieta se le resistía al relleno de la de carne cortada a cuchillo, te me sentaste al lado, Román anticipaba otro desamor casi antes de identificar que le gustaba Tamara, vos me dirigiste la palabra. En una sucesión de ficciones todas nuestras nos terminamos encontrando con que podemos pendular el peso de la carne sobre la misma hamaca paraguaya, sobre lo cierto, extendiendo las lenguas en todos los planos de diálogo posibles: terminamos dándonos cuenta de que el mismo pasillo nos saca de la noche y nos mete en un departamento de luces con Parkinson y persianas americanas que abrís y cerrás con la torpeza de un gaucho si atrás amanece.
Pero la historia de mi imaginación no cabe en ningún relato y aún delineando el perímetro que delimite dimensiones, máscaras y secretos de hace mucho, no te puedo acercar más que a ese borde. Podemos compartir arena en la orilla –el agua hasta los tobillos– y lanzar el nylon con el latigazo de la rama. Seguramente comeremos pejerreyes, pero sólo los que hayan resignado el reinado por una rica carnada: almendras tostadas, tu boca tirando de los hilos de la pausa, tirando de la mía, trayéndome como a una sirena de la cola con la torpeza de un gaucho y preguntándome en dónde estuve.
Estuve en el agua, y ahora estoy blanda como una sonrisa.
El aterrizaje no fue violento porque me tenías anudada de la cintura, dijiste que el abrazo me amarraba justo, y seguiste hablando hasta que sin interrupción ni aviso, te pusiste a cantar algo de un momento de ronca confesión y de preguntarle a la luna si se puede volver atrás. Con el tiempo me acostumbré a retomar el tema y seguir hablando con naturalidad cada vez que se te termina el cacho de tango o canción que querés entonar porque combina con el barrio, con tu reflexión o con la morocha; terminé accediendo a suspender la charla para ponerme a escuchar qué tenés pensado hacerle a este cielo con la voz, qué tenés pensado hacer con esos ojos de párpados oscuros, almendras tostadas, con la nariz de payaso y la boca tirando de los hilos de la pausa que sostenés hasta pedirme disculpas por estar callado, ocultando que hay algo de mi cabeza que tenés pensado corroer con el silencio del que te disculpás.
Cómo culparte, o cómo explicarte que no es tu culpa más que con besos que te desarmen los rasgos de la cara de a uno, a mordiscones indiscriminados, diciendo como las leonas que el tema no es el reinado. Es el claroscuro de los dientes y las almendras, el agridulce, el bizcochito, el mate frío, el amanecer arrepentido atrás de un sillón de cuero; sos vos viendo todo con la lente que inventa la mirada fruncida, acribillando con el pensamiento, sos vos siempre a empujones limpios y polvos sucios que se empiezan en las veredas hasta irse de las manos.
Pendeja de mierda, te voy a cagar comiendo el alma.
Aún si todavía hoy pudiéramos insistir en hablar sobre la luna como si hubiera imágenes poéticas disponibles, incluso si los trucos de tu música burlan mi sentido intuitivo de la orientación, o si efectivamente pudiéramos masticarnos lo que sea necesario para quedarnos con el otro, a tu margen queda una tierra incorrupta, invisible a los pioneros. Hay ríos a espaldas de mis gestos que navego aún si desde la orilla escucho tu voz preguntándome a dónde me fui, pidiéndome que me quede con vos, todos los segundos; yo soy del agua también. Y si entraras a nado de brazos muy abiertos, sacudiendo la corriente para dominarla, te encontrarías con la lógica irrefutable de un ancla que ahoga a quien perturba esos ríos, protegiéndolos de que la invasión los haga nunca más míos ni tuyos.
Es que incluso si me dispusiera a contarte con lujo de detalle qué gesto –macabro, suponemos los dos– se me dibuja debajo de las máscaras; cómo es el alma de la mamushka, en cuál de las introversiones se escapa por el rabillo del ojo o por una flor del delantal y nos hace el truco de desnudarla con los dedos hasta los huesos y nunca encontrar nada más que un camino infinito de muñecas reproducidas en su propia entraña; no podría.
Una vez soñé con una mujer gigante, de dimensiones sobrenaturales, de rulos volcados anárquicamente sobre la espalda encorvada y los ojos inmensos, que vivía en un universo de puertas convexas e instituciones montadas dentro de carpas –asumidas circo– y que no hacía más que llorarle a una jaula de hámster vacía un luto eterno, un lamento mudo, una nostalgia imposible. Imposible querer tanto a un rata que ni siquiera había tenido la destreza de hacer girar la ruedita. Ella permanecía sentada sobre el piso de azulejos de la cocina, mirando la jaula estática y sonándose los mocos con una sábana rayada. Contaban en ese universo, que un día el hámster apareció tumbado, tumbado como dormía, pero del todo.
No sé si te lo cuento porque es el único recuerdo que tengo a mano después de todo el tiempo que pasó hasta hoy, en tu cama, que me mirás y leo algo que me pregunta quién sos. Si supiera qué dictado de ley hubo entre la viuda de la rata y la que te contesta la pregunta con el mismo juego que nos hacen las mamushkas, pero mirándote… No sé, y la incertidumbre se repite infinitamente en este camino hacia adentro.
Capaz empecé a escribir buscando la constitución, reclamándole a la miopía o a la orfandad las normas que pudieran circunscribirme a una entidad con perímetro que delimite mujer. Si alcanzara con confesar que soy esa gigante que tiene la conciencia puesta en un hámster y a quien la rueda se le quedó girando en ruleta rusa, a punto de disparar todos los tiros vacíos… Así podría haberme presentado (así me presenté) esa vez en el Abasto, pero ya no soy esa, porque así no se juega a morir. Faltaba un riesgo verdadero.
Recién vueltos de Francia, nos encontramos una tarde en la plaza, nos acostamos sobre el pasto, y me señalaste un árbol crispado, pelado, para decir que te encanta. Un árbol que parece citar a Cortázar: “Al final está la muerte”. ¿Y al principio? Al principio está la muerte, también. Al final y al principio: plantada fea y a la vista, como el árbol, pero es tan fea que las otras personas acostadas sobre el pasto ni se dieron cuenta de que estaba. En el medio están tus camas, todas las plazas en donde la rueda quede quieta, en donde el hámster le devuelva la conciencia a la señora, aunque sea unos minutos, para que ella pueda asumirse así de grande e incompleta y pare de llorar, y mire, la puta madre, y se asome a una ventana.
La ventana daba a un bar del Abasto en el que se escuchaba tango y se comían empanadas. Yo fruncía los ojos chicata buscando las ojos chiquitos y lejos del cantante, mi amigo japonés fumaba chinos en la puerta, vos te aburrías, la mandíbula rígida de Julieta se le resistía al relleno de la de carne cortada a cuchillo, te me sentaste al lado, Román anticipaba otro desamor casi antes de identificar que le gustaba Tamara, vos me dirigiste la palabra. En una sucesión de ficciones todas nuestras nos terminamos encontrando con que podemos pendular el peso de la carne sobre la misma hamaca paraguaya, sobre lo cierto, extendiendo las lenguas en todos los planos de diálogo posibles: terminamos dándonos cuenta de que el mismo pasillo nos saca de la noche y nos mete en un departamento de luces con Parkinson y persianas americanas que abrís y cerrás con la torpeza de un gaucho si atrás amanece.
Pero la historia de mi imaginación no cabe en ningún relato y aún delineando el perímetro que delimite dimensiones, máscaras y secretos de hace mucho, no te puedo acercar más que a ese borde. Podemos compartir arena en la orilla –el agua hasta los tobillos– y lanzar el nylon con el latigazo de la rama. Seguramente comeremos pejerreyes, pero sólo los que hayan resignado el reinado por una rica carnada: almendras tostadas, tu boca tirando de los hilos de la pausa, tirando de la mía, trayéndome como a una sirena de la cola con la torpeza de un gaucho y preguntándome en dónde estuve.
Estuve en el agua, y ahora estoy blanda como una sonrisa.
2 de marzo de 2009
aniversario - pessoa
No tempo em que festejavam o dia dos meus anos,
Eu era feliz e ninguém estava morto.
Na casa antiga, até eu fazer anos era uma tradição de há séculos,
E a alegria de todos, e a minha, estava certa com uma religião qualquer.
No tempo em que festejavam o dia dos meus anos,
Eu tinha a grande saúde de não perceber coisa nenhuma,
De ser inteligente para entre a família,
E de não ter as esperanças que os outros tinham por mim.
Quando vim a ter esperanças, já não sabia ter esperanças.
Quando vim a olhar para a vida, perdera o sentido da vida.
Sim, o que fui de suposto a mim-mesmo,
O que fui de coração e parentesco.
O que fui de serões de meia-província,
O que fui de amarem-me e eu ser menino,
O que fui — ai, meu Deus!, o que só hoje sei que fui...
A que distância!...
(Nem o acho...)
O tempo em que festejavam o dia dos meus anos!
O que eu sou hoje é como a umidade no corredor do fim da casa,
Pondo grelado nas paredes...
O que eu sou hoje (e a casa dos que me amaram treme através das minhas
lágrimas),
O que eu sou hoje é terem vendido a casa,
É terem morrido todos,
É estar eu sobrevivente a mim-mesmo como um fósforo frio...
No tempo em que festejavam o dia dos meus anos...
Que meu amor, como uma pessoa, esse tempo!
Desejo físico da alma de se encontrar ali outra vez,
Por uma viagem metafísica e carnal,
Com uma dualidade de eu para mim...
Comer o passado como pão de fome, sem tempo de manteiga nos dentes!
Vejo tudo outra vez com uma nitidez que me cega para o que há aqui...
A mesa posta com mais lugares, com melhores desenhos na loiça, com mais copos,
O aparador com muitas coisas — doces, frutas o resto na sombra debaixo do alçado —,
As tias velhas, os primos diferentes, e tudo era por minha causa,
No tempo em que festejavam o dia dos meus anos...
Pára, meu coração!
Não penses! Deixa o pensar na cabeça!
Ó meu Deus, meu Deus, meu Deus!
Hoje já não faço anos.
Duro.
Somam-se-me dias.
Serei velho quando o for.
Mais nada.
Raiva de não ter trazido o passado roubado na algibeira!...
O tempo em que festejavam o dia dos meus anos!...
Eu era feliz e ninguém estava morto.
Na casa antiga, até eu fazer anos era uma tradição de há séculos,
E a alegria de todos, e a minha, estava certa com uma religião qualquer.
No tempo em que festejavam o dia dos meus anos,
Eu tinha a grande saúde de não perceber coisa nenhuma,
De ser inteligente para entre a família,
E de não ter as esperanças que os outros tinham por mim.
Quando vim a ter esperanças, já não sabia ter esperanças.
Quando vim a olhar para a vida, perdera o sentido da vida.
Sim, o que fui de suposto a mim-mesmo,
O que fui de coração e parentesco.
O que fui de serões de meia-província,
O que fui de amarem-me e eu ser menino,
O que fui — ai, meu Deus!, o que só hoje sei que fui...
A que distância!...
(Nem o acho...)
O tempo em que festejavam o dia dos meus anos!
O que eu sou hoje é como a umidade no corredor do fim da casa,
Pondo grelado nas paredes...
O que eu sou hoje (e a casa dos que me amaram treme através das minhas
lágrimas),
O que eu sou hoje é terem vendido a casa,
É terem morrido todos,
É estar eu sobrevivente a mim-mesmo como um fósforo frio...
No tempo em que festejavam o dia dos meus anos...
Que meu amor, como uma pessoa, esse tempo!
Desejo físico da alma de se encontrar ali outra vez,
Por uma viagem metafísica e carnal,
Com uma dualidade de eu para mim...
Comer o passado como pão de fome, sem tempo de manteiga nos dentes!
Vejo tudo outra vez com uma nitidez que me cega para o que há aqui...
A mesa posta com mais lugares, com melhores desenhos na loiça, com mais copos,
O aparador com muitas coisas — doces, frutas o resto na sombra debaixo do alçado —,
As tias velhas, os primos diferentes, e tudo era por minha causa,
No tempo em que festejavam o dia dos meus anos...
Pára, meu coração!
Não penses! Deixa o pensar na cabeça!
Ó meu Deus, meu Deus, meu Deus!
Hoje já não faço anos.
Duro.
Somam-se-me dias.
Serei velho quando o for.
Mais nada.
Raiva de não ter trazido o passado roubado na algibeira!...
O tempo em que festejavam o dia dos meus anos!...
14 de febrero de 2009
carta a tamara después de la muerte de bianca
En todo caso creo que hay diferentes tipos de viaje y que unos buscan y otros distraen. Allá con vos yo confirmé que nunca más quería hacer viajes de los que distraen y sufrí el dolor de todas las playas con olor a mar y a eucaliptus que no iba a volver a pisar.
Clara siguió casi hasta el final de los días en los que viví en casa pensando que a mí me interesaba gobernar el control remoto de la tele. Las cosas estaban muy diferentes, era el primer verano en el que yo sentía que la sensación de libertad de las vacaciones duraba realmente poco, no más que un par de clavados en la pileta, hacer unos largos y salir, sin que flote en el agua ni una colchoneta, sin cucharas para bucear en el fondo, sin Marco Polo, sin bombitas de agua. Todo ese plástico que hacía que el verano se estirara como un chicle y pareciera eterno –pero sobre todo muy pleno y muy aislado de lo que pasaba el resto del año– se había agujereado en el garaje del invierno y era imposible de componer.
Mantuve la casa en orden, lavé, colgué y planché la ropa, pinté paredes, me las vi con la burocracia, en enero: todas cosas de este mundo. No había tiempo para luchar por el poder simbólico si llegaba una tormenta y yo había dejado ropa colgada en la terraza, si la luz se cortaba, la heladera dejaba de enfriar, con nuestra comida adentro… Entonces me preguntaba a cambio de qué había sacrificado el Marco Polo, por qué tenía que aceptar que nunca más iba a correr por el borde de la pileta con los ojos cerrados. Nunca fue un peligro, por mucho que se preocupaban las madres, porque con los ojos cerrados habíamos aprendido en dónde estaba el borde, no cabía la posibilidad de caerse. ¿Tierra? Nadie. ¿Agua? Todos. Los demás estaban en el mismo caldo de pileta de tarde, igual que uno con los ojos vendados, y había que atrapar a alguno. Reconocer a alguien era la única salvación de la ceguera.
Regué las plantas cada vez que bajó el sol. Para conservar los juegos más íntimos, elegí regar descalza y divertirme si me ensuciaba los dedos de los pies con la tierra de las macetas cuando rebalsaban. Tampoco me olvidé de inhalar hondo cuando el patio empezaba a ponerse realmente húmedo y las flores goteaban, ni de la superstición femenina de hablarles un poco a las hojas, pero para adentro, en voz muda, cosa de que no se enterara ningún vecino, pero regué como una adulta, desde la comprensión de la biología, más allá de la sensación inmediata. Estas plantas necesitan del agua para vivir. De hecho eso fue lo único que me reconfortó el día en que explotó la tormenta: Bueno, mejor para las plantas.
Juan se enferma todo el tiempo, pero no te asustes, nada grave. Simplemente me hace sentir que debería andar con una riñonera llena de fármacos encima, curar sus anginas o acideces repentinas y soportar que él las manifieste como las manifestaría un chico: quejándose de su fragilidad como si sólo fuera un obstáculo externo que entorpece el camino. “Es tu salud, Juan”, le digo, para que trate de cuidarla. Termino de decirlo y escucho cómo suena a nada. A brindis, a lo sumo: Salud. A vaso de whisky. La contracara de esto es que así como enferma, se dedica a aprender mi lenguaje, el lenguaje de mi discurso, de mi sensibilidad, de mi gestualidad, el lenguaje de mi placer, y encima después de eso se queda: desayunamos juntos. Come unos cereales de miel que descubrió acá en casa que le gustan mucho, y prefiere que estemos afuera, sobre todo cuando hay lindos colores en el aire o luna.
Nos pasamos horas fabricando cosas hasta que nos agotamos, y para descansar jugamos a tirarnos del pelo. Cuando me inmoviliza, con toda la cabeza tirada para atrás porque tira su puño de mi nuca, me muerde la pera y dice "te voy a arruinar la piel a besos." Siempre con sus "eses" aspiradas. Es como si hubiese encontrado a alguien con quien no da miedo jugar al Marco Polo a pesar del tema del borde y de los ojos cerrados.
Con los quehaceres domésticos no se entiende, no es su plano, pero con una ternura inmensa se acerca a aprender el dominio de un rodillo y de un balde de pintura o de los broches para colgar la ropa, y yo le enseño con un aire despótico que ya se me está apagando. Ya va perdiendo sentido.
Así que me puse a pensar en cómo uno puede tener la brújula realmente dañada a la hora de andar buscando o viajando, y en la suerte que se tiene cuando se huele mar y eucaliptus en un mismo viento y algo del olor es familiar porque se parece a lo que hace bien e hizo bien siempre. Acá llegué a algun lado, ¿sabés?
La noche que me acordé de ese perfume, un día antes de mudarme, Clara me dejó en la almohada dos chupetines y una nota con carita feliz que decía que me quiere mucho. Y fue como estar nadando para mantenerme a flote, en lo hondo, con los ojos vendados, preguntar ¿agua? Y que ella conteste: yo, acá, al lado tuyo.
Clara siguió casi hasta el final de los días en los que viví en casa pensando que a mí me interesaba gobernar el control remoto de la tele. Las cosas estaban muy diferentes, era el primer verano en el que yo sentía que la sensación de libertad de las vacaciones duraba realmente poco, no más que un par de clavados en la pileta, hacer unos largos y salir, sin que flote en el agua ni una colchoneta, sin cucharas para bucear en el fondo, sin Marco Polo, sin bombitas de agua. Todo ese plástico que hacía que el verano se estirara como un chicle y pareciera eterno –pero sobre todo muy pleno y muy aislado de lo que pasaba el resto del año– se había agujereado en el garaje del invierno y era imposible de componer.
Mantuve la casa en orden, lavé, colgué y planché la ropa, pinté paredes, me las vi con la burocracia, en enero: todas cosas de este mundo. No había tiempo para luchar por el poder simbólico si llegaba una tormenta y yo había dejado ropa colgada en la terraza, si la luz se cortaba, la heladera dejaba de enfriar, con nuestra comida adentro… Entonces me preguntaba a cambio de qué había sacrificado el Marco Polo, por qué tenía que aceptar que nunca más iba a correr por el borde de la pileta con los ojos cerrados. Nunca fue un peligro, por mucho que se preocupaban las madres, porque con los ojos cerrados habíamos aprendido en dónde estaba el borde, no cabía la posibilidad de caerse. ¿Tierra? Nadie. ¿Agua? Todos. Los demás estaban en el mismo caldo de pileta de tarde, igual que uno con los ojos vendados, y había que atrapar a alguno. Reconocer a alguien era la única salvación de la ceguera.
Regué las plantas cada vez que bajó el sol. Para conservar los juegos más íntimos, elegí regar descalza y divertirme si me ensuciaba los dedos de los pies con la tierra de las macetas cuando rebalsaban. Tampoco me olvidé de inhalar hondo cuando el patio empezaba a ponerse realmente húmedo y las flores goteaban, ni de la superstición femenina de hablarles un poco a las hojas, pero para adentro, en voz muda, cosa de que no se enterara ningún vecino, pero regué como una adulta, desde la comprensión de la biología, más allá de la sensación inmediata. Estas plantas necesitan del agua para vivir. De hecho eso fue lo único que me reconfortó el día en que explotó la tormenta: Bueno, mejor para las plantas.
Juan se enferma todo el tiempo, pero no te asustes, nada grave. Simplemente me hace sentir que debería andar con una riñonera llena de fármacos encima, curar sus anginas o acideces repentinas y soportar que él las manifieste como las manifestaría un chico: quejándose de su fragilidad como si sólo fuera un obstáculo externo que entorpece el camino. “Es tu salud, Juan”, le digo, para que trate de cuidarla. Termino de decirlo y escucho cómo suena a nada. A brindis, a lo sumo: Salud. A vaso de whisky. La contracara de esto es que así como enferma, se dedica a aprender mi lenguaje, el lenguaje de mi discurso, de mi sensibilidad, de mi gestualidad, el lenguaje de mi placer, y encima después de eso se queda: desayunamos juntos. Come unos cereales de miel que descubrió acá en casa que le gustan mucho, y prefiere que estemos afuera, sobre todo cuando hay lindos colores en el aire o luna.
Nos pasamos horas fabricando cosas hasta que nos agotamos, y para descansar jugamos a tirarnos del pelo. Cuando me inmoviliza, con toda la cabeza tirada para atrás porque tira su puño de mi nuca, me muerde la pera y dice "te voy a arruinar la piel a besos." Siempre con sus "eses" aspiradas. Es como si hubiese encontrado a alguien con quien no da miedo jugar al Marco Polo a pesar del tema del borde y de los ojos cerrados.
Con los quehaceres domésticos no se entiende, no es su plano, pero con una ternura inmensa se acerca a aprender el dominio de un rodillo y de un balde de pintura o de los broches para colgar la ropa, y yo le enseño con un aire despótico que ya se me está apagando. Ya va perdiendo sentido.
Así que me puse a pensar en cómo uno puede tener la brújula realmente dañada a la hora de andar buscando o viajando, y en la suerte que se tiene cuando se huele mar y eucaliptus en un mismo viento y algo del olor es familiar porque se parece a lo que hace bien e hizo bien siempre. Acá llegué a algun lado, ¿sabés?
La noche que me acordé de ese perfume, un día antes de mudarme, Clara me dejó en la almohada dos chupetines y una nota con carita feliz que decía que me quiere mucho. Y fue como estar nadando para mantenerme a flote, en lo hondo, con los ojos vendados, preguntar ¿agua? Y que ella conteste: yo, acá, al lado tuyo.
21 de diciembre de 2008
preambulando
En la esquina el tiempo estaba clavado en una posición de sombras inalterable, seguía sonando el viento que él dijo que una vez grabó para demostrar que hace el mismo sonido que el del mar; en la esquina la noche parecía una maqueta, con el cartel de los nombres de las calles erguido y valiente, que trajera lo que trajera la noche barranca arriba desde el río, el cartel seguiría plantado.
Y de hecho subieron desde los márgenes del barrio ciertos personajes inexplicables, sobre todo dado el horario: pasó un negro cantando soul afónico en inglés y pareció ni verlos a ellos sentados sobre el cordón; también pasaron algunas parejas en bicicleta y un hombre de traje que parecía venir directo de la oficina, a las tres de la mañana. “Debería trabajar menos”, dijeron susurrando y riéndose bajito.
- ¿Sabés por qué no es igual que el mar? –preguntó ella; todavía susurrando para que fuera menos agresivo desafiarle la teoría de equivalencia sonora a un pianista.
- ¿Por qué?
- Porque en el mar no hay hojas que se raspen en círculos contra el asfalto.
En esas calles altas del barrio, lo que llegaba del viento violento que traía el este y que hasta hacía un rato los había estado golpeando y despeinando en la costanera del río, era apenas un vientito mareado que hacía girar hojas secas y se llevaba el humo de los cigarrillos, pero nada más.
- Tenés razón –contestó falsamente derrotado.
- Salvo, quizás, en Mar del Plata.
Cuánto puede durar el preámbulo de un beso, asumieron que se había ido de las bocas, más que de las manos, que se había alejado del objetivo distraído por las palabras que vuelan en vez de estampar como estampa la boca un beso.
- Tus ojos son dos mañanas juntas –dijo aspirando una de las “s” y tomándose de paso el alma de ella hasta el fondo blanco, sin fruncir el ceño ni hacer demasiado espectáculo al apoyar el vaso.
Ella se acordó de esos que sí hacían ruido con los vasos, de los rudos, y de cómo se iban sin pagar lo consumido, sin reconocer la calidad del trago ni del alma que digerían a duras penas, recordó sus duras penas, e imaginó la voz de un cantinero gritando desde el otro lado de la barra: “Mejor, que por culpa de los cowboys estamos quebrados”, y una señora insistiendo en simular juventud a fuerza de maquillaje mirándolo con ganas –porque si sirve el whisky es siempre guapo, pero sobre todo después del whisky.
No contestó nada; se preguntó, en silencio, a dónde la iría a llevar, él, con ese paso flojo y trayecto rumiante, él que anda grabando los sonidos del mar y del viento. “A cualquier pasillo oscuro”, contestó, como si le hubiera leído la mente, y finalmente le dio el beso. Y era verdad, a cualquier pasillo oscuro, a nublarle las mañanas con el ala de un sombrero.
Y de hecho subieron desde los márgenes del barrio ciertos personajes inexplicables, sobre todo dado el horario: pasó un negro cantando soul afónico en inglés y pareció ni verlos a ellos sentados sobre el cordón; también pasaron algunas parejas en bicicleta y un hombre de traje que parecía venir directo de la oficina, a las tres de la mañana. “Debería trabajar menos”, dijeron susurrando y riéndose bajito.
- ¿Sabés por qué no es igual que el mar? –preguntó ella; todavía susurrando para que fuera menos agresivo desafiarle la teoría de equivalencia sonora a un pianista.
- ¿Por qué?
- Porque en el mar no hay hojas que se raspen en círculos contra el asfalto.
En esas calles altas del barrio, lo que llegaba del viento violento que traía el este y que hasta hacía un rato los había estado golpeando y despeinando en la costanera del río, era apenas un vientito mareado que hacía girar hojas secas y se llevaba el humo de los cigarrillos, pero nada más.
- Tenés razón –contestó falsamente derrotado.
- Salvo, quizás, en Mar del Plata.
Cuánto puede durar el preámbulo de un beso, asumieron que se había ido de las bocas, más que de las manos, que se había alejado del objetivo distraído por las palabras que vuelan en vez de estampar como estampa la boca un beso.
- Tus ojos son dos mañanas juntas –dijo aspirando una de las “s” y tomándose de paso el alma de ella hasta el fondo blanco, sin fruncir el ceño ni hacer demasiado espectáculo al apoyar el vaso.
Ella se acordó de esos que sí hacían ruido con los vasos, de los rudos, y de cómo se iban sin pagar lo consumido, sin reconocer la calidad del trago ni del alma que digerían a duras penas, recordó sus duras penas, e imaginó la voz de un cantinero gritando desde el otro lado de la barra: “Mejor, que por culpa de los cowboys estamos quebrados”, y una señora insistiendo en simular juventud a fuerza de maquillaje mirándolo con ganas –porque si sirve el whisky es siempre guapo, pero sobre todo después del whisky.
No contestó nada; se preguntó, en silencio, a dónde la iría a llevar, él, con ese paso flojo y trayecto rumiante, él que anda grabando los sonidos del mar y del viento. “A cualquier pasillo oscuro”, contestó, como si le hubiera leído la mente, y finalmente le dio el beso. Y era verdad, a cualquier pasillo oscuro, a nublarle las mañanas con el ala de un sombrero.
10 de diciembre de 2008
luna nueva
Te plegás desde las extremidades hasta el ombligo
hasta ser un gesto neutro
y dejar de preguntar por mí, por la familia,
por la ciudad gris que se levanta orgullosa, todavía y con todo,
y yo miro y pienso que tiene más que ver con vos que con ningún otro porteño.
Allá tu puerta se volvió una arista con filo de espada
contra cualquier monstruo fascinante traído desde la infancia
que aparezca camino hacia un vaso de leche
–no vaya a ser cosa que te devuelva la imaginación.
Allá la puerta pesada de madera
te convirtió en una noche de verano densa,
calurosa,
negra,
fermentando en su estómago el pasto con olor a mojado,
secando los rastros de mi lengua,
desapareciendo mi hambre hasta la garganta,
los jazmines de navidad,
las intuiciones de tormenta,
el arrepentimiento de lo que no podríamos ser,
ni vos ni nadie,
porque son cosas de un alcance más ancho que tu sombra.
Andás arrastrando como si pesara,
esa sombra corta colgada de las clavículas y del cuello;
todo el eclipse es culpa de tu cuerpo
y yo en todo caso fosforecía desde algún ángulo por encima de tu hombro,
mínima y circular,
horriblemente blanca,
horriblemente menguante,
cada vez más,
hasta ser
un día
apenas
una uña
clavada al cielo,
la memoria queriendo evocar tu conciencia
incluso si tuviera que rasguñarlo todo y abrir el alcance como una luz mala.
hasta ser un gesto neutro
y dejar de preguntar por mí, por la familia,
por la ciudad gris que se levanta orgullosa, todavía y con todo,
y yo miro y pienso que tiene más que ver con vos que con ningún otro porteño.
Allá tu puerta se volvió una arista con filo de espada
contra cualquier monstruo fascinante traído desde la infancia
que aparezca camino hacia un vaso de leche
–no vaya a ser cosa que te devuelva la imaginación.
Allá la puerta pesada de madera
te convirtió en una noche de verano densa,
calurosa,
negra,
fermentando en su estómago el pasto con olor a mojado,
secando los rastros de mi lengua,
desapareciendo mi hambre hasta la garganta,
los jazmines de navidad,
las intuiciones de tormenta,
el arrepentimiento de lo que no podríamos ser,
ni vos ni nadie,
porque son cosas de un alcance más ancho que tu sombra.
Andás arrastrando como si pesara,
esa sombra corta colgada de las clavículas y del cuello;
todo el eclipse es culpa de tu cuerpo
y yo en todo caso fosforecía desde algún ángulo por encima de tu hombro,
mínima y circular,
horriblemente blanca,
horriblemente menguante,
cada vez más,
hasta ser
un día
apenas
una uña
clavada al cielo,
la memoria queriendo evocar tu conciencia
incluso si tuviera que rasguñarlo todo y abrir el alcance como una luz mala.
2 de diciembre de 2008
que viva la reina (y que disfruten el taxi)
Apenas nos subimos al taxi nos pusimos a hacer cálculos de distancia y tiempo, tratando de hacer la ecuación que dibujara un recorrido perfecto para dejarnos a todas, cada una en la puerta de su casa. Pero las cuentas las tendríamos que haber hecho antes de subirnos al auto, porque una vez arriba nos dimos cuenta de que había que cortar alguno de los dos vértices del trayecto para que no fuera un chino. Yo u otra. Como si nos hubiésemos subido a un gomón agujereado que se empezó a llenar de agua y agua hasta que tres de las pasajeras empezaron a mirar fijo a la más gorda, como diciendo no nos hagas pedirte que te tires, tirate. “Está bien, yo me bajo en la avenida y me tomo un colectivo, estoy a cinco minutos desde esta altura”. La ventaja en semejantes casos de emergencia es que la gorda suele ser la gorda buena y por supuesto se tira de bomba sin que le pidan; piensa que se lo merece, de hecho. Así que de un momento a otro estaba en el medio de la avenida vacía, plateada como la madrugada, a los pies de un semáforo intermitente, a nado. Pero me resultaba interesante, siempre me siento reina de ese escenario, algo como el accidente de lo sórdido caminando en puntas de pie con los ojos y la mirada muy oscura. Cuando alguien se cruza de frente le busco los ojos como una perra y por las dudas ataco primero, cuando pueden reaccionar ya estoy a una cuadra, ¿qué pasó? Soy un turista que finge no serlo y para eso clava la mirada con confianza. Es que hace varios años estaba en la parada de un colectivo de una calle desierta, con un tipo con el que salía, y se acercó un borracho zigzagueando y haciendo pendular con su brazo una botella. Venía hacia nosotros deliberadamente y yo empecé a temblar despacito y a taparme el escote. Nos pidió monedas y él le dijo “No, pá, si te doy esto me quedo a gamba, y me tengo que ir a dormir para poder ir a laburar mañana”. El borracho bajó la guardia, dejó quieta la botella, todavía colgando del brazo ya caído y no tenso, y le dijo que todo bien. Se fue. Él me miró y me preguntó si había tenido miedo, sonriendo de costado. Admití que sí, era indisimulable. “Nadie le pega a nadie que es del palo”. Hubiera sido una excelente lección de no ser porque ese tipo me hirió de frente y de espalda a mí, que era del palo y encima lo quería, pero algo me quedó de esa moraleja: ya no arrastro la mirada por el cordón cuando la noche empieza a oler agria, a meo, a vino, a beso largo. De última todas esas cosas valen lo agrio.
29 de noviembre de 2008
mona queda
A Nicolás, de onda.
En un torrente de mensajes fragmentados que escribirías con dedos fríos pero apurados para no perder en la fricción de las teclas lo cruel del mensaje, me dijiste que confesara que estoy amurallada en un poema del que no puedo salir porque dentro de él un hombre me sostiene del talón. Sin más. Resumiendo con un revés lo genial a lo que aspiraba el mensaje de esta puta que se viste de seda para parecerse a la literatura y puta queda, mona queda. Yo no asesino nada sin despedirlo, ni siquiera concibo un suicidio sin el ritual de besos, mocos y cursilerías pertinentes en la parada del 5, dejando pasar uno y otro, a contramano de tu resistencia a que me quede. Mucho menos si se trata de asesinar la adolescencia y las cursilerías se vuelven más pertinentes. Me quedo, eh, amenaza, con un tono malevo que se parecería a la adultez si no tuviera conciencia de ser una amenaza. Incluso si me extiendo más allá de las estrofas, si las aplasto y dejo que se expandan en un bloque que no se excusa de deforme, incluso si logro rotar posiciones con el espejo y quedarme con un carácter justamente espectral que mira a los ojos a quien viene a buscarse, voy a seguir siendo yo multiplicada, yo en tu conciencia, vos preguntándote por qué aparezco en el ático sin tocar la puerta, desnuda, y me animo a abrir las piernas y chorrear lo que hubiera guardado en un diario íntimo para no dejarlo nunca ser desabrida mujer, por todo el peligro de monstruoso que eso implica. Quién no se habrá escondido nunca en el artilugio de algún efecto, o incluso en la confesión desde el yo que se conoce, ese que tiene debilidades que tenemos domesticadas, muecas, estas muecas hechas un fósil o un profesionalismo. Estoy amurallada en un poema no porque me sostenga nadie, sino por haber inventado la trampa hecha a la medida de mi talón, y no vive en ese fuerte ningún hombre, ninguna literatura, pero sobre todo ninguna puta. La puta te parió a vos.
En un torrente de mensajes fragmentados que escribirías con dedos fríos pero apurados para no perder en la fricción de las teclas lo cruel del mensaje, me dijiste que confesara que estoy amurallada en un poema del que no puedo salir porque dentro de él un hombre me sostiene del talón. Sin más. Resumiendo con un revés lo genial a lo que aspiraba el mensaje de esta puta que se viste de seda para parecerse a la literatura y puta queda, mona queda. Yo no asesino nada sin despedirlo, ni siquiera concibo un suicidio sin el ritual de besos, mocos y cursilerías pertinentes en la parada del 5, dejando pasar uno y otro, a contramano de tu resistencia a que me quede. Mucho menos si se trata de asesinar la adolescencia y las cursilerías se vuelven más pertinentes. Me quedo, eh, amenaza, con un tono malevo que se parecería a la adultez si no tuviera conciencia de ser una amenaza. Incluso si me extiendo más allá de las estrofas, si las aplasto y dejo que se expandan en un bloque que no se excusa de deforme, incluso si logro rotar posiciones con el espejo y quedarme con un carácter justamente espectral que mira a los ojos a quien viene a buscarse, voy a seguir siendo yo multiplicada, yo en tu conciencia, vos preguntándote por qué aparezco en el ático sin tocar la puerta, desnuda, y me animo a abrir las piernas y chorrear lo que hubiera guardado en un diario íntimo para no dejarlo nunca ser desabrida mujer, por todo el peligro de monstruoso que eso implica. Quién no se habrá escondido nunca en el artilugio de algún efecto, o incluso en la confesión desde el yo que se conoce, ese que tiene debilidades que tenemos domesticadas, muecas, estas muecas hechas un fósil o un profesionalismo. Estoy amurallada en un poema no porque me sostenga nadie, sino por haber inventado la trampa hecha a la medida de mi talón, y no vive en ese fuerte ningún hombre, ninguna literatura, pero sobre todo ninguna puta. La puta te parió a vos.
12 de noviembre de 2008
luz
Si uno se dispone a esquivar el sueño se topa con un momento de la tarde en el que el día se convierte en una rueda sin momentos inaugurales ni ponientes. Cualquier derrame de luz, cualquier progreso de los brotes desde la tierra, cualquier anuncio de lluvia no es más secuencial que la música, ni menos, no importa el transcurrir como importa la sustancia de cualquier manifestación de vida, fosforeciendo en los ojos alucinantes del testigo que de tan cansado se olvidó de su cansancio, de su mortalidad, de la propiedad íntegra de su carácter. Ningún carácter es íntegro sin dormir, pero se obtiene a cambio la revelación de ciertas cosas, la percepción casi táctil del amor, de la melancolía; y la temperatura desinflada de la muerte parece un alivio necesario, algo que sólo así de desquiciados de tranquilidad podríamos aceptar entregados. Me acuesto sobre la laja caliente del balcón, el aire cede, se aplasta sobre el asfalto y sobre mi panza una última vez antes de que la tierra se lo trague con el ceño fruncido, por lo amargo y espeso de su materia. El día vencido, ácido, la ciudad dispuesta a olvidarlo para poder oscurecer. Andarán los guardias cerrando las rejas de las plazas, andarán los fantasmas de las faroleras que murieron vírgenes de tanto enamorarse de coroneles transitando invisibles por el cobre que deja deslizar la electricidad cuadra a cuadra, nacen las lámparas en canon desde la ciudad hasta esta provincia ingenua. La identidad se va vaciando y crece la oportunidad de cualquier metamorfosis que me aleje de la condición humana que impele al sueño, que se somete a convenciones que dictan hasta las horas de la vida. Podría ser un bicho exento de pronósticos, inmune al miedo por ser incapaz de anticiparse a nada que esté más allá de la impresión de la luz en la retina que se quema pero sin quejarse. Podría ser una criatura exhibicionista de su piel escamosa por dejarse curtir con todo lo que raspa, podría dejarme envejecer sin ningún lamento, enterrar a mis referentes sin ningún arrepentimiento, ser desvergonzadamente fea. Sin embargo, en algún momento, esa empresa que parecía posible y ya empezaba a transformar mis extremidades en tentáculos se nubla, porque los párpados caen, resisten, vuelven a caer, en cámara lenta, hasta sellarse. Y cuando me despierte mañana voy a tener forma humana y voy a salir a la calle caminando apurada, atravesando el espacio como si la luz fuera un accidente tan natural y real que se vuelve imperceptible o al menos vacío de hechizo.
4 de noviembre de 2008
como si Tamara siguiera lejos
Sé que soy inconstante con las cartas, a veces es inexplicable por qué es tan difícil escribir para el que viaja como para el que está quieto, en su casa. Supongo que en parte se trata de la falta de noticias, no puedo ofrecerte más que un paseo aleatorio por las nimiedades que me ocupan todos los días; contarte, por ejemplo, que finalmente ordené mi cuarto, más porque no encontraba los cigarrillos que por necesidad de orden.
Adopté el hábito de regar las dos plantas de mi balcón todos los días, descubrí que era eso lo que necesitaban para florecer (obvio, pero no por eso menos revelador). A la maceta más chiquita le salieron tres flores violetas con cara de agradecimiento. Tenemos una vecina que es ingeniera agrónoma y le da consejos a mamá sobre el jardín, y ya no me mira más con esa cara con la que me acusaba de negligencia antes, como diciendo: dale, son dos macetas, ¿cuánto te puede costar regarlas? La verdad que nada, Soledad, tenías razón. Pego la punta de la nariz a uno de los vidrios repartidos de la puerta del balcón y las miro, aparecen jazmines del aire, de a diez cada día, perfuman… será predecible pero pasa que alegra verlas crecer. Pasa. Pensé en ponerles nombre a las violetas, a los jazmines no porque son demasiados y me da la sensación de que se sienten más una cooperativa floral que un conjunto de muchos “cada un” jazmín. Las violetas son más orgullosas y aristócratas, así que les podría poner nombre y un par de apellidos. Le pedí a Luca que me sugiriera alguno.
Cuando Clara viene a visitarnos y duerme siestas en la hamaca paraguaya, Luca y yo jugamos a los mismos juegos que jugaba yo cuando era chica, sola, porque a Clara no le divertían. Yo creo que esas siestas son lo único que le permite a Clara realmente descansar, pero descansar de la mujer que es ahora. El gesto mientras duerme a la sombra del árbol rojo, es el único que le quedó parecido al que se le dibujaba en la cara cuando se disfrazaba de actriz tirándose todos los accesorios de mamá encima. Sólo le gustaba jugar a eso, si yo quería participar le tenía que sacar fotos o filmarla, y a veces lo hacía porque era un placer verla sonreír así, todo lo que veía mi lente era cómo me gustaría tener esa sonrisa, cómo me gustaría tener esa sonrisa. Ya no sonríe más así. Nunca, salvo cuando duerme en la hamaca paraguaya y nuestro jardín le devuelve la vanidad infantil a la que le alcanzaba con perlas y boas para sentirse perfecta. Era eso lo que yo admiraba, en realidad, a mí nunca un accesorio o una sonrisa me fue suficiente para ser digna de cámara, prefería otros juegos, juegos de observar cosas extrañas. Ayer, por ejemplo, Luca y yo montamos un circo de hormigas con pedazos de frutas alineados en formas y volteretas como los que hacía yo de chica: las hormiguitas hicieron filas de recolección y carga impecables, seguían los trayectos pautados obedientemente y parecían licenciadas en malabares; es asombroso cómo se organizan en los cruces, la prolijidad vial en las rotondas de migas de manzana.
A Luca no le pareció aburrido, se sentó con las piernas cruzadas y miró las hormiguitas marchando con la fijación incansable con la que se mira el fuego. Cuando Clara se despertó, le contó entusiasmado lo que habíamos hecho, pero ella todavía estaba malhumorada por haber tenido que despertarse, así que le prestó un oído de media atención y ningún interés. Luca terminó desistiendo de relatar la anécdota y cambió de tema: me dijo que cree que la violeta más alta se tiene que llamar Matilde. Estoy de acuerdo.
Sigo sin encontrar los cigarrillos, había cinco atados vacíos y ni rastros de tabaco en ningún lado.
Todavía lo extraño. Repaso los hechizos de distintas corrientes mágicas que me ayudan a mantenerlo chiquito, lejos y helado, pero de vez en cuando me quedo dormida leyendo, hecha un bollo a los pies de la cama, y cuando me despierto parece como si lo hubiera tenido encima, mordiéndome el cuerpo. Recupero el recuerdo intacto y el relieve de la cara, la mandíbula dura, la barba rala pinchándome el cuello y los hombros, la nariz en ese gesto altivo constante, pero sus ojos tan de otra alma –o de la única suya, vaya uno a saber en dónde la tiene enterrada– de un alma menos fiera. Siento como si realmente lo hubiera visto. Aprendí a vivir esos sueños como visitas o momentos en los que se me permite tocarlo sin que quede registro táctil que pueda ser usado en contra de mi sensibilidad, tarde o temprano. Extensiones de tiempo sin horizontalidad, temperaturas sin materia; por suerte la memoria de los sentidos nos da revanchas íntimas, más besos, a escondidas de la vigilia, de los que puedo darle.
Vuela un aire de verano por acá que me trae recuerdos de navidades y años nuevos de mi infancia. Durante cada una de mis primeras noches de año nuevo, el abuelo Jorge repetía la historia del hombre que fingió ser panadero para hacerse unos mangos y en la improvisación a la que lo obligó el afán de sostener la mentira, creó el pan dulce. Bueno, los primeros días de calor del año y el olor a jazmines me devuelven ese relato. Además de verdadera, me parecía linda la historia del panadero, me lo imaginaba joven y nervioso, con la mesada llena de harina, desesperado. Jamás habría aprobado el invento, me parece horrible, pero sé que no soy parámetro porque es el día de hoy que a las doce brindo con Coca, como Luca.
Es curioso que cuando era chica algo en mis ojitos parecía de anciana (mamá me empezó a decir Mafalda cuando tomé la primera (y última) comunión y de regalo pedí un globo terráqueo), pero ahora me quedé chica en un cuerpo al que le queda torpe la hamaca. Sólo Luca se da cuenta. En un momento, mientras desfilaban las hormigas, ayer, levantó la mirada y me preguntó “¿Vos no te casaste, tía?” Dije que no con la cabeza, entonces volvió la mirada a la fila de bichitos y dijo, como para sí: “Ah, todavía sos hija”. ¿Seremos hijos hasta ser padres? Gustavo me contó que cuando nació Luca él cortó el cordón umbilical, se lo dio a Clara y ella lo apretó contra sus lágrimas y le dijo “My baby boy!”. Le salió hablarle en inglés, como nos hablaba mamá. ¿Seremos hijas hasta ser nuestras madres, entonces? Yo creo que Gustavo quiere creer que no, conociendo a mamá, y yo quiero creer lo mismo. Pero algo sale de la panza y de los lagrimales en el momento del hacer nacer, imagino, que es irreversible; algo de la memoria en sombras de nuestras lunas nuevas se debe iluminar. “My baby boy”, llorando, igual que como lloraba Luca al mismo tiempo: el llanto pelado de que la vida te descubra desnudo y te de un par de palmaditas para señalar: Mirá, el mundo; mirá, tu hijo, your baby boy, y ningún otro llanto es más genuino que esos dos, ni siquiera el de la muerte. Estoy segura.
Adopté el hábito de regar las dos plantas de mi balcón todos los días, descubrí que era eso lo que necesitaban para florecer (obvio, pero no por eso menos revelador). A la maceta más chiquita le salieron tres flores violetas con cara de agradecimiento. Tenemos una vecina que es ingeniera agrónoma y le da consejos a mamá sobre el jardín, y ya no me mira más con esa cara con la que me acusaba de negligencia antes, como diciendo: dale, son dos macetas, ¿cuánto te puede costar regarlas? La verdad que nada, Soledad, tenías razón. Pego la punta de la nariz a uno de los vidrios repartidos de la puerta del balcón y las miro, aparecen jazmines del aire, de a diez cada día, perfuman… será predecible pero pasa que alegra verlas crecer. Pasa. Pensé en ponerles nombre a las violetas, a los jazmines no porque son demasiados y me da la sensación de que se sienten más una cooperativa floral que un conjunto de muchos “cada un” jazmín. Las violetas son más orgullosas y aristócratas, así que les podría poner nombre y un par de apellidos. Le pedí a Luca que me sugiriera alguno.
Cuando Clara viene a visitarnos y duerme siestas en la hamaca paraguaya, Luca y yo jugamos a los mismos juegos que jugaba yo cuando era chica, sola, porque a Clara no le divertían. Yo creo que esas siestas son lo único que le permite a Clara realmente descansar, pero descansar de la mujer que es ahora. El gesto mientras duerme a la sombra del árbol rojo, es el único que le quedó parecido al que se le dibujaba en la cara cuando se disfrazaba de actriz tirándose todos los accesorios de mamá encima. Sólo le gustaba jugar a eso, si yo quería participar le tenía que sacar fotos o filmarla, y a veces lo hacía porque era un placer verla sonreír así, todo lo que veía mi lente era cómo me gustaría tener esa sonrisa, cómo me gustaría tener esa sonrisa. Ya no sonríe más así. Nunca, salvo cuando duerme en la hamaca paraguaya y nuestro jardín le devuelve la vanidad infantil a la que le alcanzaba con perlas y boas para sentirse perfecta. Era eso lo que yo admiraba, en realidad, a mí nunca un accesorio o una sonrisa me fue suficiente para ser digna de cámara, prefería otros juegos, juegos de observar cosas extrañas. Ayer, por ejemplo, Luca y yo montamos un circo de hormigas con pedazos de frutas alineados en formas y volteretas como los que hacía yo de chica: las hormiguitas hicieron filas de recolección y carga impecables, seguían los trayectos pautados obedientemente y parecían licenciadas en malabares; es asombroso cómo se organizan en los cruces, la prolijidad vial en las rotondas de migas de manzana.
A Luca no le pareció aburrido, se sentó con las piernas cruzadas y miró las hormiguitas marchando con la fijación incansable con la que se mira el fuego. Cuando Clara se despertó, le contó entusiasmado lo que habíamos hecho, pero ella todavía estaba malhumorada por haber tenido que despertarse, así que le prestó un oído de media atención y ningún interés. Luca terminó desistiendo de relatar la anécdota y cambió de tema: me dijo que cree que la violeta más alta se tiene que llamar Matilde. Estoy de acuerdo.
Sigo sin encontrar los cigarrillos, había cinco atados vacíos y ni rastros de tabaco en ningún lado.
Todavía lo extraño. Repaso los hechizos de distintas corrientes mágicas que me ayudan a mantenerlo chiquito, lejos y helado, pero de vez en cuando me quedo dormida leyendo, hecha un bollo a los pies de la cama, y cuando me despierto parece como si lo hubiera tenido encima, mordiéndome el cuerpo. Recupero el recuerdo intacto y el relieve de la cara, la mandíbula dura, la barba rala pinchándome el cuello y los hombros, la nariz en ese gesto altivo constante, pero sus ojos tan de otra alma –o de la única suya, vaya uno a saber en dónde la tiene enterrada– de un alma menos fiera. Siento como si realmente lo hubiera visto. Aprendí a vivir esos sueños como visitas o momentos en los que se me permite tocarlo sin que quede registro táctil que pueda ser usado en contra de mi sensibilidad, tarde o temprano. Extensiones de tiempo sin horizontalidad, temperaturas sin materia; por suerte la memoria de los sentidos nos da revanchas íntimas, más besos, a escondidas de la vigilia, de los que puedo darle.
Vuela un aire de verano por acá que me trae recuerdos de navidades y años nuevos de mi infancia. Durante cada una de mis primeras noches de año nuevo, el abuelo Jorge repetía la historia del hombre que fingió ser panadero para hacerse unos mangos y en la improvisación a la que lo obligó el afán de sostener la mentira, creó el pan dulce. Bueno, los primeros días de calor del año y el olor a jazmines me devuelven ese relato. Además de verdadera, me parecía linda la historia del panadero, me lo imaginaba joven y nervioso, con la mesada llena de harina, desesperado. Jamás habría aprobado el invento, me parece horrible, pero sé que no soy parámetro porque es el día de hoy que a las doce brindo con Coca, como Luca.
Es curioso que cuando era chica algo en mis ojitos parecía de anciana (mamá me empezó a decir Mafalda cuando tomé la primera (y última) comunión y de regalo pedí un globo terráqueo), pero ahora me quedé chica en un cuerpo al que le queda torpe la hamaca. Sólo Luca se da cuenta. En un momento, mientras desfilaban las hormigas, ayer, levantó la mirada y me preguntó “¿Vos no te casaste, tía?” Dije que no con la cabeza, entonces volvió la mirada a la fila de bichitos y dijo, como para sí: “Ah, todavía sos hija”. ¿Seremos hijos hasta ser padres? Gustavo me contó que cuando nació Luca él cortó el cordón umbilical, se lo dio a Clara y ella lo apretó contra sus lágrimas y le dijo “My baby boy!”. Le salió hablarle en inglés, como nos hablaba mamá. ¿Seremos hijas hasta ser nuestras madres, entonces? Yo creo que Gustavo quiere creer que no, conociendo a mamá, y yo quiero creer lo mismo. Pero algo sale de la panza y de los lagrimales en el momento del hacer nacer, imagino, que es irreversible; algo de la memoria en sombras de nuestras lunas nuevas se debe iluminar. “My baby boy”, llorando, igual que como lloraba Luca al mismo tiempo: el llanto pelado de que la vida te descubra desnudo y te de un par de palmaditas para señalar: Mirá, el mundo; mirá, tu hijo, your baby boy, y ningún otro llanto es más genuino que esos dos, ni siquiera el de la muerte. Estoy segura.
23 de octubre de 2008
frozen walt
Es inútil resistírsele al día, al cuerpo, a la vigilia, no sirve dejar que las cosas se derrumben mientras se practica la evasión mediante siestas agónicas: igual no se restablece el sueño Disneylandia con el que me enseñaron la moral. Igual duele. “¿Y los estímulos, y las motivaciones?”, le pregunté amaneciendo de esas siestas en plena noche cerrada, consiente de que el absurdo me había dejado sin religión y sin infancia. “Habrá que creer en algo, por lo menos en Woody Allen”. Entonces la cuestión de crecer era tan lineal como parecía: Cambiar a Walt por Woody, estar expectantes de cosas más complejas, de finales menos felices, de tics nerviosos, de asesinatos. Y aceptar que lo único que sobrevive inmaculado e ideal es el humor, y que con eso alcanza para cogernos a la muerte.
8 de octubre de 2008
memento
Los dos sabemos que no seré como los truenos, que no grito, que no pataleo, que no conozco forma de pegar portazos, de adornar los triunfos, de pasear por el barrio en toga púrpura. “Memento mori”. Yo sí me acuerdo, no necesito que me lo repita una caravana, yo nací con esa conciencia imperativa.
Cuando estoy, es más como la humedad, como la electricidad en potencia circulando invisible por la tierra y por las nubes; como cuando se está por largar y la gente se refugia a tal velocidad que parece como si fuera a llover mercurio. Una vez que anda cada cual en su búnker, todavía no llueve, pero la ciudad se me hizo mía. Parece de guapa quedarse en la vereda, por no tenerle miedo al mercurio, pero en realidad es que yo nací con esa conciencia imperativa: memento mori, memento mori, como un susurro.
Y capaz no soy como lo que quema o lo que grita doble o nada, lo que corre fuerte y mata con las manos. Estoy más entre la luz y la arena; tengo, en los ojos, lo claro y lo oscuro: cuando iluminan algo ya se está apagando; cuando se apagan, algo queda encandilando.
A pesar de que la despedida sea elástica como cualquier reproche, por más que después de irme quede vibrando la ilusión del golpe de efecto, aunque secretamente espere la ola que te revuelque y te avise que el mar se puede adueñar del equilibrio, algo en mi espalda sabe que ese golpe no llega, que de hecho no existe, y cuando me dispongo a entenderlo tengo todo lo frío de la tormenta que ahí se largó, al fin, y no es venenosa como el mercurio. Sólo moja. Memento mori, pero no hoy, no esta tarde lluviosa de domingo.
Va a ser casi imperceptible. Van a pasar semanas y ese dolor que no terminás de reconocer, en esa parte del cuerpo que no terminás de encontrar (no sabés si es una extremidad o algo tan hondo que se extiende en otro plano), eso soy yo, que me fui, es el silencio de mi reproche vencido y la nota del tuyo, harto del mar apacible, con un poco de hambre de mercurio.
Cuando estoy, es más como la humedad, como la electricidad en potencia circulando invisible por la tierra y por las nubes; como cuando se está por largar y la gente se refugia a tal velocidad que parece como si fuera a llover mercurio. Una vez que anda cada cual en su búnker, todavía no llueve, pero la ciudad se me hizo mía. Parece de guapa quedarse en la vereda, por no tenerle miedo al mercurio, pero en realidad es que yo nací con esa conciencia imperativa: memento mori, memento mori, como un susurro.
Y capaz no soy como lo que quema o lo que grita doble o nada, lo que corre fuerte y mata con las manos. Estoy más entre la luz y la arena; tengo, en los ojos, lo claro y lo oscuro: cuando iluminan algo ya se está apagando; cuando se apagan, algo queda encandilando.
A pesar de que la despedida sea elástica como cualquier reproche, por más que después de irme quede vibrando la ilusión del golpe de efecto, aunque secretamente espere la ola que te revuelque y te avise que el mar se puede adueñar del equilibrio, algo en mi espalda sabe que ese golpe no llega, que de hecho no existe, y cuando me dispongo a entenderlo tengo todo lo frío de la tormenta que ahí se largó, al fin, y no es venenosa como el mercurio. Sólo moja. Memento mori, pero no hoy, no esta tarde lluviosa de domingo.
Va a ser casi imperceptible. Van a pasar semanas y ese dolor que no terminás de reconocer, en esa parte del cuerpo que no terminás de encontrar (no sabés si es una extremidad o algo tan hondo que se extiende en otro plano), eso soy yo, que me fui, es el silencio de mi reproche vencido y la nota del tuyo, harto del mar apacible, con un poco de hambre de mercurio.
1 de octubre de 2008
spring stream
Vamos a ir a un bar en Palermo porque la plaza está siempre viva, y se van a escuchar varios acentos, acentos venezolanos y acentos santiagueños, acentos de las termas de Río Hondo, uno francés, y se van a ver brasileras sobre tacos de plástico que no le llegan ni a los talones al señor de los sancos con vocación de payaso. Esa vuelta alrededor de la plaza, hasta que llegamos al bar, fue bastante más emocionante que los tragos en sí y que la conversación sobre nuestros pasados o más profundas creencias. Yo ya sé en qué creo, no vine a contarte, y, mozo, el trago éste no tiene alcohol pero tampoco clasifica para rico licuado.
Algo tiene que estar pasando afuera, la gente camina, se caga de risa, en los boliches ponen cara de publicidad de promoción de puchos y yo fumo y fumo pero me siento tan ajena que podría estar filmando un documental sobre los mamíferos y su comportamiento dentro de una discoteca bailable, disfrazada de anfibio.
Se supone que no nos olvidamos de avisar que el flaco que estoy por conocer es el séptimo de siete hermanos como para que yo saque las verdaderas cuentas, entienda que es un católico a ultranza y entonces rechace de antemano la salida y me quede aprendiendo a caminar sobre sancos o me decida por la empresa de asimilar un hábitat anfibio, justificadamente foráneo.
Tendríamos que hacerle caso al instinto que desde abajo del ombligo dicta resguardarse de esta lluvia finita de mierda, que parece como si se te colara hasta los huesos, comer un chocolate en las penumbras del cine y en todo caso sentirse sola, pero no incómoda ni extranjera. Se supone que nos damos treguas. Que nos consolamos. Se supone que existe alguna forma de no instrospeccionar, otra, aparte de la masturbación, algo como la tele, que nos permite renunciar al laberinto y sentarnos solos, cada uno con cada uno, sobre el rocío de un valle, a mirar el norte y su titilar certero sin intención de decodificar el código morse en el que habla esa estrella desde un hábitat sin espacio.
Está por florecer (un sábado después los jazmines del aire están hinchados dibujando los umbrales de las casas cerca de casa). Parece como si el valle se pronunciara en un idioma denso, hacia más abajo que lo que parecía que se pronunciaba. El camino que se recorre en esa dirección se conoce de memoria, y puede estar oscuro o puede llover, pero no importa cuando uno es de esa tierra. En definitiva tampoco es una sorpresa, lo hondo del refugio y del destino aparece al fin como aparecía en cada elección anterior, desde el principio (los jazmines del aire siempre fueron una distracción tan dulce que se confunden con lo nostálgico y traen todo eso que uno quería ser).
Se supone que existe un valle, que la vegetación le cede paso a un claro y parece como una siesta. La única tranquilidad que queda es que va a permanecer prendida una luz, y que esa luz sí se corresponde, casi refleja, con los ojos negros que le rezan.
Algo tiene que estar pasando afuera, la gente camina, se caga de risa, en los boliches ponen cara de publicidad de promoción de puchos y yo fumo y fumo pero me siento tan ajena que podría estar filmando un documental sobre los mamíferos y su comportamiento dentro de una discoteca bailable, disfrazada de anfibio.
Se supone que no nos olvidamos de avisar que el flaco que estoy por conocer es el séptimo de siete hermanos como para que yo saque las verdaderas cuentas, entienda que es un católico a ultranza y entonces rechace de antemano la salida y me quede aprendiendo a caminar sobre sancos o me decida por la empresa de asimilar un hábitat anfibio, justificadamente foráneo.
Tendríamos que hacerle caso al instinto que desde abajo del ombligo dicta resguardarse de esta lluvia finita de mierda, que parece como si se te colara hasta los huesos, comer un chocolate en las penumbras del cine y en todo caso sentirse sola, pero no incómoda ni extranjera. Se supone que nos damos treguas. Que nos consolamos. Se supone que existe alguna forma de no instrospeccionar, otra, aparte de la masturbación, algo como la tele, que nos permite renunciar al laberinto y sentarnos solos, cada uno con cada uno, sobre el rocío de un valle, a mirar el norte y su titilar certero sin intención de decodificar el código morse en el que habla esa estrella desde un hábitat sin espacio.
Está por florecer (un sábado después los jazmines del aire están hinchados dibujando los umbrales de las casas cerca de casa). Parece como si el valle se pronunciara en un idioma denso, hacia más abajo que lo que parecía que se pronunciaba. El camino que se recorre en esa dirección se conoce de memoria, y puede estar oscuro o puede llover, pero no importa cuando uno es de esa tierra. En definitiva tampoco es una sorpresa, lo hondo del refugio y del destino aparece al fin como aparecía en cada elección anterior, desde el principio (los jazmines del aire siempre fueron una distracción tan dulce que se confunden con lo nostálgico y traen todo eso que uno quería ser).
Se supone que existe un valle, que la vegetación le cede paso a un claro y parece como una siesta. La única tranquilidad que queda es que va a permanecer prendida una luz, y que esa luz sí se corresponde, casi refleja, con los ojos negros que le rezan.
27 de septiembre de 2008
cuna quebrada
Es la letra con la que Nicolás Neira hizo una canción preciosa, el mejor regalo que le hicieron a lo que hago. Fue un honor ser materia prima, sigo en carne viva de haberla escuchado hace unas horas.
La canción es mil millones de veces más linda y hay un par de cosas que se modificaron por cuestiones musicales que no sabría explicar, pero va así porque no tengo la versión que quedó. Escuchen a este trío. Sí, imperativo, pero por su bien.
En cuál mestizaje debería reconocer mi gesto espejo,
qué nudo le hizo a mi lengua el cambalache.
Se hincha de gente que se mira las caras, el vagón de mediodía,
el tren frena, descarga y relincha,
y luego ya por el andén se bifurcan los caminos
en distintas sombras y sonidos.
Habría que rezarle una canción de vientos
a la tierra que guarda los secretos
de lo que fuimos antes de desangrarnos a fuerza de olvido.
Habría que pedirle a la luna
que devuelva en un rocío
el idioma en que se canta nuestra canción de cuna,
aquel que en la quebrada hizo un eco fallido,
calló, y anda perdido.
21 de septiembre de 2008
souvenir
Arriba de mi mesa de luz, entre frascos de cremas y bencinas, está la réplica de la Torre Eiffel que me compré en Montmartre cuando me permití ese único gesto turístico –porque de todas formas ya estaba entregada a la infalibilidad del cliché y resultaba incluso más infantil resistirme a caer en el estereotipo, que simplemente caer.
En definitiva tenías razón cuando decías que lo trillado de los eventos no los hacía menos verdaderos. Enamorarse en París, con toda la vergüenza de decirlo (incluso de decírmelo) y de disfrutarlo con obscenidad.
La torrecita es lo único obsceno que sobrevivió. En algún punto del vínculo entre el símbolo y lo simbolizado algo se reventó; los pocos recuerdos materiales son eso: miniaturas baratas, objetos que no se pueden cargar de lo que representan y se quedan ahí, sobre alguna mesa de madera oscura, vacíos de significación. Tristes. Como adornos de casas de abuelos. La réplica de la torre podría decir en letras cursivas y doradas "Recuerdo de Villa Gessell" y sería exactamente lo mismo. Todo lo que le daba sentido se murió de anónimo.
En definitiva tenías razón cuando decías que lo trillado de los eventos no los hacía menos verdaderos. Enamorarse en París, con toda la vergüenza de decirlo (incluso de decírmelo) y de disfrutarlo con obscenidad.
La torrecita es lo único obsceno que sobrevivió. En algún punto del vínculo entre el símbolo y lo simbolizado algo se reventó; los pocos recuerdos materiales son eso: miniaturas baratas, objetos que no se pueden cargar de lo que representan y se quedan ahí, sobre alguna mesa de madera oscura, vacíos de significación. Tristes. Como adornos de casas de abuelos. La réplica de la torre podría decir en letras cursivas y doradas "Recuerdo de Villa Gessell" y sería exactamente lo mismo. Todo lo que le daba sentido se murió de anónimo.
29 de agosto de 2008
stream (brotando desde la planta de un pie)
Mi pie en tus dos manos, lo que me costó delegártelo para que te lo quedaras un rato, cerrar los ojos, irme de viaje dejando un solo ancla y desde un solo puerto: mi pie en tus manos. Soñé que a la sirena se le reabsorbían las escamas y que de entre sus piernas nuevas salían veloces varias orugas, escarabajos y otros bichos… no se sabía bien qué bichos eran por esto de verlos huir tan rápido, anticipando el apocalipsis. Cuando ya no quedaba ninguno se desplegaron los pétalos, y después hojas y hojas que le llegaron hasta las rodillas. Tenías, con los dedos en la planta de mi pie, un poder para revolver por abajo de las costillas, un saber ciego haciéndose paso en el guiso de la anatomía. Entonces llegabas esquivando los pliegues sin salida ahí a donde se tapan con sangre las yagas. Está oscuro, acá adentro. Apagué la luz para esconder monstruitos, pero vos entraste sigiloso por la planta de mi pie y una vez que estabas adentro se abrieron un momento las ventanas, cedió el aire viciado, circuló una corriente de otro aire exorcizando los predios, contándole qué ven a los espejos. Estaban los paisajes, las sábanas arrugadas, una ventana dibujándose violácea al ritmo en el que amanece, los elásticos vencidos, todas esas habitaciones llenas de espíritus inquilinos, la familia anterior a los inmigrantes, la sensación al tacto de una barba de un día, un andar rengo, el calor metálico de los radiadores eléctricos, el primer olor a verano de todos los veranos, estaba el llanto tan memorizado, y la ventana que se abrió hizo un efecto de vacío que lo expulsó todo hacia afuera: se iban los recuerdos con cara de El Guernica, se iban los muertos con un ojo en la nuca, con los lóbulos de las orejas en las fosas nasales, grises, metamorfosis infinita del muerto en vida ajena, templos llenos de cera de vela, sobre cera de otra vela, sobre cera de otra vela, y el polvo, los hongos, el musgo. Todo afuera. Seguían los ojos cerrados pero se me hacía agua la comisura de los párpados, sentía más frías esas últimas pestañas, y sabía que vos estabas atestiguando el éxodo de todas estas criaturas, con un pie mío en tus manos, y hacías el silencio del último luto. En el medio de la luz confusa de cuando amanece, se hizo una voz grave, lejos como mi pie, que me dijo “No tengas miedo”.
23 de agosto de 2008
fiona
El dragón se viene morfando a cuanto pibe se le acerca o con la espada torpe, o con el corazón fruncido, o con los huevos chicos, o simplemente distraído, o lento, lentísimo, o verde, verdísimo. Se los traga. Elige a cuál masticar bien y a cuál pasar entero por la garganta, por venenoso. Elige a cuál quemar con un soplido y verlo derretirse; a cuál destripar con una sola pezuña como quien le saca con el dedo índice las semillas a una uva, y la uva patinosa se resiste, y los órganos antes de ceder se aferran, mojados, a los conductos. Se ve que uno solo de ellos tenía el gusto de una cebolla cruda, porque mientras terminaba de pasarlo al esófago, se le cayeron un par de lágrimas. Se ve que otro era elástico y de goma como un chicle, porque se le pudría en la boca y aún así lo paseó un buen rato entre las muelas, casi le daña la lengua, los dientes y las encías… Hasta que glup. No llegaron ni a la fosa.
A la noche, cuando no sabe nadie, sube el dragón los cuatrocientos veintitrés escalones hasta la torre para que yo le de una palmadita en el hocico (Sit ahí. Good boy). Mueve la cola, se tira hinchado a los pies de la cama, y dormimos. Dormimos tranquilos.
El temita, más que salvarme de la jaula, va a ser salvarme del refugio.
A la noche, cuando no sabe nadie, sube el dragón los cuatrocientos veintitrés escalones hasta la torre para que yo le de una palmadita en el hocico (Sit ahí. Good boy). Mueve la cola, se tira hinchado a los pies de la cama, y dormimos. Dormimos tranquilos.
El temita, más que salvarme de la jaula, va a ser salvarme del refugio.
17 de agosto de 2008
el choclo
La música empezó como invitando, de a poco, como envolviendo en un ciclo progresivo que cuando te dabas cuenta, ya estabas en el medio de la nota. El auto se movía como manejado por alguien que no fuera yo. Y sobre agua, o aceite. Se me repetían imágenes de hace unas horas: la puerta cerrándose sobre tu espalda, encima tuyo, mis ojos diciéndote andate, inyectados de un tinte espeso de furia, te los dirigía desde la sombra de mi cara, tenía toda la cara hacia abajo y los ojos desde esa sombra, fijos, andate, los barrotes de la reja cruzándonos la última conversación, la llave puesta y yo la sostenía, a punto de girarla, ya estabas del lado de la vereda, andate, te hubiera cagado a trompadas sin llorar ni una sola lágrima. Y después la música aflojaba, había estado tan arriba, con todos los instrumentos respondiéndose entre sí, y bajó, algunos hicieron silencio, quedó una melodía melancólica, cansada de la música anterior. Vinieron imágenes tan distintas: Era un tango como éste el que bailábamos cuando yo te abría las pestañas de par en par y también te miraba desde una sombra, pero la de tu cuerpo llevándome por música parecida a esta, la de El Choclo. Era una hipnosis, el gesto atascado en la sonrisa que dolía, ya, de tanto tenerla puesta. Vi mi propio gesto, qué aberrante. Qué cosa más artificiosa, más construida y mentirosa que ver el propio gesto, pero lo vi: los ojos entregados, el gesto abandonado en una expresión imbécil de encantamiento. Imbécil, se podía caer la baba. Y me vi ínfima. Pulgarcita. En la sombra de mi ropa, tan oscura, la postura en un nudo de codos cruzados con rodillas, enroscada como un gato al pie de una chimenea, pero al pie de tu perímetro, con el cuerpo tenso que tiene frío pero sabe que si se queda un rato, va a empezar a dar el calor del fuego, y es cuestión de aguantar el frío un toque. Esperé tanto: dos inviernos. El gato está electrizado, las uñas clavadas en la alfombra, el cuerpo arqueado, agazapado, listo, y los ojos brillando desde la sombra del fuego que no vino, inyectados de un tinte espeso de furia, andate, es la última vez que te lo digo. Dos vueltas de llave.
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