15 de diciembre de 2009

Tinta China

No hace más que mirar a su alrededor, con los ojos rígidos, como trabados a una distancia fija entre los párpados. Y el cuerpo lo tiene todo quieto. Los puños, al final de los brazos colgando, están cerrados. Las manos son bastante blancas, entonces en los nudillos –los nudillos filosos del puño haciendo fuerza– se trasparentan venas azules, diminutas, pero hinchadas.
Todos los días, a la misma hora, la madre le da un vaso de agua y le dice que trague el mejoralito, que tiene gusto a frutilla. Cuando pregunta para qué sirve, ella dice que para que preste atención, y para estar tranquilo. Entonces la toma, pero tiene más gusto a metal con azúcar que a frutilla. Esta semana ella estuvo distraída, y se olvidó de dársela. Él no le hace acordar porque sin la pastilla igual se siente tranquilo.
Cuando uno de sus compañeros estalló en carcajadas señalándolo, en vez de tranquilo se puso rígido, y lo miró, con los ojos trabados a una distancia fija entre los párpados. Espera algún signo de arrepentimiento. Nada. No se va a parar de reír, va a esperar a que los demás se empiecen a burlar también, más por avalar su poder que por estar de acuerdo.
Se escribe la piel. Se esconde en un rincón del patio y con marcador escribe sobre el brazo, porque es lo único que evita que se coma las uñas. A veces escribe nombres, o palabras que le gustan por su caligrafía. Tiene una letra cursiva metódica y demasiado lenta en el trazo. Nuez, escribe. Fue justo cuando terminó de escribir nuez, que el que estaba sentado a su derecha lo vio, lo señaló, y estalló en carcajadas. Otra vez se está haciendo dibujitos y palabras en el brazo.
En el lugar en el que vive hay un cuarto muy chico que se usa para guardar cosas como el árbol de navidad y los adornos, por ejemplo, en bolsas de consorcio. Pasa ahí horas. Hay olor a escobillón y a cajas de cartón en ese cuarto. Le gusta estar ahí pero odia las pelusas.
Ahora está lejos de su casa y de ese cuarto, pero para escaparse de alguna forma, se imagina metido ahí, escondido entre dos canastos de mimbre. Necesita lugares herméticos para pensar en lo que le dijeron que es Dios, o para no pensar en si debería dar vergüenza distraerse y escribirse la piel.
Como el recuerdo del refugio no alcanza, la vergüenza lo dispara, literalmente: sale corriendo, atraviesa el patio como si fuera ciego, o rápido, y se mete en el baño que está más cerca. Se encierra y con el mismo impulso con el que traba la puerta, da vuelta la cabeza hacia el inodoro y vomita. Probablemente es el jugo de naranja del desayuno, porque no es repulsivo el olor ni el aspecto, pero al pasar por el esófago siente que quema, y se instala la acidez en la garganta. Tiene las dos manos apoyadas sobre la tabla del inodoro, la cabeza le cuelga floja desde los hombros y otra vez fija la mirada, ve cómo el naranja se expande a medida que el vómito se diluye en el agua, igual que en el experimento de tinta china en el clavel. Lo asalta otra arcada, repentina como si no viniera de su cuerpo, y larga más líquido, pero ahora resignado. Escupe un par de veces. Sabe que no va a vomitar más, pero está pálido, y tiene varios escalofríos, uno atrás de otro.
Sentado en el piso del baño, se mira las manos hasta que recupera el pulso, espera hasta que vuelve a sentir calor en los labios. Se pone en puntas de pie y tira la cadena. Tiene las medias arrugadas en los tobillos. Todas sus articulaciones parecen tan frágiles que da la sensación de que podrían romperse. Además es pálido, el color de la piel de su cara es de un gris amarillento. La madre le dice que es por el beta caroteno, algo que él tiene que comer necesariamente con el fin de ser fuerte. Obedece, pero en general se siente flaco y huesudo. Ahora, todavía sentado, a medida que inhala aire cada vez más profundo y más frecuente, le parece como si el torrente sanguíneo fuera de un caudal enorme. Como si la sangre le fuera hinchando los músculos y la cara. Y se para.
El depósito en el que pasa horas, cada día, se le revela lúgubre por primera vez, se imagina muerto (de esto no es la primera vez), y después lo imagina a él, primero muerto de risa, después muerto.
Ya está de vuelta en el patio. Tiene una mancha naranja en el delantal. Se le acerca mirándolo fijo, el chico ya no se ríe, parece que se olvidó. Justamente por haberse olvidado lo toma del cuello hasta que encuentra la nuez, pequeña, a mitad de camino entre el mentón y la clavícula, y le hunde los dedos. Piensa en cómo resisten los músculos del cuello, y siente la temperatura subiendo debajo de sus dos manos. Lo que menos afloja son los ojos rígidos. A los pocos minutos, los treinta y cuatro kilos que tiene entre los dedos agarrados del cuello, se rinden y se expanden sobre el piso igual que el experimento de tinta china violeta en el clavel.

Por Unjotasch

6 comentarios:

Paloma dijo...

La consigna era:

Sin una sola caída en el mal gusto, describir a una persona que
a) va al cuarto de baño
b) vomita
c) asesina a un niño pequeño.

Del libro "El arte de la ficción" de John Gardner

Tengo que retocar el final, pero hasta que se me ocurra la forma...

Gracias Martini por obligarme y ayudarme a crecer y a matar niños.

Proyecto TC dijo...

Afortunadamente hace dos o tres dias vi una progresion (ficcional) identica, en la que uno terminaba totalmente involucrado en la subjetiva del protagonista, y aun asi sin saber cuanto hubo de voluntad y conciencia.

Digo afortunadamente, porque piña sobre piña duele menos. El final corta el aire.

No sé porqué es tan impecablemente lógico que se escriba los brazos para no comerse las uñas, pero ese y otros detalles funcionan maravillosamente.

Ya somos dos agradeciendole a Martini.

Jota Sch dijo...

Gracias Martini y Gracias Paloma, por la historia. Yo quiero más de estas, y capaz alguna carta a Karin (pero ahi me estoy poniendo en exquisita, con este tipo de relatos estamos).

Muy lejano al viejo Festejando, y eso me pone melancolica (soy cancer...) pero me da ganas de seguir viajando por estos relatos nuevos, no conocidos, pero esperando conocer (luna en acuario?)

te quierón,
bring it on.

Jota Sch dijo...

Gracias Martini y Gracias Paloma, por la historia. Yo quiero más de estas, y capaz alguna carta a Karin (pero ahi me estoy poniendo en exquisita, con este tipo de relatos estamos).

Muy lejano al viejo Festejando, y eso me pone melancolica (soy cancer...) pero me da ganas de seguir viajando por estos relatos nuevos, no conocidos, pero esperando conocer (luna en acuario?)

te quierón,
bring it on.

bar dijo...

tinta frida se unio una vez mas para darle vida a unas consignas bastante dificiles de seguir. Nunca demodé se siguen reinventando y superando como duo creativo. Como las quiero.

Tamara dijo...

Excelente quedo negra. Fuertisimo, piel de gallina te deja. Y el aporte de Jsch estupendo. Como dijo Bar, aguante este dúo creativo. Felicitaciones, segui animandote que te sale, sabes? te sale.