20 de abril de 2008
sucio
Y pensar que unos días antes le había querido mandar una carta al hermano de Tamara diciéndole que reestablecer los parámetros y serle consecuente a los nuevos era una forma de no desandar el camino pero aparte era una forma de reconocimiento. Le quería hablar de militancia con inescrupulosidad adolescente, apostando siempre a que ese rasgo resulte simpático o inocente y que después se cargue de algo sexual por lo de ser la pendeja, la pendejita. Llegué a hacer un borrador: “Creo que la verdadera militancia coloca los pies sobre la tierra pero se encarga de que el corazón quede más alto y la cabeza todavía más, por ser la que coordina los pasos con los latidos. Que siempre haya sangre para que el cuerpo camine. Que siempre sean caminos que aceleren el pulso. Que la cabeza nunca tenga permiso para hechizarnos con olvidos que nos devuelven a donde uno estaba simplemente conforme. No si en el medio el puente que se atravesó fue el del alma y si lo que había del otro lado era una sensación de que al fin las cosas estaban en su lugar, sobre el cuerpo del otro. Cómo hago para pedirte eso y, más aún, cómo hago para no pedírtelo.” ¿En dónde quedó ese borrador? Digo: acá, entre las tapas duras del cuaderno que me regaló él (lo leo y me da vergüenza, siento que lo tendría que haber escrito a los quince años para poder justificarlo…) pero, ¿en dónde quedó? Lejos mío, seguramente, igual de lejos mío que quedé yo después de ponerme la remera, subir la tanga y el jean, que habían quedado arrugados a la altura de los tobillos, mover el ténder que habíamos puesto para trabar la puerta y volver a la fiesta a tratar de tomar un poco más de alcohol para seguir desdibujando lo radical de haber vuelto de Barcelona y de no poder volver a irme para allá.
14 de abril de 2008
a los seis
No me dieron el papel estelar de Merceditas ni el de Remedios de Escalada… por lo menos tampoco fui caballo blanco, pero me tocó sauce llorón. Y tenía un disfraz lúgubre de hojas que arrastraba por el piso del patio asomando del tronco ojitos de vergüenza. “¿No puedo ser jacarandá?” Era todavía más icónico a nivel patrio y seguía siendo árbol pero por lo menos no era llorón. La directora me contestó que no con una voz tan fruncida que ni necesitó despegar los labios.
Siempre tenía esa expresión: la boca cerrada en donde convergían un montón de arrugas y unos anteojos cuyo reflejo no me permitía saber si me hablaba a mí o no cuando me cruzaba en un pasillo y soltaba, al pasar, un “péinese, por favor”. Supe sin duda alguna que me estaba hablando a mí cuando se me acercó a pocos centímetros de la nariz entre bambalinas para decirme: “Deje de llorar, señorita; le tocó sauce llorón, su disfraz no es triste, y si no sale al escenario vamos a tener que llamar a la policía”.
Nos trataba de usted a todos aunque fuéramos petisos como gnomos, y cuando formábamos le decíamos al unísono: “Bue-nas tar-des se-ño-ra de Pin-to”. Pinto me hacía acordar al gallo Pinto, el que no pinta porque el que pinta es el pintor. Siempre, siempre que le decíamos señora de Pinto, asociaba con el gallo.
Sonaba tan sombrío ese ‘buenas tardes’, que una vez hasta ella nos pidió que descontracturáramos el saludo y descubrió que hacía falta más que un pedido para modificarlo, porque quisimos pero nos salió todo desordenado, se escuchó un murmullo polifónico por todo el patio y nos hizo volver inmediatamente a la forma anterior, la misma que nos enseñaron el primer día de primer grado. Yo tenía seis recién cumplidos, ese día, cumplidos con dos trencitas y tres deseos que seguro tuvieron que ver con mi papá, con que me cuidara, que estuviera bien, incluso una vez no estando. “Tomen distancia. Alineen sus cabezas con la del compañero de adelante. Firmes. Los brazos a los costados del cuerpo”, y sostener un silencio.
Ese año llevé al colegio una sirenita de plástico y pelo tan blanco como el de la señora de Pinto. La llevé para ostentarla entre mis amigas y después, está bien, prestarla. A todas les encantaba porque si le apretabas la espalda activabas algún botón escondido abajo de la piel con olor a zapatilla nueva de mi sirena y entonces cantaba. Tenía una voz de eco, como si efectivamente sonara desde abajo del agua. A la tarde mientras formábamos y veíamos la bandera levantarse sin asociarla todavía a próceres ni a sauces pero sobre todo sin asociarla a llantos, yo tenía la sirena agarrada entre mis dos manitos atrás de la espalda y me tenté, me tenté... Estaban todos en silencio simulando respeto y mi sirena con rulos blancos quería cantar, parecía como si me lo pidiera bajito. Entonces no aguanté, le apreté la espalda y cantó. Sonó por todos los rincones porque al eco con el que venía grabada su voz se le sumó el eco del patio; rebotó la música sobre la conmoción muda de las distintas filas de chicos que miraron hacia distintos costados sin saber de dónde salía. La bandera se quedó quieta un minuto porque el que la estaba izando frenó para darse vuelta y soltó una risita. Yo puse cara de accidente. Nadie me retó, que yo recuerde. Ni siquiera la señora de Pinto. Tampoco me hice del renombre suficiente como para que me tocara Merceditas en vez de sauce llorón ese agosto, pero la sirena volvió a casa orgullosa.
2 de abril de 2008
a tamara sobre cabildo y berlín
A Clara todavía no le dije nada… Mamá lo intuye y a papá se lo tiré el domingo pasado, como quien no quiere la cosa, mientras él hacía el fuego para el asado. A papá siempre hay que hablarle de lo importante mientras realiza alguna actividad, porque eso le permite mantener la atención en uno simulando que está puesta en eso otro que está haciendo. Preferiblemente tiene que ser una actividad que él disfrute y que sea objetivamente útil. Lavar el auto, por ejemplo. Algo mecánico, algo que se realice de forma simple y sistemática… Pescar mojarritas, quietos, con los pies metidos en el río. Mira para adelante, con los ojos chinos de fijos, a ver si pica, a ver si aparecen onditas circulares alrededor de la tanza, en el agua inmóvil; pero en realidad se trata de que es su perfil el que sabe escucharte.
De chica pensaba que hubiera sido mejor ser varón para poder jugar con él a algún deporte que nos permitiera que la pelota se convirtiese en el canal de comunicación por excelencia. Papá responde monosílabos, la concentración en su tarea tiene que ser absolutamente creíble, a veces incluso sólo asiente. “Pá, me voy a seguir la carrera a Alemania (breve pausa). Qué bien que prende el carbón que compraste”. Eso fue mi mejor intento de ‘como quien no quiere la cosa’. Contestó: “Bueno, primero pensá bien si es lo que querés y no se lo digas a tu madre antes de estar segura”.
Esa misma noche mamá estaba con la voz quebrada y se pasó toda la cena proponiendo un diálogo nostálgico y sentimental, de esos de velas de fiesta de quince. Yo creo que papá no aguantó y le dijo. O que lo intuye. Mamá es como un hada disfrazada de señora y siempre tiene sus magias para adivinar lo que a uno le pasa.
Clara nada. Ni lo sospecha, ni lo percibe, ni se va a enterar por mí. Sobre todo porque se pasa todo el día hablando de Luca… que el pediatra esto, que el precio de los pañales… Clara, que antes no hablaba más que de varios hombres distintos a la vez, al fin habla de uno solo: Luca. Ni Gustavo figura. A Gustavo no le molesta, igual. Un poco por psicoanalista y otro poco por buenazo.
Hoy salí de lo de Pedro y Male, había pasado a visitarlos porque siempre me convidan unos mates cuando tengo que hacer tiempo entre el laburo y la facultad, y caminaba por Cabildo pensando en esa avenida y sus ritmos. Yo creo que ni en la calle Florida la gente camina tan rápido como cerca de Cabildo y Juramento… Parece un panal plano lleno de ofertas y vidrieras angostas, excepto cuando algo desentona.
Desentonó un señor, un viejito, caminando mil veces más despacio con la ayuda de un bastón. Tenía un saco de corderoy claro, un pañuelo en el cuello y un sombrero. Paseaba a paso lento un porte erguido, a pesar de la edad, y unos zapatos marrones, lindos y bien lustrados. Caballero bien porteño, como ya no se ven: un poco milonguero, un poco elegante, un poco putañero pero de los que no se les nota. Él caminaba en frente mío y bajé el ritmo para observarlo porque me dio ternura. En dirección opuesta venían dos mujeres, charlando fuerte y gesticulando con dificultad por el bótox, maniobrando para hacerse paso entre la multitud y mantenerse una al lado de la otra, de modo de poder seguir la conversación sin interrupciones. A una de las dos se le cayó el saco que tenía colgado de la cartera. La mujer lo pisó al paso siguiente sin darse cuenta, con un taco alto, y quedó tirado en la vereda hecho un bollo de tela negra entre sus piernas. Entonces el señor paró el bastón, paró sus pasos y con un tono sereno y grave miró a la mujer y le avisó: “Disculpe, se le cayó la bombacha”. Estallé en carcajadas pero seguí caminando porque ni el tráfico peatonal ni un mínimo de sentido de la educación me permitían quedarme parada ahí para ver qué contestaba. Y me quedé pensando… en que no hay Cabildo en Berlín. Ni mate de Pedro y Male. Así que por ahora no le voy a decir nada a mamá, y la gestora que se tome su tiempo.
29 de marzo de 2008
la luna y alcauciles
24 de marzo de 2008
cinco sentidos
- Bueno, repasemos, entonces. Tenemos el sentido ¿del?
- ¡Tacto!
- Muuuy bien, Juani. El del tacto es uno. A través del sentido del tacto nos damos cuenta cuando las cosas son ásperas o suaves, por ejemplo. Bárbaro. Y también tenemos el sentido ¿deeeel?
- ¡Olfato!
- Claro, del olfato. En nuestra na-riz. Muy bien. ¿Qué más? El sentido de ¿laaaa?
- … No sé.
- Dale, Oli, pensalo bien. No hay apuro. De ¿la?
- Ah, ¡de la vista!
- Excelente, Olivia, de la vista. Vemos el pizarrón, los paisajes… por el sentido de la vista. Buenísimo. ¿Qué otro, chicos? El sentido ¿deeeeel?
- ¡Humor!
17 de marzo de 2008
el sol y confites
11 de marzo de 2008
son of a preacher man
Nosotros en los sillones, hablando, hablando, hablando, tomando té en tazas que se abrazan con las manos u oporto en copitas que se agarran con los dedos estirados, dándole vueltas discursivas y giros sintácticos a la imposibilidad de tocarnos, no teníamos más que ganas de oler el cuerpo del otro, morderlo, conocerlo. Y como eso es demasiado básico hacemos iglesias, miramos iglesias, tomamos café, conversamos. Y nombramos todas las cosas. En el nombre del padre, nombramos. En el nombre del hijo y del cuerpo que sabe que cuando nombra toma para siempre distancia, respinga la nariz y corre los ojos. Porque total ya está dicho. Justo nosotros dos, hijos de padres que predican la acción dramática.
2 de marzo de 2008
recuerdos de parís
¿Se va a diluir?
Sí, sí, se va a diluir.
¿En qué otro líquido?
¿En qué color se pierde una luz que hace cosquillitas?
Sobre la noche no se pierde. Más bien ilumina.
¿Sobre qué ciudad pasa desapercibido el hecho de que se levanta una torre, más de trescientos metros hacia arriba?
En París no.
¿Se deshace el camino que andamos juntos sobre un puente del alma?
Y si no se deshace, si continúa, ¿cómo es que se bifurca?
Y si se bifurca, ¿cómo tomo, entre los dos, el que me devuelve a casa?
Ya no quiero volver. Mentira que yo no tenía nada en juego, eso era lo que estaba arriesgando yo: mis ganas de volver. Y las perdí.
Pude, sin embargo, irme de viaje, lejos,
a descubrir que no hay ningún lugar al que pueda ir sin mi cuerpo.
Creí que eso era todo lo que tenía para descubrir hasta que me mostraste
que tenía que irme lejos justamente para descubrir mi cuerpo, no para abandonarlo.
Ahora seguramente va a decir un oráculo al que me da bronca cederle la palabra. Si me dejara hablar a mí primero, antes que las monedas, me gustaría decir: No, no, no se va a diluír; uno no se habitúa a las cosquillas y no hay colores como los que se dibujan en los contrastes de esa ciudad. Tampoco hay contraste como ese con el que marcaste el perímetro de mi cuerpo, a mordiscones, justo antes de que yo subiera las escaleras apurada a tomar agua y comer frambuesas para recuperar la humedad de la sangre; para recuperar el color de los labios, el color de la boca de piquito que imprime un beso y espera que no se diluya. Se va a diluir tan poco como lo poco que se diluye la torre en el paisaje cada vez que es hora en punto. Y yo no desando ningún camino porque no ando de paseo. No estuve de vacaciones.
17 de febrero de 2008
josé
Hay un minuto exacto de la noche en la que los relojes se derriten como por hechizo o encanto y el tiempo se repliega, frunce sus agujas y retira del espacio las tropas que marchan, disciplinadas, al ritmo de un segundero. Se hace un silencio, primero. Los noctámbulos sonríen porque conocen el portal que se abre hacia su terreno. Los que no, los que se quedaron despiertos por obligación o por casualidad, se toman una pausa para transformar el desconcierto en adaptación. Se hizo un silencio de esos en los que la gente dice que pasó un ángel y parece como si hasta los fantasmas contuvieran el aliento para no arruinar ese segundo estático. Se vino la noche. La verdadera noche. A su sombra van a empezar a relucir los detalles más nimios y fundamentales con una fosforescecia hipnotizante. Surgirán los más definitivos descubrimientos en los contrastes que sólo permite la oscuridad de esta hora, que, de un momento a otro, pasó a ser hora ninguna.
Seguramente habré suspirado aliviada. Ante el repliegue del tiempo saco un mazo de cartas del bolsillo, las desparramo sobre la mesa y así despliego mi dominio. Llegó, para mí, una era efímera en la cual reina lo lúdico y lo caótico y entonces me puedo sentar en la cabecera o ser anfitriona. Adelante. Bienvenidos a la lucidez de la noche, a la tranquilidad de cuando el tiempo se ausenta, a la belleza con la que el caos se diseña.
En esa dimensión fue que nos quedamos, cada uno en su respectivo sillón, José y yo. Nos unían, entre otras, dos complicidades: la de ser noctámbulos y de la conversar como se respira. Los dos sabemos que charlar nos puede significar un desplazamiento incluso si no nos movemos de esos sillones ni para buscar un cigarrillo. Al menos así quedé yo después de la maratón atemporal de idas y vueltas por entre distintos lugares de la mente: desplazada.
En el popurrí de temas que implicaron flshbacks y flashforwards llegué a un puerto clave. Tan es así, que sentí que lo había conocido porque me hubiera sido imposible llegar al puerto de otra forma que de su mano.
Yo había llegado a Barcelona casi dos semanas antes con mi valijita y dos ojos pícaros a recordarle su punto de partida. Recién salida de casa (aunque más no fuera "de vacaciones"), aguda, pero tierna como el famoso "lechazo" del restaurant catalán. Él, en cambio, estaba de paso -con el transcurso de los días empecé a sentir que vivía de paso- por una de las sedes de su vida: Barcelona. Luego de Buenos Aires y Brasil, y antes que Nueva York y San Diego. Un punto entre otros. Sin embargo son sedes profundas, las suyas. Su Brasil, por ejemplo, tuvo primero la cara de la muerte, después la del amor y el nacimiento y luego la de la separación. Su Brasil siempre va tener la cara hermosa de la luna. De Lua. Su Buenos Aires, igual que la mía, es el primer puerto. Somos dos porteños. Él efectivamente zarpó desde ahí, yo me dejé el ancla clavada allá.
Más de una semana más tarde que el día en que llegué, José y yo nos enredamos en una conversación que iba a revelar lo que él estaba por enseñarme. Creo que todo había derivado de la misma historia de despecho que conté tantas veces, desde tantas ópticas diferentes y a tantas personas distintas. Ese despecho que había hecho jugo a la hora de la creatividad y más jugo a la hora de necesitar una justificación para pedir ayuda y atención. Me oía describirle la situación y me aburría de escucharme. Otra vez mi voz contando que no conocemos otro vínculo que no sea el malhecho que tenemos. En realidad yo sabía que el estandarte del desamor me permitía la libertad que me había llevado hasta Barcelona y todo esto sin bajar las banderas que militan fervorosas a favor del amor. El renovado idealimo. Estaba defendiendo lo que me ata a casa. Sabía que ya había escuchado canciones del estilo de Nos sobran los motivos sientiéndome expresada y llena de un ímpetu para descargar la identificación. "Este adiós no maquilla un hastaluego." Esta cara de profundo entendimiento de mis propios defectos nunca me llevó más allá de esa conciencia. Siempre fue el maquillaje de un conformismo, seamos sinceros. Los hechos quedaron petrificados. Me dio vergüenza volver a mostrarme así de segura. Perdón, José, las justificaciones sólo intentan rescatar la pelotudez que me caracteriza. Ningún desamor. Ningún entendimiento.
Y después apareció el tema del desarraigo porque yo estaba sorprendida con su capacidad de vuelo. Miraba perpleja cuando él contestaba mis preguntas infantiles.
- Mi vieja es azafata, o sea que se la pasó viajando. No estaba nunca. Y mi viejo... mi viejo jamás estuvo, ni siquiera no estando de viaje... A eso sumale que yo a veces la acompañaba a mi mamá, entonces para mí estar en un avión es casi como estar en un vientre.
- Qué loco. Mi historia es opuesta: Justamente dentro de un avión fue que mi papá se desplomó en el coma que le iba a hacer puente entre la vida y la muerte.
Un solo objeto: el avión. Ese objeto concreto, accidente del propósito de los hombres de transportarse, era para él y para mí, dos símbolos dicotómicos: un lecho de vida y un lecho de muerte. Su versión de Brasil ya me había sorprendido con su característica de contener una contradicción tan grande como la vida y la muerte, pero este dato nuevo, el del avión, nos había puesto frente a frente. Ese fue el momento de fosforescencia.
- Es llamativo que a partir de esto, el desafío para mí es subirme al avión y desarraigar y el tuyo es aterrizar y echar raíces.
Me di cuenta de cómo el giro de perspectivas estaba acomodando todo en su lugar. Sacándole el velo a las cosas que tenían careta de tormenta. Decidimos irnos a dormir; recuperamos de un baldazo la noción de la hora, la noción de la potencialidad del día siguiente. Acomodamos las tazas y los vasos para desdibujar los trayectos por los que había transcurrido la charla toda esa noche. Círculos de café en el mantel. Algún boludo se manchó la remera con tinto. ¿Quedó algún vaso en la mesa? No, ya levanté todo. Despejando la mesa nos acordamos del cansancio que en los sillones no se notaba. Dejamos las copas en la pileta de la cocina. Nos lavamos los dientes.
Progresivamente se volvió penetrante la luz del alba y reveló la textura de las cortinas. Las miré y pensé "ah, son de lino". Empezaron a sonar el segundero, los pájaros, los vecinos que pasan el café con fuerza como si tomarlo fuera una imposición. El día me volvió a despedir del terreno en el que más cómoda me siento y encima me amenazaba con borrar, al paso de su luz blanca y plena, lo que me enseñó la noche. Entonces le subí la apuesta, abrí un cuaderno que había dejado al lado del colchón y armé la bitácora del viaje por las dimensiones hermosas que existen más allá de lo temporal. Allá en lo caótico.
(Renglones mediante y una caligrafía prolija, claro, por cuestiones burocráticas que exige el día).
3 de febrero de 2008
carta de amor
Resulta que hay hasta un concurso. Y yo estoy dudando si mandar ésta:
Hubo una época en la que vos afirmabas que nosotros hacíamos el amor. En ese momento yo contestaba que no, básicamente porque no me era posible enamorarme de vos. Sin embargó resonó eso de “hacer el amor”, el amor como algo manufacturable. ¿Hacerlo cómo? ¿Con las manos? ¿Con todo el cuerpo? ¿Sin el cuerpo? Pero hacerlo. Se hacen las cosas que uno decide hacer. De chica el amor me era algo mágico (y en ese momento no me detenía en que la magia también se hace), algo que se presenta sin conjuro que lo evoque a base de rimas o pócimas humeantes en ollas de barro. No concebía evocarlo; mucho menos concebía que fuera posible hacerlo. Hasta que vos me dijiste que nosotros hacíamos el amor... Me cuestioné, entonces, si era verdad que enamorarme de vos era imposible, porque en definitiva dependía de mi decisión de hacerlo o no.
Tu manera de agarrarme el cuerpo me empezó a resultar una expresión del poder que tenías sobre él. Ibas directo a los huesos, hurgabas un rato en la piel hasta encontrar uno y después lo apretabas como para mostrarme que estabas tomando mi esqueleto entre dos dedos, y que con eso solo te era posible romperlo. Y yo te dejaba llegar hasta los huesos y amenazarlos para decirte que estaba dispuesta a correr el riesgo de que los quebraras. Así de mucho podrías lastimarme pero te dejo hundirte para dejar mi estructura en tus manos. Otro error aprendido: mostrar amor por la negativa, sacrificar algo para poder expresarlo e incluso merecerlo. Sacrificar mi integridad física o el gobierno sobre mis huesos. “Sin vos me muero”, se declara la gente. No, no me muero. Estar con vos se me volvió una alternativa de vida, y elegirla por sobre otras alternativas de vida me pareció mucho más generoso que elegirlo por sobre la muerte. Uno elegiría casi cualquier cosa por sobre la muerte, pero no cualquiera de las distintas alternativas de vida simplemente porque sí. Cómo no preferir la simetría de dos cuerpos dormidos sobre el plano de una cama tratando de sincronizar un sueño. Más que evocarse, eso se anhela. Se prefiere por la armonía que implica combinar sonidos, por el descanso que es poner a descansar los huesos en el poder de otro y por el placer de hacer el amor deliberadamente. Entre otras cosas para afirmar la vida.
30 de enero de 2008
insomnio
23 de enero de 2008
para tamara: justificaciones para viajar
De vuelta una bandada se aleja y me despierta un hambre nómada; una necesidad imperiosa de desprenderme, de abandonar la tierra pelada y buscar otra fruta de más jugo que crezca lejos. Ya me había pasado esto la vez que le escribí una carta de amor desesperada y llorosa a Brasil y después me escapé sin avisar, no paré hasta llegar a esas playas. Cuando llegué me dolía lo mismo que me dolía en casa, ¿sabés? Pero el paisaje era mil veces más lindo, entonces valió la pena.
19 de enero de 2008
Dating (en busca del tipo perdido)
- Me invitó a salir un chico que me dice que se va a horizontalizar –confesó Carla, sin más.
- ¿Eh?
- Claro, no duerme, horizontaliza.
- Ah, sí. Entiendo… ¿Cómo coge entonces?
- ¿Verticaliza en la cocina?
- O diagonaliza en un garage.
- Mientras no me perpendicularice todo bien.
- ¿Por qué? ¿Perrito no te va?
Carla estaba cansada de la misma historia de salir con algún tipo sólo por el placer de comer afuera, de tomar un buen vino, de caminar por Puerto Madero para que todo se arruinara en el momento exacto en el que el salidor de turno la apuraba contra una baranda sobre el río alegando tener los huevos como bolas de cristal. Los huevos como bolas de cristal, dejate de joder… Pero accedió a salir con el que horizontalizaba a la hora de dormir porque su tendencia al pesimismo le garantizaba una alta posibilidad de que las expectativas fueran superadas.
Consultó con Mora, que hasta el momento estaba calladita y tomaba el cortado de a sorbos cortos porque estaba caliente y no le gusta tomar cosas muy calientes en verano.
- ¿Qué onda si tengo ganas de que garchemos en la primer salida?
- Utilizá los recursos clásicos y si ves que no funciona manoteá bulto.
- ¡Mora!
- ¡¿Qué?! El operativo bulto es la última opción.
Mora la incentivó porque ella hacía rato que estaba fuera del mercado de solos y solas. Para los que están afuera, ese mundo es una utopía con montañas rusas, Cara de Barro, orgasmos, éxtasis y pochoclo. Para los que están adentro es un tren fantasma previsible.
- ...Pero digo que es re divertido salir así con un pibe que no conocés… -insistió Mora.
- No, es medio un embole.
- ...¡y ver cómo se resuelve!
- Tenés que hablar de la vida mucho tiempo.
- ¡Muy divertido!
- No, es un embole.
- Vos porque tuviste un montón; a mí me re divierte.
- Pero a mí nunca me divirtió esa parte. Los pibes se re motivan y se te ponen hablar de cuando tenían cinco, de cuando tenían diez, de su tía Clota… y todo sin omitir detalles.
- Capaz el tipo éste es más divertido que eso.
- Sí, es divertido... Ponele, el sábado estuvo dos horas contándome de su vida en Colombia, dentro de todo estuvo bueno, pero llega un punto en el que uno no puede prestar atención tanto tiempo… Los que más joden son esos que no te dejan hablar o que todo lo que les contás, les paso a ellos, al amigo o al tío.
- Uy, sí, -intervine- hace poco me fumé la historia completa de una banda de rock de barrio a la que pertenecía el flaco que me invitó a jugar al pool, ¿se acuerdan? Bueno, el tipo me contó desde el momento en el que entre todos hicieron una vaquita para comprar el primer platillo hasta su última fecha en un bar de San Bernardo.
- ¿Y cuando salí con el Ruso? El tipo me invitó a comer a la casa y cuando le dije que estaba rica la tarta me recitó la receta, paso por paso.
Mora no quería deshacer su idealizada condición de ser soltero, insistía:
- ¡Pero te cocinó! Un divino.
- Prefiero comer afuera y que el mozo se limite a apoyarme el plato en la mesa en vez de explicarme el proceso que supuso hacer la tartita.
- Pero estabas en la casa por lo cual el trayecto hacia la cama del chabón fue más corto.
- Mora, el pibe arruinó el único forro que tenía poniéndoselo al revés. Me fui de la casa tan virginal como llegué, pero con una receta de tarta de choclo que es una maravilla, eh. Después te la paso.
12 de enero de 2008
"Conceptual Incomprensible #2"
En una calecita húmeda y tibia,
un monstruito trataba de atrapar la sortija con dedos nuevos,
jugaba a saltar la soga atada al ombligo,
o giraba y daba vueltas carnero.
Mientras tanto, en el cielo, un móvil de planetas
se debatía posiciones girando, también.
Formaban fila y se delineaneaban
hasta que Venus se instaló primero a marcar posiciones.
“Piscis –dijo– acá me quedo”.
Adentro, más adentro, mucho más adentro,
en otro sistema circular y multidimensional,
una cadena estaba sellando todos sus eslabones
después de haber alternado en una ruleta que detuvo el azar,
en un determinado o injustificado momento.
Una vez que estaba todo listo, las rodillas se abrieron
dejando entrar un sol blanquísimo,
un sol que la mudó de océano.
Lloró, al principio.
Cuatro años después –casi todas las cartas dadas vuelta–,
la nena caminaba por Florida, encantada por la música
que salía de una pianola. El hombre que la tocaba tenía una paloma en el hombro derecho.
Ella se acercó de la mano de su tía y el hombre ofreció un augurio a cambio de una moneda.
La predicción estaba escrita en papel, a mano,
yacía en el fondo de un frasco junto a muchas otras predicciones ajenas.
La paloma metió la cabeza en el frasco y, con su pico, supo encontrar la de la nena.
La tomó y se la dio al hombre haciendo un gesto serio de: “es ésta”.
El señor la desplegó entre sus dedos peludos,
miró a la nena, y se la leyó en voz alta:
“De grande vas a tener unos ojos hermosos.”
Y la tía le dio una moneda.
7 de enero de 2008
grillete (like a ball and chain)
Se fue a los cajones, a ordenar los papeles que se le habían escapado de la meticulosidad por cuestiones de falta de tiempo libre o de rebeldía contra su propia prolijidad. Sabía que dejarlos tirados significaba llevarlos en el ceño a todas partes, por mucho que se alejara de su casa; pero permitirse ese pequeño boicot le significaba un primer paso satisfactorio hacia la recuperación. Qué otra solución posible para un hombre como él, sino una solución conductista automedicada; y su ambición era exacerbarla, algún día, al punto de pararse sobre el escritorio y romper cada objeto a patadas, hacer volar el pisapapeles más antiguo de la colección y con él la tradición familiar de amor por la simetría y el vidrio.
Cada vez que estaba por hacerlo, sin embargo, llegaba Paula y notaba que el pisapapeles estaba demasiado cerca del borde del escritorio y decía “cuidado con esto que se puede caer acá” mientras lo volvía a su lugar exacto como si hubiese estado marcado con las tizas con las que dibujan el perímetro de un cadáver en las escenas de crimen. Qué falta podía cometer ahí adentro, sin que lo delatara la evidencia. Vivía entre los barrotes de sus huellas digitales, supervisado por una mujer igual de obsesiva, pero aparte madre y encima esposa. “Las mujeres tienen la misma capacidad de padecer una obsesión pero no pueden evitar que se vuelva un dolor de huevos para el prójimo”, pensó. Paula se había vuelto primero militar del imperativo de todo verbo: andá, volvé, traé, juntá, levantá, salí; y después una frígida.
“No existen las minas frígidas”, le había dicho Roberto el día anterior con ese tono de soy porteño y me cojo lo que venga. Él lo citó en algún otro café que no fuera el de siempre para ver si así se animaba a contarle el problema con su mujer pero de todas maneras le costó, le hicieron falta varias cervezas, a media tarde, un día de semana.
– Piropeala, decile que está linda. Se calienta de toque. Te lo firmo.
Roberto se reclinaba hacia atrás en la silla de lona y caño, una de esas azules y blancas que digan lo que digan, dicen Quilmes. Tenía las piernas abiertas y los primeros botones de la camisa desabrochados.
– Avisame cuando tengas que volver a la concesionaria, eh, no quiero retrasarte contándote estas boludeces de pollerudo.
– Pero no, no pasa nada. Tengo tiempo –dijo mirando la hora en la pantalla del teléfono.
El celular lo había hecho zafar de seguir usando ese reloj de oro, de mal gusto como pocas cosas le parecían de mal gusto. Pero era un tipo leal, Roberto. Uno de esos que son tan chantas en todo, que como amigos son un perro leal y bobo.
– La de los piropos funciona siempre, eh. La mina se calienta a fuego lento, no hay vuelta que darle. Nada de golpe de microondas, no, eso les hace saltar la térmica y al carajo: ahí fuiste y no hay forma de ponerle un dedo encima sin que te de una patadita eléctrica.
Él frunció el ceño un poco más porque al problema de los papeles que habían quedado desordenados sobre el escritorio se le sumó el hecho de que no recordaba la última vez que le había dicho algo lindo a Paula. Se ve que con el tiempo pasamos a entender el piropo como la comprensión de la miseria ajena.
– ¿Señor, va a tomar algo más?
Esa moza era un monumento a lo que deberían ser todas las mozas: tetona, dulce, poco maquillaje y un tono en la voz entre de putona, de ejecutiva y de servicial.
– Yo otra cerveza –le contestó Roberto– pero no me digas señor, te lo pido por favor, morocha. ¿Vos querés otra?
– No, a mí traeme un té con miel.
– ¿Y limón? –le preguntó ella sonriéndole seductoramente.
– No, y miel.
La moza se fue hamacando el culo en un vaivén suave pero lo suficientemente pendular como para que Roberto se hipnotizara por unos segundos. Cuando el culo desapareció de su campo visual, le devolvió los ojos y la atención a su amigo, indignado.
– ¿Ves? Con ese tono no podés calentar a nadie. ¿Cómo le vas a decir “No, y miel”? Se fue con una cara de orto…
– Jamás hubiera dicho que ibas a notar justamente la cara con la que se fue.
Cuando se acordó de eso que le había dicho Roberto el día anterior, se volvió morir de vergüenza. Capaz él se había vuelto frígido, a pesar de que Roberto le diría que mucho menos existen los hombres frígidos.
Y seguía ensimismado en el ritmo congelado y elástico del insomnio. De a ratos volvía a la puerta de vidrio, confirmaba la oscuridad del jardín y de vuelta al escritorio. Se había convencido de que no iba a poder dormir mientras siguiera oscuro. Por la puerta entreabierta de la habitación escuchaba la respiración pausada de Paula. Roncaba, ella, y a él le parecía desagradable; pero cuando se hacía una pausa un poco más larga y no se escuchaban ronquidos ni respiración alguna, dejaba los papeles como estaban y entraba rápido pero sigilosamente al cuarto para confirmar con un poco de desesperación que estuviera bien. La encontraba con un gesto sereno que ya no usa despierta. Un gesto que se le contagiaba por encontrarla viva y entonces volvía a la clasificación de impuestos pagos en carpetas de folios.
Cada vez que cerraba una y escuchaba el latigazo del segundo elástico cruzando el vértice de plástico rojo de la carpeta, era un alivio. A las seis de la mañana estaba listo el 2007. ABL, Ingresos Brutos, Monotributo, Aguas, Gas, el cable, Automotor, Inmobiliario, los tickets de la tarjeta de débito, el conteo de consumo de nafta. Dos carpetas rojas hinchadas en el tercer estante de la biblioteca de roble.
Paula sintió un silbido agudo. Se levantó, se puso las pantuflas y un buzo de algodón que había dejado cerca de la cama y caminó torpemente hasta la cocina.
– ¿Qué hacés hiriviendo agua a esta hora?
– Té con miel.
– ¿Dormiste algo? Estás como desfigurado.
– Sí, dormí.
– Me voy a la cama. Vení. Todavía podemos dormir un ratito.
Camino de vuelta al cuarto Paula vio un paquete sobre el escritorio. Prolijamente envuelto en papel madera, algún objeto esférico yacía a la espera de algo. No parecía un regalo ni un deshecho. Quiso volver a la cocina para preguntarle a su marido qué era y quiso abrirlo sin preguntar nada, también, pero el cansancio pudo más y se desplomó sobre la cama.
Una hora más tarde ella estaba roncando de vuelta y salió el sol. Los vidrios de la puerta dibujaron una cuadrícula de sombras y luces naranjas y celestes sobre la pared de la cocina. Él metió el paquete en la guantera y tuvo que girar la llave varias veces hasta que arrancó el motor. Cargó nafta en una YPF a pocas cuadras de su casa, anotó en la libreta la cantidad de litros cargados al punto de 59.678 kilómetoros recorridos. Se repitió que iba a tener que hacerle un full service al auto dentro de 322 kilómetros. No te olvides. Lo anotó en la libreta, por las dudas.
Una vez manejando, prendió la radio. Iba cantando entre las bambalinas de los vidrios oscuros que también le permitían la impunidad de mirar fijo a las personas de los otros autos cuando paraba en un semáforo. Veía hombres sacándose los mocos, sonríendo bajito, no mirando a sus esposas, llevando a sus hijos a la escuela... Eran pocos, los otros autos. A esa hora Lugones siempre estaba prácticamente vacía y el asfalto y la madrugada se le abrían como un permiso potencial para ir a donde quisiera.
Llegó a la costanera en quince minutos. Puso balizas, estacionó el auto a un costado de la Avenida, sacó el paquete de la guantera y con él caminó hasta la baranda de cemento que balconea sobre el Río de la Plata. Extendió el antebrazo disimuladamente y soltó el paquete. Lo miró caer, lo escuchó golpear contra la superficie del agua y se quedó ahí quieto, un rato, cerciorando que no volviera, que no flotara ni asomara el papel madera entre las grietas del río revuelto. Miraba el agua concentrado como si fuera posible verlo tocar fondo, anclar en el no retorno. Unos segundos después estaba claro que era imposible recuperarlo. Volvió al auto, cerró la puerta y dentro de la cabina había un silencio de respeto, el espacio estaba como se quedan los espacios después de una despedida: con un hueco en alguna parte, un desequilibrio porque falta algo en la guantera, en el asiento del acompañante, algo se acaba de ir y todavía queda un perfume, se inaugura una nostalgia y es necesario un silencio solemne, de respeto.
De vuelta en casa Paula ya estaba levantada, en la cocina. Recién bañada, tomaba mate sonoramente y cuando lo vio entrar se sobresaltó.
– ¿De dónde venís? Estaba preocupada.
– Fui a comprar el diario y me quedé leyéndolo en la YPF.
– Che, me acabo de dar cuenta de que falta el pisapapeles más antiguo de la colección de tus papás, ¿no lo viste?
– ¿Qué cosa?
– El pisapapeles de vidrio y oro, gordo, el más grande, el preferido de tu viejo.
– Ah, no. No lo vi.
Y le volvió la imagen a la cabeza: el río revuelto tragándose el paquete, esa forma de sacarse el ancla de encima. Paula lo miraba fijo, con la bombilla en la boca. El pelo le había mojado los hombros y un poco la remera. Romperlo en casa hubiera sido imposible, pensó, Paula se iba a dar cuenta. No había forma de quedarse enteramente tranquilo pensando que su viejo no se iba a enterar. Se lo repetía: está muerto, no se va a enterar. Pero por otro lado esa idea que le habían puesto en la cabeza de chiquito… que los muertos van al cielo y que desde el cielo tienen una panorámica de los vivos. Al principio él se los imaginaba comiendo pochoclo sentados sobre las nubes… Si fuera realmente cielo, nadie perdería su tiempo mirando para este lado ni comiendo pochoclo, se volvió a autoconvencer. Miró la remera mojada de Paula y se dio cuenta de que estaba sin corpiño. El pochoclo, las nubes y el paquete reventaron en su imaginación como un globo, quedaron sólo las tetas en mente.
– Pau.
– ¿Qué?
– Estás tan linda hoy.
Paula sonrió y le apareció un gesto como el que le había espiado esa noche. Como si la cara se le llenara de sangre caliente.
3 de enero de 2008
magic spell
Por un solo segundito, uno chiquito, diminutivo y diminuto, dije "¿y si me quedo acá?"
¿Qué pasa con los baños y eso que dan de protección y de seguro que acá, hecha un bollito en la bañadera vacía, NADIE me encuentra? De alguna forma sobrevivió esa sensación infantil de que si uno se pone en cuclillas y se abraza las piernas poniendo la nariz entre las rodillas, es invisible. Ni hablar adentro de una bañadera: In-visible.
Supongo que será que en el proceso de maduración uno revisa y modifica las cosas más generales y axiomáticas que regían durante la infancia pero algunos detalles se traspapelan y quedan intactos… Y esos después te salvan la vida.
31 de diciembre de 2007
aniversario II
No me hables desde tan cerca.
¿Por?
Porque me da ganas de darte un beso.
Decir esas cosas tiene un costo tan alto... "Me da ganas de darte un beso" y ahí nomás se contrae la panza como si me lo hubiera arrancado de ahí mismo para decírtelo.
Te lo di, ¿no? ¿Te lo di en ese momento o más tarde? ¿O me lo diste vos? ¿O te lo pedí?
No sé por qué te hago estas preguntas si me acuerdo perfectamente. Fue otro beso en secreto, esos son los únicos que me das con recaudos pero generosidad.
¿Cómo puede ser que vivamos dos cosas distintas en un mismo contacto? Digo, ¿no? Porque un beso debería ser algo como el punto desde el cual abre las alas una simetría. Debería. Y al final siempre me quedo con un gusto raro, medio a que más que un beso fue una paja. O a que más que una boca fue un punto de apoyo. Y todo eso se parece mucho a la decepción. No sé por qué le vuelvo a cerciorar si sigue pareciéndose a la decepción y a ninguna otra cosa, cada vez.
Hace unas horas me saqué las sandalias porque vi el piso del patio mojado y tenía ganas de sentir el agua fría en la planta de los pies. Camino a la casa me había estado acordando del día del corte de luz, las costillas y la pileta porque hacía el mismo calor asfixiante y la esquina estaba igual de oscura. Me prendí un cigarrillo, me senté en ese banco de plaza mareado y caí en la cuenta de que pasó exactamente un año: fue el treinta de diciembre del año pasado. Ese día se desató una vorágine de manos abajo del agua, arriba del agua y abajo y arriba de la ropa. Ese día se empezaba a gestar la simetría de los besos que iban a venir, esa que al final quedó renga.
Me acordé también del día siguiente a esa inauguración, el último año nuevo, que se abrió en un amanecer frío de olor a pólvora. Las primeras horas de esa madrugada fueron un enchastre, una irresponsabilidad discursiva -esos contextos justifican el decir cualquier cosa. Ustedes se tiraban al piso en el río sólo para interrumpirle el paso a la gente y yo me reía a carcajadas; después te paraste de espaldas al sol y me mirabas de reojo de vez en cuando.
Tengo el recuerdo fragmentado, me acuerdo más de los trayectos de un lugar a otro que de los hechos que ocurrieron en cada lugar. Prefería desplazarme. Prefería que me desplazaras vos, manejabas mi auto con tanto cuidado... En la puerta de tu casa te dije lo mismo que hace una semana: Me muero de ganas de darte un beso. Y era verdad, me moría. El costo era todavía más alto en ese momento. Había una transgresión en juego, una imposibilidad concreta contra la cual no íbamos a ir (del todo) ninguno de los dos. Me quedó perfume tuyo en los ángulos del cuello, me quedaron las manos temblorosas, pero no había habido crimen ni falta.
Volví a casa como volando. El año que empezaba era una promesa en palabras tuyas afirmada en gestos; un viaje que me iba a animar a hacer. Y me animé. El problema fue que quedé como queda cualquier viajero: sin la posibilidad de volver a casa (ni aún volviendo...) ni de llegar a ningún lado.
¿A quién le habrás mentido un beso hoy que no estuviste en ese patio para festejar el aniversario?
26 de diciembre de 2007
la secuencia con Horacio
El fin de semana anterior habíamos conocido a un artesano que llevaba las uñas sucias, varios metros de alambre rojo y otros más de discurso contradictorio. Sostenía el alambre entre los dedos mientras que con la derecha manipulaba la pinza que lo torcía y mechaba apología de la marihuana con ideas musulmanas sobre el rol femenino.
Yo estaba agotada, esa tarde. Agotada de retener todas las cosas que nunca puedo enunciar ni descontracturar cuando discuto, y venía de casa con una lona y el termo lleno dispuesta a inyectarme aire a la fuerza. La había llamado a Anya con la voz tensa preguntándole en dónde estaba. En el río. Voy para allá. Llegué, pasé por encima del tronco que separa el asfalto del pasto como primer anticipo del abismo y los pulmones ya estaban hinchados, circulaba por mis piernas una sangre nueva, más liviana, que a veces atina a hacerme correr y siempre falla pero por lo menos atina. Cuando llego al río siempre me surge fijarme cómo la tierra es minoría. La pared de piedra resiste la orilla pero el agua nunca termina de ceder, más bien muerde (aún sin olas).
Anya me había dicho que me esperaba a la altura de la feria, llegando al faro pero más cerca del río, debajo de un árbol, lejos de la murga –pero desde acá la esucho. Eran coordenadas torcidas pero confié en mi intuición y en la habilidad que me generó la miopía para reconocer lenguajes corporales desde lejos. Caminé tratando que no se me notara estar buscando porque por alguna razón, buscar me da mucha vergüenza. Escuchaba la murga, había sorteado la feria antes de saltar el tronco, y estaba lleno de árboles pero había una sola persona sentada como se sentaría ella debajo de uno. Levantó un brazo, descreída de todos mis recursos para encontrarla. Y no sé si fue el termo o la bandera de Brasil abajo del brazo, pero algo atrajo al artesano de inmediato. A mí no me importaba que interrumpiera, de hecho era un alivio que me obligara a omitirle el relato de la discusión a Anya, pero tampoco tenía fuerzas para ningún tipo de cordialidad más allá de cebar mate u ofrecer cigarrillos. Por eso fue que no expresé desacuerdo cuando, ya instalado en nuestra lona, definió el ciclo menstrual como el eterno renovar de una amnesia. Las minas, cada veintiocho días, se olvidan de todo lo que aprendieron. Una teoría de mujeres menopáusicas como únicas memoriosas posibles. Hasta le sonreí, porque la verdadera incomprensión nunca se parece a la mala leche. Hay un cuerpo que atender, nos dijo después, y el suyo estaba todo menos atendido, pero tenía noción de las bases materiales sobre las cuales descansa el espíritu. Hubiera querido cambiar de tema para contarle que tenía ojos parecidos a los del papá de la persona a la que más amé en mi vida, pero le podía llegar a resultar incómodo o desconcertante.
Siguió hablando y hablando y hablando. Nos habló de sus parientes. A todos nos gusta hablar de nuestros parientes, desde chicos. Los chicos casi siempre se jactan de ellos. Mi tío trabaja en un lugar re importante y conoce a muchos famosos, por ejemplo. O mi prima es más grande que vos, como si tener más edad fuera un mérito. Y yo contesto: ¿sí? En vez de ¿qué carajo me importa? Pero lo que contaba el artesano me importaba. Su verborragia me mantenía protegida de la mía y podía sentir los gestos faciales que emitía como respuesta cada tanto, y estaba concentrada en eso y en los movimientos mecánicos para hacer girar la ronda del mate y volver a su lugar los vértices de la lona cuando se plegaban sobre sí mismos por el viento. Tenía una ampolla en la lengua por haberlos cuidado del mate del sonso y la estaba sufriendo porque las ampollas dan esos dolores persistentes, esos que siguen cantando presente y si uno se distrae y se olvida, un segundo después se encuentra raspándola contra el revés de los dientes para hacerla doler y recordarla. ¿Por qué? ¿Por qué esos instintos masoquistas en miniatura? Si raspás una ampolla contra los dientes, duele. Aprendé, no hay vuelta que darle. Pero no había forma.
Lo escuchaba a hablar a Horacio sobre la naturaleza y el pensamiento musulmán y todo era hermosamente disonante. Y la veía a Anya discutiendo la disonancia y pensaba que ojalá pudiera compartir con ella mi forma de disfrutarla. No hay nada que decirle a Horacio, él encontró sus banderas. Y las agita y me hipnotiza el flameo. Mirá, mirá... Yo tengo descendencia árabe, por eso, aclaraba. En un momento no hizo falta explicarle nada, Anya se relajó y empezó a sonreírle más. Estábamos realmente conectadas con Horacio, con su historia, con sus parientes… Nos contó que vivía en Tigre, en el delta, que iba a tener una hija, Yumalay, y que era un viajero. Y era, eh.
Una semana después de ese domingo que conversamos con él, me llamó mi tía y me invitó a su casa en Tigre. Escuché desatenta las explicaciones de cómo llegar porque son indicaciones que me aburren tanto como las reglas de los juegos de mesa. Aparte desarrollé otro mecanismo compensatorio de una deficiencia (aparte del que genera la miopía): una poderosa intuición espacial rescata mi característica de colgada en todos los aspectos. Entonces yo iba a saber cómo llegar de cualquier forma, aún no habiendo ido antes.
El tren estaba hacinado y era una tarde de calor húmedo de esos cuyo peso siempre se acumula en las sienes. Me subí al tren entre los hombros y los brazos de tantos y dejé que me sostuvieran ellos en todas las curvas y frenazos. No me molestaba la transpiración de nadie porque me gustan los trenes cuando son un caldo agridulce de miles de tipos de personas. Y a la vieja con pinta de frígida medio que la apoya un morocho interesante –e interesado en apoyarla– pero no le importa porque el contexto lo justifica. Compartimos un tren mucho más que como compartimos un colectivo. Nos sentamos enfrentados mucho más cómodos que en los colectivos y nos miramos más a los ojos y un poco me calienta.
Llegamos al final del recorrido, me di vuelta para mirar por la ventana y cayó ese chorro de agua que se desliza por los vidrios a veces cuando el tren frena. En la otra fila de ventanas estaba el sol que se caía por entre los árboles, tachando la parábola que se le había ocurrido esa mañana en el río. La gente se dispersó rápido por los andenes… al final todos iban a lugares muy distintos. Se alejaron por la plaza, algunos, llenos de piernas largas como las de Papaíto y parecía la forma perfecta de cerrar una tarde y de poner el sol. Tenía una sensación natural de que era hora de volver a casa, de guardarnos todos, algunos por acá, otros por allá. Encontré la parada del colectivo que me tenía que tomar para completar el recorrido y me quedé ahí mirando cómo mi sombra se estiraba hasta la mitad de la avenida y cómo los autos la pisaban… y de repente me acordé de que acá vivía Horacio. En Tigre, me había dicho, ¿no? Sí, ¡sí! E hice algo bobo: sonreí, y después lo busqué, un ratito, entre la gente.
24 de diciembre de 2007
"Conceptual Incomprensible"
Así quedó el blog.
(A ver si se contagia el contenido, enhorabuena.)
