29 de agosto de 2008

stream (brotando desde la planta de un pie)

Mi pie en tus dos manos, lo que me costó delegártelo para que te lo quedaras un rato, cerrar los ojos, irme de viaje dejando un solo ancla y desde un solo puerto: mi pie en tus manos. Soñé que a la sirena se le reabsorbían las escamas y que de entre sus piernas nuevas salían veloces varias orugas, escarabajos y otros bichos… no se sabía bien qué bichos eran por esto de verlos huir tan rápido, anticipando el apocalipsis. Cuando ya no quedaba ninguno se desplegaron los pétalos, y después hojas y hojas que le llegaron hasta las rodillas. Tenías, con los dedos en la planta de mi pie, un poder para revolver por abajo de las costillas, un saber ciego haciéndose paso en el guiso de la anatomía. Entonces llegabas esquivando los pliegues sin salida ahí a donde se tapan con sangre las yagas. Está oscuro, acá adentro. Apagué la luz para esconder criaturas, pero vos entraste sigiloso por la planta de mi pie y una vez que estabas adentro se abrieron un momento las ventanas, cedió el aire viciado, circuló una corriente de otro aire exorcizando los predios, contándole qué ven a los espejos. Estaban los paisajes, las sábanas arrugadas, una ventana dibujándose violácea al ritmo en el que amanece, los elásticos vencidos, todas esas habitaciones llenas de espíritus inquilinos, la familia anterior a los inmigrantes, la sensación al tacto de una barba de un día, un andar rengo, el calor metálico de los radiadores eléctricos, el primer olor a verano de todos los veranos, estaba el llanto tan memorizado, y la ventana que se abrió hizo un efecto de vacío que lo expulsó todo hacia afuera: se iban los recuerdos con cara de El Guernica, se iban los muertos con un ojo en la nuca, con los lóbulos de las orejas en las fosas nasales, grises, metamorfosis infinita del muerto en vida ajena, templos llenos de cera de vela, sobre cera de otra vela, sobre cera de otra vela, y el polvo, los hongos, el musgo. Todo afuera. Seguían los ojos cerrados pero se me hacía agua la comisura de los párpados, sentía más frías esas últimas pestañas, y sabía que vos estabas atestiguando el éxodo de todas estas criaturas, con un pie mío en tus manos, y hacías el silencio del último luto. En el medio de la luz confusa de cuando amanece, se hizo una voz grave, lejos como mi pie, que me dijo “No tengas miedo”.

23 de agosto de 2008

fiona

El dragón se viene morfando a cuanto pibe se le acerca o con la espada torpe, o con el corazón fruncido, o con los huevos chicos, o simplemente distraído, o lento, lentísimo, o verde, verdísimo. Se los traga. Elige a cuál masticar bien y a cuál pasar entero por la garganta, por venenoso. Elige a cuál quemar con un soplido y verlo derretirse; a cuál destripar con una sola pezuña como quien le saca con el dedo índice las semillas a una uva, y la uva patinosa se resiste, y los órganos antes de ceder se aferran, mojados, a los conductos. Se ve que uno solo de ellos tenía el gusto de una cebolla cruda, porque mientras terminaba de pasarlo al esófago, se le cayeron un par de lágrimas. Se ve que otro era elástico y de goma como un chicle, porque se le pudría en la boca y aún así lo paseó un buen rato entre las muelas, casi le daña la lengua, los dientes y las encías… Hasta que glup. No llegaron ni a la fosa.
A la noche, cuando no sabe nadie, sube el dragón los cuatrocientos veintitrés escalones hasta la torre para que yo le de una palmadita en el hocico (Sit ahí. Good boy). Mueve la cola, se tira hinchado a los pies de la cama, y dormimos. Dormimos tranquilos.
El temita, más que salvarme de la jaula, va a ser salvarme del refugio.

17 de agosto de 2008

el choclo

La música empezó como invitando, de a poco, como envolviendo en un ciclo progresivo que cuando te dabas cuenta, ya estabas en el medio de la nota. El auto se movía como manejado por alguien que no fuera yo. Y sobre agua, o aceite. Se me repetían imágenes de hace unas horas: la puerta cerrándose sobre tu espalda, encima tuyo, mis ojos diciéndote andate, inyectados de un tinte espeso de furia, te los dirigía desde la sombra de mi cara, tenía toda la cara hacia abajo y los ojos desde esa sombra, fijos, andate, los barrotes de la reja cruzándonos la última conversación, la llave puesta y yo la sostenía, a punto de girarla, ya estabas del lado de la vereda, andate, te hubiera cagado a trompadas sin llorar ni una sola lágrima. Y después la música aflojaba, había estado tan arriba, con todos los instrumentos respondiéndose entre sí, y bajó, algunos hicieron silencio, quedó una melodía melancólica, cansada de la música anterior. Vinieron imágenes tan distintas: Era un tango como éste el que bailábamos cuando yo te abría las pestañas de par en par y también te miraba desde una sombra, pero la de tu cuerpo llevándome por música parecida a esta, la de El Choclo. Era una hipnosis, el gesto atascado en la sonrisa que dolía, ya, de tanto tenerla puesta. Vi mi propio gesto, qué aberrante. Qué cosa más artificiosa, más construida y mentirosa que ver el propio gesto, pero lo vi: los ojos entregados, el gesto abandonado en una expresión imbécil de encantamiento. Imbécil, se podía caer la baba. Y me vi ínfima. Pulgarcita. En la sombra de mi ropa, tan oscura, la postura en un nudo de codos cruzados con rodillas, enroscada como un gato al pie de una chimenea, pero al pie de tu perímetro, con el cuerpo tenso que tiene frío pero sabe que si se queda un rato, va a empezar a dar el calor del fuego, y es cuestión de aguantar el frío un toque. Esperé tanto: dos inviernos. El gato está electrizado, las uñas clavadas en la alfombra, el cuerpo arqueado, agazapado, listo, y los ojos brillando desde la sombra del fuego que no vino, inyectados de un tinte espeso de furia, andate, es la última vez que te lo digo. Dos vueltas de llave.

7 de agosto de 2008

luz mala

Unos minutos antes de que amanezca llega un rumor del alba.

Como si empezara a correr un aire que desparrama alcohol etílico por la sangre; un aire que todavía no es blanco, pero que viene de otro pueblo en donde ya es de día. Será que los rayos resuenan por debajo del horizonte y dibujan mil ángulos sobre una mitad de la esfera. Será que vienen a expiar la noche o a abrir camino y es un poco anticipado, pero uno ya sabe que viene el sol, el que redime.

Vos, en cambio, sos como la luz mala: Está la noche, y sin previo aviso una luz cruza el campo abierto, lo desgarra, y se va. Después resulta que fue un fosforecer de los cadáveres.

¿Cuándo era que volvía el sol?

4 de agosto de 2008

¿Qué pasa si efectivamente alrededor de los treinta o los treinta y uno el hijo de puta deshace las valijas y planta una huerta para tener zanahorias frescas a la hora de cocinar? Y cocina, cocina rico y sonríe. ¿Qué hago? Me dijeron que no, que no va a pasar. Me hice un mate para bajar la afirmación a atragantadas calientes, como las que le pegaba a él para convencerlo de la idea de la huerta –pero ahora, y conmigo. Me dijeron que no somos etapas, que somos procesos, que no nos podemos saltear el arado y un día despertar de un sueño delirante y arrancar de la tierra zanahorias maduras y brillantes de tan naranjas. Lloré un rato en el jardín solo y seco; era febrero. Me alejé de la estación dejándome atraer desde otro polo. Me desperté en otro país, como de un sueño delirante, y ahí tiré de las raíces. Eran zanahorias que no eran mías. Recordé el tono rotundo de Euge, apenas arrogante (me encanta): que somos proceso, no etapas, y volví a casa, cabizbaja, al jardín de vuelta, ya era marzo, a arar, se largó a llover y la tierra revuelta se fue humedeciendo.

1 de agosto de 2008

de sangre

Un "stream" para Clari, luz hermana y luz foránea en-y-a mi alma, una guerrera.

“Son cosas de la tierra y la sangre que supongo que todo el mundo entiende”, dijo con la voz quebrada y acento cubano, y me tenía agarrada de los órganos. ¿Pero entiendo? A ver: volver al cuerpo. Hacerlo callar, hacerlo esperar; tenerlo rígido y ablandarle los músculos a suspiros; llevarlo al río, a las orillas, sentarlo quieto y reconocer las extremidades: “Hasta acá llegan”, dijo Anya mirándose los brazos y las piernas, sentada al borde de la tierra rota. Le andaba doliendo el vuelo. Se acercó a nuestro mate una criatura de las islas, reptando por sobre el nivel del piso. Mostró sus dibujos y nos miraba como quien mira a otra especie sin demasiado interés. “La libertad pesa”, dijo con voz humilde, y terminó el mate haciéndolo sonar a rana. Nosotras que pensábamos que lo que pesaba era el encierro, y que por eso habíamos ido al río... Hasta acá la tierra.

No: del otro lado del río vive Martín, en las islas; parece como si cuando oscurece se fuera nadando al encuentro de un hijo que lo espera en la puerta de la casa descalzo, a pesar del frío, y le cuenta algo que descubrió sobre un bichito: un secreto. Un secreto de la tierra que sólo saben los insectos y todo lo que croa o hace ruido cuando se derrite el cemento, se apaga el hechizo de la civilización, y el agua insiste, a golpes, sobre la orilla, insiste, declara que sigue siendo la que muerde la tierra y no la tierra la que muerde ningún vacío, ningún abismo, ningún espacio. El hijo de Martín se pasó la tarde mirando fijo a una araña mientras cazaba siguiendo el dictado del centro de su cuerpo, el impulso de la entraña sobre el telar, la verdad del hambre. Por sobre la muerte de cualquier mosca torpe que haya quedado pegada, la verdad del hambre. Cuando nos olvidamos del cuerpo la libertad se volvió amenaza, es que las certezas las llevábamos adentro y las desoímos. Un tiempo después nos olvidamos de Martín y nos fuimos a escuchar tango. No pesaba nada, ni siquiera el viaje en colectivo, porque ahí se nos reveló que eso que llevábamos con la vergüenza de quien tiene muñones, eso, no era más que las manos enteras, y que de vuelta las sabíamos usar y nos acordamos de que con esa mano tocábamos el tango, la flauta traversa, y estrenamos besos de otras lenguas en idiomas que no sabíamos que hablábamos, nosotras, las de antes, las del primer momento, cuando Anya me enseñó el uso de la “q”, y las de ahora, etéreas de tanto desdoblarnos en para atrás y para adelante. Una euforia. Esto recién empieza. Ahí seguía sonando, Astor, sobre el escenario, dos músicos en cuatro ojos enamorados cada uno del otro par, y estábamos enteras y en carne viva. Carne viva de nuestro tango, y después se sumó la guitarra, la chacarera daba ganas de llorar, carajo, me hubiera ido directo al escenario a abrazarlos a todos o a romper a golpes la guitarra, romperla contra el piso de amor, romper la flauta a golpes contra el piano, gritarles la puta madre me perforaron, me perforaron a chacarera. Sí, entiendo. Cosas de la tierra y la sangre que yo también entiendo.

21 de julio de 2008

salada

Hicimos un viaje corto a la playa y cuando llegamos primero fue olor a pino y a eucaliptos, y después a arena mojada y a pieles dulces en los hombros y saladas en los tobillos. El yodo había fabricado olas de Nesquik. Dormimos siestas largas con las puertas del balcón abiertas. Algunas siestas en cucharita, otras en cuartos diferentes. Yo iba y venía por la casa, asegurándome que estuvieras bien, que no te despertaran, que estuvieras tapado. Caía un sol atrasado que desconcertaba la noción del tiempo. En el bosque, apenas el día se decidía a desangrarse en sombras espesas, los murciélagos empezaban a rotar posiciones en los árboles y chillaban agudo. Hubo que acostumbrarse a ese sonido y a otra almohada.
Los chicos jugaron al fútbol en la calle de tierra todo el fin de semana. Yo era feliz mirándolos jugar. Desplegaba una lona en el pasto, me sacaba las ojotas y me sentaba al lado del termo a sonreírles y festejarles los pases. Tenía esa vocación, la de festejar las cosas de los otros. Estaba satisfecha haciéndolos sentir orgullosos y entendía esa forma de seducción como infalible, un olear de pases, sonrisas, centros y pestañas. Ser porrista.
En algún momento de la tarde del sábado, un poco después de que volvimos de la playa, se largó a llover. Cayó esa lluvia de mar que se acepta con benevolencia y apuntando la nariz al cielo. Cerré los ojos, abrí la boca y saqué la lengua para jugar ese juego antiguo de tomar la lluvia. Los chicos entraron la pelota a la cocina y nos quedamos abajo del techo del quincho, todos sentados en el piso y en silencio, mirando el pasto fosforecer y oliendo todo: Arena, los árboles, todo estaba amplificado por la lente y la humedad del agua de lluvia salada, y era hipnótico. Nos quedamos bajo techo, en la ronda de mate que era lo único de contacto entre la hipnosis de cada uno.
Cuando empezó a oscurecer entramos. Quedaron las toallas hechas un bollo en la entrada, ojotas con arena al lado de la puerta y algunos se quedaron jugando al truco en la mesa de madera. Ya empezaban a sacar cervezas de la heladera; prendieron la lámpara de la cocina y empezaron a prenderse también las caras rojas de sol. Yo sentía la piel caliente, todavía. Subí las escaleras y te escuché cantar desde la ducha. Toqué la puerta, me dijiste que pasara, entré y me sonreíste desde abajo del agua y a través del vidrio de la mampara; te sonreí yo también, mientras metía una pierna y otra en la bañadera. En la ducha los besos y los cuellos tenían un gusto a agua y apenitas a jabón y la sal iba cediendo y la piel claudicando el ardor del sol por algún otro.
Esa noche fue un lapsus dentro del fin de semana, no tuvo el ritmo temporal flexible de la playa, ni los perfumes. Parecía Buenos Aires adentro del boliche. O todavía peor: yo parecía de otro barrio, de otra ciudad, de otra playa. Me mantuve en los márgenes de más sombras, buscando ojos para mirar fijo. Él no paraba de esquivarme la mirada. Me fui del boliche, te mandé a devolver el sweater que me habías pedido que te guardara en la cartera y salí sola.
Bastante más tarde se impuso una luz gris de alba lluviosa como la tarde anterior. A esa hora volví a la casa; no estaba segura de recordar el camino pero de alguna forma llegué. Los dos habíamos estado en los besos de otro, esa noche; lo dos lo habíamos admitido de antemano y nos habíamos lastimado a propósito avisándolo. Yo llegué primero a casa porque hubiese preferido quedarme con vos desde el primer momento, no tener que vengar tu rechazo en la boca de nadie ni volver caminando sola, y tenía la ilusión de llegar y encontrarte esperándome.
Me acosté en una cama que dejé vacía a medias y me dormí para evitar la ansiedad de esperarlo despierta. Media hora más tarde me despertó el ruido de la puerta de entrada y me quedé quieta para escuchar a dónde iban los pasos. Vinieron. Entró al cuarto despacio, se me acercó, terminó de llenar la cama y me dio besos en toda la cara. “Estás salada”. Él tenía gusto a Fernet. “¿Con quién estuviste?”, me preguntó, simulando una escena de celos igual de grande que la que yo me callé, por verdadera.
Cuando se durmió lloré bajito y jugué a atrapar algunas lágrimas con la lengua por la misma razón por la cual a la tarde me había tragado gotas de lluvia: porque hay cosas que se aceptan con la benevolencia de la lengua y porque nunca se agota la intriga del gusto del agua.

14 de julio de 2008

mitad pez

"When I was a kid, I thought I was. I can't believe I'm crying already. Sometimes I think people don't understand how lonely it is to be a kid, like you don't matter. So, I'm eight, and I have these toys, these dolls. My favorite is this ugly girl doll who I call Clementine, and I keep yelling at her, "You can't be ugly! Be pretty!" It's weird, like if I can transform her, I would magically change, too."


El piso damero de mi casa parecía un tablero de ajedrez dos veces, en el reflejo del espejo grande del pasillo. Ese espejo, ahora que pienso, siempre fue un espejo grande de pasillo en todas las casas en las que vivió. Y me pregunto si será parte de la identidad del espejo o sólo del criterio de mis padres. (El público votaría la opción “identidad del espejo”. Perfecto. Yo estoy de acuerdo.)
Me solía sentar sobre el tablero duplicado, mirándome de frente, e inmediatamente era las dos filas de peones en guerra. Insistía en ensayar distintos gestos para que alguno me convenciera, ganar el partido y replegarme: Ser una sola; ser ninguna guerra… Pero no había hueco estratégico para lograr el jaque mate y el espejo hacía un movimiento –después de horas de pulseada– irrefutable.
La navidad que me regalaron el disfraz de la sirenita me lo puse apurada, corrí al espejo del vestidor del cuarto de mi abuela –ese sí que era un espejo enorme, era directamente una pared– y cuando me encontré, no sólo no era una sirenita linda, ni siquiera era una sirena. La cola de pez era celeste en vez de verde, y no me llegaba hasta los tobillos, como hubiera querido, asomaban rodillas humanas, bizcas, y arriba de los ojos de decepción, mil rulos castaños se olvidaron de parecerse al pelirrojo del imaginario. Ahí estábamos, mitad pez, mitad humana, mitad partida.
Me sigo escapando con toda la fila de peones por alguno de los márgenes del tablero, y me pregunto cómo será el placer triunfal en el que se regocija la sirena fallida del otro lado del reflejo.

17 de junio de 2008

Pitia

Ojalá fuera algo nítido como una voz con su timbre y entonación específica. Las voces son extensiones sonoras de una entidad certera. No, entonces no es una voz. Ojalá alcanzara con nombrar “sensación” a la brújula que dibuja el mamarracho de uno y mil caminos potenciales.
Entonces bosquejo la hipótesis que empieza por descartar cualquier tipo de linealidad. Temporal, sobre todo, pero también espacial: todo menos un camino, todo menos una entidad, mucho menos una identidad. Los puntos cardinales giran como una ruleta rusa alrededor de la aguja fija que me mira y me guiña un resplandecer metálico.
En busca de indicios, recurro a un oráculo que se vuelve un auxilio, apenas un salvavidas que me distrae de la incertidumbre con su ejercicio de decodificación. Hay rompecabezas, acertijos y metáforas, pero ninguna cosa absoluta como un monosílabo rotundo. Hasta que por fin algo en el pecho se expande en el abrazo de alguien que amo. Habla el cuerpo, sin timbre, sin entonación, sólo dice el gesto de expandirse, y confirma la hipótesis demostrando que si uno, en el contacto de un abrazo, se expande más allá de su propio cuerpo, entonces no hay linealidad posible. Y cuando visito el espacio que está más allá de mi contorno, del perímetro de mi sombra, me encuentro con lo abrumador de las certezas que dominan ese espacio. Allá en la luna, en la memoria que fluye como savia pegajosa de cualquier árbol genealógico, habitan ellas y una bandera equivocada. Algo permanente descansa al costado de las vidas, a espaldas de las muertes, algo inmortal e inequívoco duerme justo en donde al vacío se le escapa un pedacito roto de materia que orbita en círculos sobre círculos, sobre círculos, sobre círculos, para asegurarse que siempre haya algo que se nos escape, de tanto girar.
Giro, yo también: de la brújula al oráculo, del oráculo al abrazo, y del abrazo a la brújula. El cuerpo no conoce más que gestos y tiene el dolor de un recuerdo vago: el de haber nacido, el de haber sido nombrado y circunscrito a los límites de un cuerpo que ni siquiera se forma a mi antojo.
Cuando me pierdo, no es más que el resentimiento de que inevitablemente tanto el amor como los ciclos me van a sobrevivir, y por eso no puedo descifrarlos.

5 de junio de 2008

manuel, un petit Taureau

– No, en esta mesa no voy a dejar tinta china porque Manuel está hablando.
Y se fue, sin más, con el tarrito de tinta china encanutado entre los dedos llenos de anillos.
– Sos un tonto, Manuel, ahora nos quedamos sin azul –le dijo Lourdes frunciendo el ceñito y acusándolo a punta de pincel.
Manu se quedó callado. Pasaron como cinco minutos y la maestra no volvía. Seguía paseándose entre las otras mesas, volcando ese azul índigo profundo y denso en todas las otras hueveras de plástico, y por la nuestra nada. Entonces todos resoplaban cada vez más seguido y cada vez más dirigiendo el resoplido a Manuel, que seguía en silencio.
Lo miré a los ojos, a esos ojitos eléctricos de despiertos y de nuevos que andaban fijos en la huevera de plástico vacía para esquivar las miradas de sus compañeros, y le pregunté:
– ¿Te sentís culpable?
Movió la cabeza, como diciendo un no mentiroso y dijo: “Nah”. Después subió los ojos de la huevera al ventilador de techo y agergó:
– Tengo ganas de tirar el ventilador.

23 de mayo de 2008

de maravillas sin oxígeno

Alice was beginning to get very tired of sitting by her sister on the bank and of having nothing to do: once or twice she had peeped into the book her sister was reading, but it had no pictures or conversations in it, "and what is the use of a book," thought Alice, "without pictures or conversations?"


Llovía gente, gente de caras pintadas y los ojos desencajados, jugando a un *noletemoalridículo* ya trillado, pero los dejé convencerme. Es que pervive mi gusto por el cine infantil igual que perviven en mí las caracterizaciones exacerbadas de buenos y malos, y reyes, y soldados. Había un personaje neptuniano, uno con el que yo de chica me hubiera sentido identificada –y de grande también, pero no me animo a confesarlo. Y esta mujer neptuniana soñaba sueños indescifrables y golpeaba desde adentro de la cúpula de cristal donde se extendía su sueño para pedir ayuda a alguien de afuera, a un marido mundano a kilómetros de cama.

Y yo desde este frasco en donde rigen normas que permiten certezas como las medievales, normas morales, o fantasiosas, que exacerban los caracteres hasta el arquetipo –los malos, los tontos, los heterosexuales, las orugas, las damas, los drogadictos, el amor, los uruguayos– golpeo y a través del vidrio pido que alguien agarre el martillito, que es caso de emergencia, y rompa. Rompa y diga: Quedate tranquila, no existen esas cosas.

17 de mayo de 2008

eucaristía

Hacía un calor tremendo, ¿no? Estaba descalza y el piso del balcón quemaba; Karin puso el puf afuera e hizo el mate y compró facturas mientras yo dormía con el jean y el maquillaje puestos. Cuando me desperté me terminó de caer la ficha de lo acertada que había sido la decisión de irme a dormir a su casa. ¿Viste? No cualquiera te hace este desayuno. No, no cualquiera. Nadie, de hecho. Ni mamá, ya. Nos hundimos en el puf con el solcito de sábado al mediodía –que siempre es lo mismo que sábado a la mañana– en la cara. Intercambiamos perspectivas de la fiesta a la que habíamos ido la noche anterior y editando hicimos una secuencia de lo que probablemente había pasando en realidad: Básicamente lo mismo que siempre; las fiestas no son eventos de contenido, son un marco que cobra sentido en cuanto se definen como tal, si más o menos quienes asisten cumplen con el protocolo de tomar, gritar, bailar y eventualmente armar un inesperado tiroteo de dardos o partido de fútbol en el jardín para que las cosas no paren nunca de parecerse a la época del secundario. A Maxi se le quedó el dardo clavado en la rodilla y sangró, pero era tan gracioso, nos reíamos tanto, que no podíamos ni ayudarlo a sacárselo. Acordándonos nos volvimos a reír. Después se hizo un silencio y nos quedamos así, con el río a la derecha encandilándonos el rabillo del ojo y el hipódromo del otro lado… Ese barrio es mi infancia (esa perspectiva del barrio más aún). La vista me llevaba de vuelta al cuarto del departamento que tenía una función indefinida y una biblioteca negra, alta, y yo no sabía que ahí había libros, además de lomos de libros. Una vez entré y lo descubrí sacando las golosinas de uno de los estantes, justo antes del momento diario de la magia que hacía para que cuando nos destapáramos los ojos después de la orden, aparecieran las golosinas en frente nuestro. Era arte de magia en tanto y en cuanto no nos cuestionáramos la lógica que regía las bambalinas del artilugio. Y no lo hacíamos. Hasta que una noche lo vi sacarlas del estante. Pareció como si todo el polvo de hadas que flota y resplandece se desparramara por el piso y después pasara una escoba a paso frenético. No por entender que las golosinas no aparecían por teletransportación desde el kiosco a mi almohada; eso estaba claro porque por algo el truco requería que nos tapáramos los ojos… Pero verlo sacarlas del estante… Desde el balcón se me ocurrió que él había empezado a morirse esa vez, no después, pero supuse que eran elucubraciones de psicoanálisis de bolsillo, de esas que en definitiva siempre auxilian un corazoncito cansado que hace preguntas. Y Karin, que estaba en silencio escuchando las mismas preguntas, pero las suyas, se animó a decir algunas en voz alta y nos quedamos compartiendo el mate con el alivio de que igual nos sabemos reír y existen las medialunas. Aparte los árboles genealógicos se moldean como plastilina cuando el otoño no para. ¿Ves?, yo me hice una hermana alemana. Este desayuno es un lujo. Uno nunca es huérfano mientras lo apadrina el solcito de sábado al mediodía quemando los pies y la cara, y sobrevive alguna perspectiva del barrio de la infancia, con la parroquia en donde se tomó la primera y última comunión. Después de tanta muerte preferimos cambiar el cuerpo de Cristo por las bolas de fraile –para no salirnos enteramente del rubro– y sabemos que es negocio.

13 de mayo de 2008

Prólogo

Liniers titula su blog “Cosas que te pasan si estás vivo”. Frente al dibujo somos un público con un factor común medio obvio: estamos vivos. Y llegamos ahí con el deseo de ser espectadores de algo –o alguien– que lo exprese. Quizás porque es un alivio la sensación de “tal cual, a mí también me pasa”. El arte nos “desaliena”, nos detiene y nos hunde en las cosas que nos acostumbramos a pasar por alto, nos propone universos alternativos y revela éste. Nos devuelve a Babel: al idioma común y único que son las cosas que nos pasan por estar vivos. Unjotasch saca punta y así de afilada, nos propone sus “cositas” que funcionan como un bisturí dispuesto a encontrar algo adentro nuestro, algo que está casi en la fisiología de todos. Uno esboza una sonrisa inevitable producida por la identificación y porque su trazo es un doble filo de ternura infantil combinada con la profundidad de quien sabe observar hondo. La paleta es un cajón desordenado en el que guarda lápices Faber-Castell nuevos, Crayola de los que tienen olor a frutas o a chicle, la Mac adorada, una birome Bic bien criolla y algunas palabras: las justas (lo bueno, si breve, dos veces bueno). Son varias y eclécticas las herramientas de las que dispone para concentrar varios planos de significado en una sola “cosita”. Y les decimos “cositas” porque una definición más exacta sería atroz. No son más –ni menos– que cosas que nos pasan por estar vivos, por ser nenes, grandes, mujeres, terrestres, huérfanos, viajeros, sensibles, humanos. Simplemente. ¿Simplemente? Seh, simplemente.

3 de mayo de 2008

flora y fauna

Hay como un nido cálido, a la altura de la boca del estómago, donde parece como si brotaran borbojos, cientos de crías resultando de una sola y sucia mamá borbojo, y después reptando por las paredes de los órganos, pero sobre todo quedándose en el estómago. Tener cientos de crías de borbojos, y crías de sus crías, y cada una de sus seis patas adentro del cuerpo de uno. Y en la garganta, con el ir y venir de la saliva, gestar una araña mediana con sus ocho patas que no sé si tejen o si se acarician apenas contra los hilos y la campanilla. Se estiran por turnos, sus patas, sólo algunas –las delanteras– se estiran mucho más allá del abdomen desde el que comanda el tejido; y a medida que van y vuelven, la araña rebota apenas en un solo movimiento ovalado de ida y vuelta hacia arriba y hacia abajo que atraganta. Pero cuando tosés se aferra. Supongo que la araña entiende más cosas que las que yo puedo suponer, que un mandato externo y certero le dicta la fórmula inequívoca para cerrar cada nudo de la red resultando un entramado que permite el paso del aire a través de la tráquea y hacia fuera o desde afuera y hacia los pulmones, un entramado que incluso permite el paso del humo, doble mano, pero nada de ninguna otra cosa. Ni café, porque los borbojos no lo soportarían. Tener en la lengua ampollas, y plantas, hortensias, que cuando era chica me hacían acordar tanto a mi nombre. Tener, en el culo, frío, por estar sentado en el banco de la parada de colectivo y que a los borbojos no les guste el frío entonces corrancorran en círculos con todas las patas. La araña no se queja, porque ahí va, ahí pasa el humo. Y si lo que no pasa es el bondi, mejor: más tiempo para hacer nudos, bailar tejiendo, atragantar con sus hilos. No sea cosa de que después entre alguna mosca, se haga camino a través de un punto ciego de la telaraña y encuentre forma de alcanzar el estómago, para comerse varias de las crías y después revolotear borracha de burbujas chocándose contra los ejércitos de borbojos y las paredes averiadas. Tener, sobre todo, el problema de tener que disimular, incluso en las fiestas de disfraces, el ser hábitat de toda esa flora y fauna. Fumar con la espalda erguida, como si al humo no le costara la telaraña. Comer con la boca cerrada, dormir con un pelotudo. Todo como si uno fuera una sola especie.

2 de mayo de 2008

disposiciones

Está -lo que se llama- refrito.
Hay una especie de segundo capítulo que es nuevo.


I

En una calecita húmeda y tibia,
un monstruito trataba de atrapar la sortija con dedos nuevos,
jugaba a saltar la soga atada al ombligo,
o giraba y daba vueltas carnero.

Mientras tanto, en el cielo, un móvil de planetas
se debatía posiciones girando, también.
Formaban fila y se delineaneaban
hasta que Venus se instaló primero a marcar posiciones.
“Piscis –dijo– acá me quedo”.

Adentro, más adentro, mucho más adentro,
en otro sistema circular y multidimensional,
una cadena estaba sellando todos sus eslabones
después de haber alternado en una ruleta que detuvo el azar,
en un determinado o injustificado momento.

Una vez que estaba todo listo, las rodillas se abrieron
dejando entrar un sol blanquísimo,
un sol que la mudó de océano.
Lloró, al principio.

Cuatro años después –casi todas las cartas dadas vuelta–,
la nena caminaba por Florida,
encantada por la música que salía de una pianola.
El hombre que la tocaba tenía una paloma en el hombro derecho.
Ella se acercó de la mano de su tía
y el hombre ofreció un augurio a cambio de una moneda.

La predicción estaba escrita en papel, a mano,
yacía en el fondo de un frasco
junto a muchas otras predicciones ajenas.

La paloma metió la cabeza en el frasco
y, con su pico, supo encontrar la de la nena.
La tomó y se la dio al hombre haciendo un gesto serio de: “es ésta”.
El señor la desplegó entre sus dedos peludos,
miró a la nena, y se la leyó en voz alta:
“De grande vas a tener unos ojos hermosos.”
Y la tía le dio una moneda.


II

La predicción se fue delineando
a fuerza del efecto de hechizo
de esa primera sentencia.
Pero sobre todo a fuerza de sombras y contrastes.
Aprendió a dibujarse los ojos.

La nena denunció costuras rotas en el primer vestido blanco
y lloró el luto de que su papá no la fuera a despedir sobre una orilla.
En algún lugar indefinido
entre los moldes y la libertad
habrá quedado buscando,
la identidad que paga el desplazamiento en cada posta del medio camino.
La misma identidad que ella denunció
no conocer más que a través de bocetos en blanco y negro,
siempre a fuerza de sombras y contrastes.

Sí, fueron ojos hermosos.

Es que el papá llegó a decir sí y no
y después se cristalizó en el vértice
que lleva la vida a su más rotundo antónimo
y después la trae de nuevo,
desafiándola a una vuelta de tuerca que gira en ruleta rusa.

Fueron ojos con la ironía
que vuelve de lo melancólico.

Ojos polarizados,
con la transparencia de lo que ya se está oscureciendo
y le queda un último brillo para gritar la tarde y resplandecer las voces.
Ojos de lo que es indescifrable no por escondido
sino más bien por todo dicho pero en forma caótica.
Una mueca entre el llanto y las carcajadas:
las lagrimitas brillando mucho,
la nariz roja que se ríe…
Un gesto en el que se velan
justo cuando habían terminado de desvelarse.

Fueron ojos de gestos salvajes.

“Tiene los ojos del padre”:
el hechizo de renacimiento
que siempre termina volviendo a pasar por agua el luto.
Y otra costura que se rompe.
Otra posta que se paga sin que el camino se acerque a nada absoluto
y ya sin que la tía dé de sus monedas.

20 de abril de 2008

sucio

Tuvimos que tomar mucho alcohol para desdibujar lo radical del momento de volver a darnos un beso. En realidad yo tenía que anestesiar el dolor de que aceptar ese beso tacaño me significaba seguir negociando una entrega que va a ser siempre potencial y resignar la distancia que había clavado entre nosotros, por primera vez. Habías sentido, la distancia, ¿no? Me di cuenta de que sí porque unos días después de que volví a Buenos Aires me reclamó el haberme ido media hora a hablar por teléfono abajo de la lluvia, el único lugar al que no me iba a seguir nadie. Ese día me miró desde una ventana decepcionado porque se dio cuenta de que yo sinceramente no tenía ganas de que saliera al jardín ni de que estuviera en mi casa. Te vi, te vi partirte cuando te diste cuenta de que no te lo hacía a propósito, ni siquiera te lo hacía: lo hacía. Habías venido para participar de la bienvenida pero yo no había vuelto del viaje, en realidad. Tuve que tomar mucho alcohol para darme cuenta de que había vuelto, para desandar el camino, para saltear el hecho de que si te daba un beso no estaba revisando para nada si quería volver a donde estaba antes de irme. No lo quise revisar porque, casi un mes más tarde, en el momento en el que nos encontramos en la puerta del baño por casualidad y decidiste quedarte adentro, apagar la luz para invitarme, yo me sentía tan sola que no dudé absolutamente nada. Si hice una pausa fue para sentirle el gustito a la inminencia, eso es lo único bueno que recuperamos. El beso tuvo el encanto de ser contra la cara interna de la puerta de un baño, en una fiesta; el encanto de que todavía quedaba un poco del gusto de la inminencia, otro poco de alguna cosa dulce que me habría tomado, y olor a vos, que eso sí que lo había extrañado. Al rato todos esos encantos habían desaparecido un poco, pero seguíamos pegados, en un cuartito del fondo, al lado de un ténder y de la puerta de otro baño. Las voces de la fiesta estaban demasiado cerca, vos tan borracho y yo tan incómoda, apoyaba la frente en la pared y pensaba, pensaba, pensaba, pensaba en cómo no te dabas cuenta de que en vez de garchar yo estaba pensando con la cabeza apoyada en la pared, en absoluto silencio. Si no hablo, ahí tenés una pista de que no estoy en contacto; ya deberías saber, a esta altura. Pensaba en eso, en ese polvo tan mecánico, al lado del ténder y la ropa colgada, ya seca, pensaba en que no hay sexo tan sucio como el de mentir con el cuerpo, decir con el cuerpo la mentira de estar en contacto. Una mentira que sólo sobrevive a ojos de otros mentirosos de los que miden el acto de tocar desde afuera. Si el gesto fuera genuino, los límites del cuerpo se desdibujarían porque en la simbiosis desconocen los nuevos términos en los que se establecen los límites. No quedan partes, queda un todo chupable, un todo mojado en agua de quién, de cuál, de ninguno, nuestra, el accidente del placer en la verdad de resignarnos. Si el gesto fuera genuino no se quedaría en ningún lado quieta mi frente más que por un segundo, no iría a ningún lado mi cabeza como una burbuja de detergente, estaría clavada en la piel, en la piel desparramada por el piso o por las manos, las manos de cuál, de quién; la piel conservando sus pliegues sólo para rescatar la picardía de buscar con los dedos, con los ritmos, con esa dinámica de lucha o de danza que nos devuelve a la certeza de que para la identidad no hay momento más pleno que el de diferenciar y el de asimilar, consecutiva e intercaladamente: diferenciar y asimilar. Pensaba en que el hecho de escalar hasta este nivel de abstracción mientras garchábamos me daba la pauta de que lo estábamos haciendo pésimo y pensaba en que no quería más, no quería más ese sexo sucio que me iba a dejar enajenada, lejos mío y lejos de eso por lo cual no había vuelto de viaje en su momento, de eso que me había tenido abajo de la lluvia sin darme cuenta, con la frente en todas partes menos en las paredes.
Y pensar que unos días antes le había querido mandar una carta al hermano de Tamara diciéndole que reestablecer los parámetros y serle consecuente a los nuevos era una forma de no desandar el camino pero aparte era una forma de reconocimiento. Le quería hablar de militancia con inescrupulosidad adolescente, apostando siempre a que ese rasgo resulte simpático o inocente y que después se cargue de algo sexual por lo de ser la pendeja, la pendejita. Llegué a hacer un borrador: “Creo que la verdadera militancia coloca los pies sobre la tierra pero se encarga de que el corazón quede más alto y la cabeza todavía más, por ser la que coordina los pasos con los latidos. Que siempre haya sangre para que el cuerpo camine. Que siempre sean caminos que aceleren el pulso. Que la cabeza nunca tenga permiso para hechizarnos con olvidos que nos devuelven a donde uno estaba simplemente conforme. No si en el medio el puente que se atravesó fue el del alma y si lo que había del otro lado era una sensación de que al fin las cosas estaban en su lugar, sobre el cuerpo del otro. Cómo hago para pedirte eso y, más aún, cómo hago para no pedírtelo.” ¿En dónde quedó ese borrador? Digo: acá, entre las tapas duras del cuaderno que me regaló él (lo leo y me da vergüenza, siento que lo tendría que haber escrito a los quince años para poder justificarlo…) pero, ¿en dónde quedó? Lejos mío, seguramente, igual de lejos mío que quedé yo después de ponerme la remera, subir la tanga y el jean, que habían quedado arrugados a la altura de los tobillos, mover el ténder que habíamos puesto para trabar la puerta y volver a la fiesta a tratar de tomar un poco más de alcohol para seguir desdibujando lo radical de haber vuelto de Barcelona y de no poder volver a irme para allá.

14 de abril de 2008

a los seis


No me dieron el papel estelar de Merceditas ni el de Remedios de Escalada… por lo menos tampoco fui caballo blanco, pero me tocó sauce llorón. Y tenía un disfraz lúgubre de hojas que arrastraba por el piso del patio asomando del tronco ojitos de vergüenza. “¿No puedo ser jacarandá?” Era todavía más icónico a nivel patrio y seguía siendo árbol pero por lo menos no era llorón. La directora me contestó que no con una voz tan fruncida que ni necesitó despegar los labios.
Siempre tenía esa expresión: la boca cerrada en donde convergían un montón de arrugas y unos anteojos cuyo reflejo no me permitía saber si me hablaba a mí o no cuando me cruzaba en un pasillo y soltaba, al pasar, un “péinese, por favor”. Supe sin duda alguna que me estaba hablando a mí cuando se me acercó a pocos centímetros de la nariz entre bambalinas para decirme: “Deje de llorar, señorita; le tocó sauce llorón, su disfraz no es triste, y si no sale al escenario vamos a tener que llamar a la policía”.
Nos trataba de usted a todos aunque fuéramos petisos como gnomos, y cuando formábamos le decíamos al unísono: “Bue-nas tar-des se-ño-ra de Pin-to”. Pinto me hacía acordar al gallo Pinto, el que no pinta porque el que pinta es el pintor. Siempre, siempre que le decíamos señora de Pinto, asociaba con el gallo.
Sonaba tan sombrío ese ‘buenas tardes’, que una vez hasta ella nos pidió que descontracturáramos el saludo y descubrió que hacía falta más que un pedido para modificarlo, porque quisimos pero nos salió todo desordenado, se escuchó un murmullo polifónico por todo el patio y nos hizo volver inmediatamente a la forma anterior, la misma que nos enseñaron el primer día de primer grado. Yo tenía seis recién cumplidos, ese día, cumplidos con dos trencitas y tres deseos que seguro tuvieron que ver con mi papá, con que me cuidara, que estuviera bien, incluso una vez no estando. “Tomen distancia. Alineen sus cabezas con la del compañero de adelante. Firmes. Los brazos a los costados del cuerpo”, y sostener un silencio.
Ese año llevé al colegio una sirenita de plástico y pelo tan blanco como el de la señora de Pinto. La llevé para ostentarla entre mis amigas y después, está bien, prestarla. A todas les encantaba porque si le apretabas la espalda activabas algún botón escondido abajo de la piel con olor a zapatilla nueva de mi sirena y entonces cantaba. Tenía una voz de eco, como si efectivamente sonara desde abajo del agua. A la tarde mientras formábamos y veíamos la bandera levantarse sin asociarla todavía a próceres ni a sauces pero sobre todo sin asociarla a llantos, yo tenía la sirena agarrada entre mis dos manitos atrás de la espalda y me tenté, me tenté... Estaban todos en silencio simulando respeto y mi sirena con rulos blancos quería cantar, parecía como si me lo pidiera bajito. Entonces no aguanté, le apreté la espalda y cantó. Sonó por todos los rincones porque al eco con el que venía grabada su voz se le sumó el eco del patio; rebotó la música sobre la conmoción muda de las distintas filas de chicos que miraron hacia distintos costados sin saber de dónde salía. La bandera se quedó quieta un minuto porque el que la estaba izando frenó para darse vuelta y soltó una risita. Yo puse cara de accidente. Nadie me retó, que yo recuerde. Ni siquiera la señora de Pinto. Tampoco me hice del renombre suficiente como para que me tocara Merceditas en vez de sauce llorón ese agosto, pero la sirena volvió a casa orgullosa.

2 de abril de 2008

a tamara sobre cabildo y berlín

Bueno, simplemente hablé con la gestora y con varios titulares de cátedra de la carrera. Todos dicen cosas como “hay que ver” o “tendrías que…”. No sé por qué me sorprende, en realidad, porque era esperable que no fuera fácil.

A Clara todavía no le dije nada… Mamá lo intuye y a papá se lo tiré el domingo pasado, como quien no quiere la cosa, mientras él hacía el fuego para el asado. A papá siempre hay que hablarle de lo importante mientras realiza alguna actividad, porque eso le permite mantener la atención en uno simulando que está puesta en eso otro que está haciendo. Preferiblemente tiene que ser una actividad que él disfrute y que sea objetivamente útil. Lavar el auto, por ejemplo. Algo mecánico, algo que se realice de forma simple y sistemática… Pescar mojarritas, quietos, con los pies metidos en el río. Mira para adelante, con los ojos chinos de fijos, a ver si pica, a ver si aparecen onditas circulares alrededor de la tanza, en el agua inmóvil; pero en realidad se trata de que es su perfil el que sabe escucharte.
De chica pensaba que hubiera sido mejor ser varón para poder jugar con él a algún deporte que nos permitiera que la pelota se convirtiese en el canal de comunicación por excelencia. Papá responde monosílabos, la concentración en su tarea tiene que ser absolutamente creíble, a veces incluso sólo asiente. “Pá, me voy a seguir la carrera a Alemania (breve pausa). Qué bien que prende el carbón que compraste”. Eso fue mi mejor intento de ‘como quien no quiere la cosa’. Contestó: “Bueno, primero pensá bien si es lo que querés y no se lo digas a tu madre antes de estar segura”.

Esa misma noche mamá estaba con la voz quebrada y se pasó toda la cena proponiendo un diálogo nostálgico y sentimental, de esos de velas de fiesta de quince. Yo creo que papá no aguantó y le dijo. O que lo intuye. Mamá es como un hada disfrazada de señora y siempre tiene sus magias para adivinar lo que a uno le pasa.

Clara nada. Ni lo sospecha, ni lo percibe, ni se va a enterar por mí. Sobre todo porque se pasa todo el día hablando de Luca… que el pediatra esto, que el precio de los pañales… Clara, que antes no hablaba más que de varios hombres distintos a la vez, al fin habla de uno solo: Luca. Ni Gustavo figura. A Gustavo no le molesta, igual. Un poco por psicoanalista y otro poco por buenazo.

Hoy salí de lo de Pedro y Male, había pasado a visitarlos porque siempre me convidan unos mates cuando tengo que hacer tiempo entre el laburo y la facultad, y caminaba por Cabildo pensando en esa avenida y sus ritmos. Yo creo que ni en la calle Florida la gente camina tan rápido como cerca de Cabildo y Juramento… Parece un panal plano lleno de ofertas y vidrieras angostas, excepto cuando algo desentona.

Desentonó un señor, un viejito, caminando mil veces más despacio con la ayuda de un bastón. Tenía un saco de corderoy claro, un pañuelo en el cuello y un sombrero. Paseaba a paso lento un porte erguido, a pesar de la edad, y unos zapatos marrones, lindos y bien lustrados. Caballero bien porteño, como ya no se ven: un poco milonguero, un poco elegante, un poco putañero pero de los que no se les nota. Él caminaba en frente mío y bajé el ritmo para observarlo porque me dio ternura. En dirección opuesta venían dos mujeres, charlando fuerte y gesticulando con dificultad por el bótox, maniobrando para hacerse paso entre la multitud y mantenerse una al lado de la otra, de modo de poder seguir la conversación sin interrupciones. A una de las dos se le cayó el saco que tenía colgado de la cartera. La mujer lo pisó al paso siguiente
sin darse cuenta, con un taco alto, y quedó tirado en la vereda hecho un bollo de tela negra entre sus piernas. Entonces el señor paró el bastón, paró sus pasos y con un tono sereno y grave miró a la mujer y le avisó: “Disculpe, se le cayó la bombacha”. Estallé en carcajadas pero seguí caminando porque ni el tráfico peatonal ni un mínimo de sentido de la educación me permitían quedarme parada ahí para ver qué contestaba. Y me quedé pensando… en que no hay Cabildo en Berlín. Ni mate de Pedro y Male. Así que por ahora no le voy a decir nada a mamá, y la gestora que se tome su tiempo.

29 de marzo de 2008

la luna y alcauciles

La curandera escurre un trapo entre los dedos que de tanto escurrir quedaron un poco arrugados, sobre todo en las yemas, pero siguen siendo suaves. Cae un agua oscura. Después repasa la mesada de la cocina sin mirar, conoce las dimensiones del mueble de memoria. La vela está prendida detrás de ella y dibuja su sombra como la de una hechicera que vuelca hielo seco en un vaso, y luego agrega bigotes de gato y hojas secas. Pero en realidad, corriendo el juego de las sombras, simplemente está haciendo un jugo de alcauciles. Vuelve al cuarto contiguo y apoya el vaso frente al paciente que la mira como a una mamá, habiéndole entregado su salud con sumisión infantil. Le indica que se lo tome todo, el hígado va a sanar. Él lleva el vaso a la boca, ve con ojos bizcos cómo el líquido se precipita hacia su garganta tratando de no pasar por la lengua, para evitar el gusto amargo, y cuando al fin termina, descubre en el fondo redondo del vaso una luna llena, la misma luna que había estado manejando como a marionetas la marea que se fue por su garganta. Le devuelve el vaso vacío con un gesto de labios fruncidos que todavía contiene el gusto del jugo, pero lo soporta porque sabe que el hígado va a sanar. No quedan preguntas, el dormitorio es un solo silencio. Después de dejarle las monedas de oro, el paciente sale a la calle y descubre en el cielo una luna húmeda. La misma luna que le hizo el jugo con dos manos, que le sanó el hígado dos horas más tarde y que prescinde de ciencia, porque tiene memoria.

meant

Brad Holland
http://www.bradholland.net