21 de diciembre de 2008

preambulando

En la esquina el tiempo estaba clavado en una posición de sombras inalterable, seguía sonando el viento que él dijo que una vez grabó para demostrar que hace el mismo sonido que el del mar; en la esquina la noche parecía una maqueta, con el cartel de los nombres de las calles erguido y valiente, que trajera lo que trajera la noche barranca arriba desde el río, el cartel seguiría plantado.

Y de hecho subieron desde los márgenes del barrio ciertos personajes inexplicables, sobre todo dado el horario: pasó un negro cantando soul afónico en inglés y pareció ni verlos a ellos sentados sobre el cordón; también pasaron algunas parejas en bicicleta y un hombre de traje que parecía venir directo de la oficina, a las tres de la mañana. “Debería trabajar menos”, dijeron susurrando y riéndose bajito.

- ¿Sabés por qué no es igual que el mar? –preguntó ella; todavía susurrando para que fuera menos agresivo desafiarle la teoría de equivalencia sonora a un pianista.
- ¿Por qué?
- Porque en el mar no hay hojas que se raspen en círculos contra el asfalto.

En esas calles altas del barrio, lo que llegaba del viento violento que traía el este y que hasta hacía un rato los había estado golpeando y despeinando en la costanera del río, era apenas un vientito mareado que hacía girar hojas secas y se llevaba el humo de los cigarrillos, pero nada más.

- Tenés razón –contestó falsamente derrotado.
- Salvo, quizás, en Mar del Plata.

Cuánto puede durar el preámbulo de un beso, asumieron que se había ido de las bocas, más que de las manos, que se había alejado del objetivo distraído por las palabras que vuelan en vez de estampar como estampa la boca un beso.

- Tus ojos son dos mañanas juntas –dijo aspirando una de las “s” y tomándose de paso el alma de ella hasta el fondo blanco, sin fruncir el ceño ni hacer demasiado espectáculo al apoyar el vaso.

Ella se acordó de esos que sí hacían ruido con los vasos, de los rudos, y de cómo se iban sin pagar lo consumido, sin reconocer la calidad del trago ni del alma que digerían a duras penas, recordó sus duras penas, e imaginó la voz de un cantinero gritando desde el otro lado de la barra: “Mejor, que por culpa de los cowboys estamos quebrados”, y una señora insistiendo en simular juventud a fuerza de maquillaje mirándolo con ganas –porque si sirve el whisky es siempre guapo, pero sobre todo después del whisky.

No contestó nada; se preguntó, en silencio, a dónde la iría a llevar, él, con ese paso flojo y trayecto rumiante, él que anda grabando los sonidos del mar y del viento. “A cualquier pasillo oscuro”, contestó, como si le hubiera leído la mente, y finalmente le dio el beso. Y era verdad, a cualquier pasillo oscuro, a nublarle las mañanas con el ala de un sombrero.

10 de diciembre de 2008

luna nueva

Te plegás desde las extremidades hasta el ombligo
hasta ser un gesto neutro
y dejar de preguntar por mí, por la familia,
por la ciudad gris que se levanta orgullosa, todavía y con todo,
y yo miro y pienso que tiene más que ver con vos que con ningún otro porteño.

Allá tu puerta se volvió una arista con filo de espada
contra cualquier monstruo fascinante traído desde la infancia
que aparezca camino hacia un vaso de leche
–no vaya a ser cosa que te devuelva la imaginación.
Allá la puerta pesada de madera
te convirtió en una noche de verano densa,
calurosa,
negra,
fermentando en su estómago el pasto con olor a mojado,
secando los rastros de mi lengua,
desapareciendo mi hambre hasta la garganta,
los jazmines de navidad,
las intuiciones de tormenta,
el arrepentimiento de lo que no podríamos ser,
ni vos ni nadie,
porque son cosas de un alcance más ancho que tu sombra.

Andás arrastrando como si pesara,
esa sombra corta colgada de las clavículas y del cuello;
todo el eclipse es culpa de tu cuerpo
y yo en todo caso fosforecía desde algún ángulo por encima de tu hombro,
mínima y circular,
horriblemente blanca,
horriblemente menguante,
cada vez más,
hasta ser
un día
apenas
una uña

clavada al cielo,

la memoria queriendo evocar tu conciencia
incluso si tuviera que rasguñarlo todo y abrir el alcance como una luz mala.

2 de diciembre de 2008

que viva la reina (y que disfruten el taxi)

Apenas nos subimos al taxi nos pusimos a hacer cálculos de distancia y tiempo, tratando de hacer la ecuación que dibujara un recorrido perfecto para dejarnos a todas, cada una en la puerta de su casa. Pero las cuentas las tendríamos que haber hecho antes de subirnos al auto, porque una vez arriba nos dimos cuenta de que había que cortar alguno de los dos vértices del trayecto para que no fuera un chino. Yo u otra. Como si nos hubiésemos subido a un gomón agujereado que se empezó a llenar de agua y agua hasta que tres de las pasajeras empezaron a mirar fijo a la más gorda, como diciendo no nos hagas pedirte que te tires, tirate. “Está bien, yo me bajo en la avenida y me tomo un colectivo, estoy a cinco minutos desde esta altura”. La ventaja en semejantes casos de emergencia es que la gorda suele ser la gorda buena y por supuesto se tira de bomba sin que le pidan; piensa que se lo merece, de hecho. Así que de un momento a otro estaba en el medio de la avenida vacía, plateada como la madrugada, a los pies de un semáforo intermitente, a nado. Pero me resultaba interesante, siempre me siento reina de ese escenario, algo como el accidente de lo sórdido caminando en puntas de pie con los ojos y la mirada muy oscura. Cuando alguien se cruza de frente le busco los ojos como una perra y por las dudas ataco primero, cuando pueden reaccionar ya estoy a una cuadra, ¿qué pasó? Soy un turista que finge no serlo y para eso clava la mirada con confianza. Es que hace varios años estaba en la parada de un colectivo de una calle desierta, con un tipo con el que salía, y se acercó un borracho zigzagueando y haciendo pendular con su brazo una botella. Venía hacia nosotros deliberadamente y yo empecé a temblar despacito y a taparme el escote. Nos pidió monedas y él le dijo “No, pá, si te doy esto me quedo a gamba, y me tengo que ir a dormir para poder ir a laburar mañana”. El borracho bajó la guardia, dejó quieta la botella, todavía colgando del brazo ya caído y no tenso, y le dijo que todo bien. Se fue. Él me miró y me preguntó si había tenido miedo, sonriendo de costado. Admití que sí, era indisimulable. “Nadie le pega a nadie que es del palo”. Hubiera sido una excelente lección de no ser porque ese tipo me hirió de frente y de espalda a mí, que era del palo y encima lo quería, pero algo me quedó de esa moraleja: ya no arrastro la mirada por el cordón cuando la noche empieza a oler agria, a meo, a vino, a beso largo. De última todas esas cosas valen lo agrio.

29 de noviembre de 2008

mona queda

A Nicolás, de onda.

En un torrente de mensajes fragmentados que escribirías con dedos fríos pero apurados para no perder en la fricción de las teclas lo cruel del mensaje, me dijiste que confesara que estoy amurallada en un poema del que no puedo salir porque dentro de él un hombre me sostiene del talón. Sin más. Resumiendo con un revés lo genial a lo que aspiraba el mensaje de esta puta que se viste de seda para parecerse a la literatura y puta queda, mona queda. Yo no asesino nada sin despedirlo, ni siquiera concibo un suicidio sin el ritual de besos, mocos y cursilerías pertinentes en la parada del 5, dejando pasar uno y otro, a contramano de tu resistencia a que me quede. Mucho menos si se trata de asesinar la adolescencia y las cursilerías se vuelven más pertinentes. Me quedo, eh, amenaza, con un tono malevo que se parecería a la adultez si no tuviera conciencia de ser una amenaza. Incluso si me extiendo más allá de las estrofas, si las aplasto y dejo que se expandan en un bloque que no se excusa de deforme, incluso si logro rotar posiciones con el espejo y quedarme con un carácter justamente espectral que mira a los ojos a quien viene a buscarse, voy a seguir siendo yo multiplicada, yo en tu conciencia, vos preguntándote por qué aparezco en el ático sin tocar la puerta, desnuda, y me animo a abrir las piernas y chorrear lo que hubiera guardado en un diario íntimo para no dejarlo nunca ser desabrida mujer, por todo el peligro de monstruoso que eso implica. Quién no se habrá escondido nunca en el artilugio de algún efecto, o incluso en la confesión desde el yo que se conoce, ese que tiene debilidades que tenemos domesticadas, muecas, estas muecas hechas un fósil o un profesionalismo. Estoy amurallada en un poema no porque me sostenga nadie, sino por haber inventado la trampa hecha a la medida de mi talón, y no vive en ese fuerte ningún hombre, ninguna literatura, pero sobre todo ninguna puta. La puta te parió a vos.

12 de noviembre de 2008

luz

Si uno se dispone a esquivar el sueño se topa con un momento de la tarde en el que el día se convierte en una rueda sin momentos inaugurales ni ponientes. Cualquier derrame de luz, cualquier progreso de los brotes desde la tierra, cualquier anuncio de lluvia no es más secuencial que la música, ni menos, no importa el transcurrir como importa la sustancia de cualquier manifestación de vida, fosforeciendo en los ojos alucinantes del testigo que de tan cansado se olvidó de la propiedad íntegra de su carácter. Ningún carácter es íntegro sin dormir, pero se obtiene a cambio la revelación de ciertas cosas, la percepción casi táctil del amor, de la melancolía; y la temperatura desinflada de la muerte parece un alivio necesario, algo que sólo así de desquiciados de tranquilidad podríamos aceptar entregados. Me acuesto sobre la laja caliente del balcón, el aire cede, se aplasta sobre el asfalto y sobre mi panza una última vez antes de que la tierra se lo trague con el ceño fruncido, por lo amargo y espeso de su materia. El día vencido, ácido, la ciudad dispuesta a olvidarlo para poder oscurecer. Andarán los guardias cerrando las rejas de las plazas, andarán los fantasmas de las faroleras que murieron vírgenes de tanto enamorarse de coroneles transitando invisibles por el cobre que deja deslizar la electricidad cuadra a cuadra, nacen las lámparas en canon desde la ciudad hasta esta provincia ingenua. La identidad se va vaciando y crece la oportunidad de cualquier metamorfosis que me aleje de la condición humana que impele al sueño, que se somete a convenciones que dictan hasta las horas de la vida. Podría ser un bicho exento de pronósticos, inmune al miedo por incapaz de anticiparse a nada que esté más allá de la impresión de la luz en la retina que se quema sin queja. Podría ser una criatura exhibicionista de su piel escamosa por dejarse curtir con todo lo que raspa, podría dejarme envejecer sin ningún lamento, enterrar a mis referentes sin ningún arrepentimiento, ser desvergonzadamente fea. Sin embargo, en algún momento, esa empresa que parecía posible y ya empezaba a transformar extremidades en tentáculos se nubla porque los párpados caen, resisten, vuelven a caer, en cámara lenta, hasta sellarse. Cuando me despierte voy a tener forma humana y voy a salir a la calle caminando apurada, atravesando el espacio como si la luz fuera un accidente tan natural que se vuelve imperceptible o por lo menos vacío de hechizo.

4 de noviembre de 2008

como si Tamara siguiera lejos

Sé que soy inconstante con las cartas, a veces es inexplicable por qué es tan difícil escribir para el que viaja como para el que está quieto, en su casa. Supongo que en parte se trata de la falta de noticias, no puedo ofrecerte más que un paseo aleatorio por las nimiedades que me ocupan todos los días; contarte, por ejemplo, que finalmente ordené mi cuarto, más porque no encontraba los cigarrillos que por necesidad de orden.
Adopté el hábito de regar las dos plantas de mi balcón todos los días, descubrí que era eso lo que necesitaban para florecer (obvio, pero no por eso menos revelador). A la maceta más chiquita le salieron tres flores violetas con cara de agradecimiento. Tenemos una vecina que es ingeniera agrónoma y le da consejos a mamá sobre el jardín, y ya no me mira más con esa cara con la que me acusaba de negligencia antes, como diciendo: dale, son dos macetas, ¿cuánto te puede costar regarlas? La verdad que nada, Soledad, tenías razón. Pego la punta de la nariz a uno de los vidrios repartidos de la puerta del balcón y las miro, aparecen jazmines del aire, de a diez cada día, perfuman… será predecible pero pasa que alegra verlas crecer. Pasa. Pensé en ponerles nombre a las violetas, a los jazmines no porque son demasiados y me da la sensación de que se sienten más una cooperativa floral que un conjunto de muchos “cada un” jazmín. Las violetas son más orgullosas y aristócratas, así que les podría poner nombre y un par de apellidos. Le pedí a Luca que me sugiriera alguno.
Cuando Clara viene a visitarnos y duerme siestas en la hamaca paraguaya, Luca y yo jugamos a los mismos juegos que jugaba yo cuando era chica, sola, porque a Clara no le divertían. Yo creo que esas siestas son lo único que le permite a Clara realmente descansar, pero descansar de la mujer que es ahora. El gesto mientras duerme a la sombra del árbol rojo, es el único que le quedó parecido al que se le dibujaba en la cara cuando se disfrazaba de actriz tirándose todos los accesorios de mamá encima. Sólo le gustaba jugar a eso, si yo quería participar le tenía que sacar fotos o filmarla, y a veces lo hacía porque era un placer verla sonreír así, todo lo que veía mi lente era cómo me gustaría tener esa sonrisa, cómo me gustaría tener esa sonrisa. Ya no sonríe más así. Nunca, salvo cuando duerme en la hamaca paraguaya y nuestro jardín le devuelve la vanidad infantil a la que le alcanzaba con perlas y boas para sentirse perfecta. Era eso lo que yo admiraba, en realidad, a mí nunca un accesorio o una sonrisa me fue suficiente para ser digna de cámara, prefería otros juegos, juegos de observar cosas extrañas. Ayer, por ejemplo, Luca y yo montamos un circo de hormigas con pedazos de frutas alineados en formas y volteretas como los que hacía yo de chica: las hormiguitas hicieron filas de recolección y carga impecables, seguían los trayectos pautados obedientemente y parecían licenciadas en malabares; es asombroso cómo se organizan en los cruces, la prolijidad vial en las rotondas de migas de manzana.
A Luca no le pareció aburrido, se sentó con las piernas cruzadas y miró las hormiguitas marchando con la fijación incansable con la que se mira el fuego. Cuando Clara se despertó, le contó entusiasmado lo que habíamos hecho, pero ella todavía estaba malhumorada por haber tenido que despertarse, así que le prestó un oído de media atención y ningún interés. Luca terminó desistiendo de relatar la anécdota y cambió de tema: me dijo que cree que la violeta más alta se tiene que llamar Matilde. Estoy de acuerdo.
Sigo sin encontrar los cigarrillos, había cinco atados vacíos y ni rastros de tabaco en ningún lado.
Todavía lo extraño. Repaso los hechizos de distintas corrientes mágicas que me ayudan a mantenerlo chiquito, lejos y helado, pero de vez en cuando me quedo dormida leyendo, hecha un bollo a los pies de la cama, y cuando me despierto parece como si lo hubiera tenido encima, mordiéndome el cuerpo. Recupero el recuerdo intacto y el relieve de la cara, la mandíbula dura, la barba rala pinchándome el cuello y los hombros, la nariz en ese gesto altivo constante, pero sus ojos tan de otra alma –o de la única suya, vaya uno a saber en dónde la tiene enterrada– de un alma menos fiera. Siento como si realmente lo hubiera visto. Aprendí a vivir esos sueños como visitas o momentos en los que se me permite tocarlo sin que quede registro táctil que pueda ser usado en contra de mi sensibilidad, tarde o temprano. Extensiones de tiempo sin horizontalidad, temperaturas sin materia; por suerte la memoria de los sentidos nos da revanchas íntimas, más besos, a escondidas de la vigilia, de los que puedo darle.
Vuela un aire de verano por acá que me trae recuerdos de navidades y años nuevos de mi infancia. Durante cada una de mis primeras noches de año nuevo, el abuelo Jorge repetía la historia del hombre que fingió ser panadero para hacerse unos mangos y en la improvisación a la que lo obligó el afán de sostener la mentira, creó el pan dulce. Bueno, los primeros días de calor del año y el olor a jazmines me devuelven ese relato. Además de verdadera, me parecía linda la historia del panadero, me lo imaginaba joven y nervioso, con la mesada llena de harina, desesperado. Jamás habría aprobado el invento, me parece horrible, pero sé que no soy parámetro porque es el día de hoy que a las doce brindo con Coca, como Luca.
Es curioso que cuando era chica algo en mis ojitos parecía de anciana (mamá me empezó a decir Mafalda cuando tomé la primera (y última) comunión y de regalo pedí un globo terráqueo), pero ahora me quedé chica en un cuerpo al que le queda torpe la hamaca. Sólo Luca se da cuenta. En un momento, mientras desfilaban las hormigas, ayer, levantó la mirada y me preguntó “¿Vos no te casaste, tía?” Dije que no con la cabeza, entonces volvió la mirada a la fila de bichitos y dijo, como para sí: “Ah, todavía sos hija”. ¿Seremos hijos hasta ser padres? Gustavo me contó que cuando nació Luca él cortó el cordón umbilical, se lo dio a Clara y ella lo apretó contra sus lágrimas y le dijo “My baby boy!”. Le salió hablarle en inglés, como nos hablaba mamá. ¿Seremos hijas hasta ser nuestras madres, entonces? Yo creo que Gustavo quiere creer que no, conociendo a mamá, y yo quiero creer lo mismo. Pero algo sale de la panza y de los lagrimales en el momento del hacer nacer, imagino, que es irreversible; algo de la memoria en sombras de nuestras lunas nuevas se debe iluminar. “My baby boy”, llorando, igual que como lloraba Luca al mismo tiempo: el llanto pelado de que la vida te descubra desnudo y te de un par de palmaditas para señalar: Mirá, el mundo; mirá, tu hijo, your baby boy, y ningún otro llanto es más genuino que esos dos, ni siquiera el de la muerte. Estoy segura.

23 de octubre de 2008

frozen walt

Es inútil resistírsele al día, al cuerpo, a la vigilia, no sirve dejar que las cosas se derrumben mientras se practica la evasión mediante siestas agónicas: igual no se restablece el sueño Disneylandia con el que me enseñaron la moral. Igual duele. “¿Y los estímulos, y las motivaciones?”, le pregunté amaneciendo de esas siestas en plena noche cerrada, consiente de que el absurdo me había dejado sin religión y sin infancia. “Habrá que creer en algo, por lo menos en Woody Allen”. Entonces la cuestión de crecer era tan lineal como parecía: Cambiar a Walt por Woody, estar expectantes de cosas más complejas, de finales menos felices, de tics nerviosos, de asesinatos. Y aceptar que lo único que sobrevive inmaculado e ideal es el humor, y que con eso alcanza para cogernos a la muerte.

8 de octubre de 2008

memento

Los dos sabemos que no seré como los truenos, que no grito, que no pataleo, que no conozco forma de pegar portazos, de adornar los triunfos, de pasear por el barrio en toga púrpura. “Memento mori”. Yo sí me acuerdo, no necesito que me lo repita una caravana, yo nací con esa conciencia imperativa.
Cuando estoy, es más como la humedad, como la electricidad en potencia circulando invisible por la tierra y por las nubes; como cuando se está por largar y la gente se refugia a tal velocidad que parece como si fuera a llover mercurio. Una vez que anda cada cual en su búnker, todavía no llueve, pero la ciudad se me hizo mía. Parece de guapa quedarse en la vereda, por no tenerle miedo al mercurio, pero en realidad es que yo nací con esa conciencia imperativa: memento mori, memento mori, como un susurro.
Y capaz no soy como lo que quema o lo que grita doble o nada, lo que corre fuerte y mata con las manos. Estoy más entre la luz y la arena; tengo, en los ojos, lo claro y lo oscuro: cuando iluminan algo ya se está apagando; cuando se apagan, algo queda encandilando.
A pesar de que la despedida sea elástica como cualquier reproche, por más que después de irme quede vibrando la ilusión del golpe de efecto, aunque secretamente espere la ola que te revuelque y te avise que el mar se puede adueñar del equilibrio, algo en mi espalda sabe que ese golpe no llega, que de hecho no existe, y cuando me dispongo a entenderlo tengo todo lo frío de la tormenta que ahí se largó, al fin, y no es venenosa como el mercurio. Sólo moja. Memento mori, pero no hoy, no esta tarde lluviosa de domingo.

Va a ser casi imperceptible. Van a pasar semanas y ese dolor que no terminás de reconocer, en esa parte del cuerpo que no terminás de encontrar (no sabés si es una extremidad o algo tan hondo que se extiende en otro plano), eso soy yo, que me fui, es el silencio de mi reproche vencido y la nota del tuyo, harto del mar apacible, con un poco de hambre de mercurio.

1 de octubre de 2008

spring stream

Vamos a ir a un bar en Palermo porque la plaza está siempre viva, y se van a escuchar varios acentos, acentos venezolanos y acentos santiagueños, acentos de las termas de Río Hondo, uno francés, y se van a ver brasileras sobre tacos de plástico que no le llegan ni a los talones al señor de los sancos con vocación de payaso. Esa vuelta alrededor de la plaza, hasta que llegamos al bar, fue bastante más emocionante que los tragos en sí y que la conversación sobre nuestros pasados o más profundas creencias. Yo ya sé en qué creo, no vine a contarte, y, mozo, el trago éste no tiene alcohol pero tampoco clasifica para rico licuado.
Algo tiene que estar pasando afuera, la gente camina, se caga de risa, en los boliches ponen cara de publicidad de promoción de puchos y yo fumo y fumo pero me siento tan ajena que podría estar filmando un documental sobre los mamíferos y su comportamiento dentro de una discoteca bailable, disfrazada de anfibio.
Se supone que no nos olvidamos de avisar que el flaco que estoy por conocer es el séptimo de siete hermanos como para que yo saque las verdaderas cuentas, entienda que es un católico a ultranza y entonces rechace de antemano la salida y me quede aprendiendo a caminar sobre sancos o me decida por la empresa de asimilar un hábitat anfibio, justificadamente foráneo.
Tendríamos que hacerle caso al instinto que desde abajo del ombligo dicta resguardarse de esta lluvia finita de mierda, que parece como si se te colara hasta los huesos, comer un chocolate en las penumbras del cine y en todo caso sentirse sola, pero no incómoda ni extranjera. Se supone que nos damos treguas. Que nos consolamos. Se supone que existe alguna forma de no instrospeccionar, otra, aparte de la masturbación, algo como la tele, que nos permite renunciar al laberinto y sentarnos solos, cada uno con cada uno, sobre el rocío de un valle, a mirar el norte y su titilar certero sin intención de decodificar el código morse en el que habla esa estrella desde un hábitat sin espacio.
Está por florecer (un sábado después los jazmines del aire están hinchados dibujando los umbrales de las casas cerca de casa). Parece como si el valle se pronunciara en un idioma denso, hacia más abajo que lo que parecía que se pronunciaba. El camino que se recorre en esa dirección se conoce de memoria, y puede estar oscuro o puede llover, pero no importa cuando uno es de esa tierra. En definitiva tampoco es una sorpresa, lo hondo del refugio y del destino aparece al fin como aparecía en cada elección anterior, desde el principio (los jazmines del aire siempre fueron una distracción tan dulce que se confunden con lo nostálgico y traen todo eso que uno quería ser).
Se supone que existe un valle, que la vegetación le cede paso a un claro y parece como una siesta. La única tranquilidad que queda es que va a permanecer prendida una luz, y que esa luz sí se corresponde, casi refleja, con los ojos negros que le rezan.

27 de septiembre de 2008

cuna quebrada


Es la letra con la que Nicolás Neira hizo una canción preciosa, el mejor regalo que le hicieron a lo que hago. Fue un honor ser materia prima, sigo en carne viva de haberla escuchado hace unas horas.
La canción es mil millones de veces más linda y hay un par de cosas que se modificaron por cuestiones musicales que no sabría explicar, pero va así porque no tengo la versión que quedó. Escuchen a este trío. Sí, imperativo, pero por su bien.




En cuál mestizaje debería reconocer mi gesto espejo,
qué nudo le hizo a mi lengua el cambalache.

Se hincha de gente que se mira las caras, el vagón de mediodía,
el tren frena, descarga y relincha,
y luego ya por el andén se bifurcan los caminos
en distintas sombras y sonidos.

Habría que rezarle una canción de vientos
a la tierra que guarda los secretos
de lo que fuimos antes de desangrarnos a fuerza de olvido.

Habría que pedirle a la luna
que devuelva en un rocío
el idioma en que se canta nuestra canción de cuna,
aquel que en la quebrada hizo un eco fallido,
calló, y anda perdido.

21 de septiembre de 2008

souvenir

Arriba de mi mesa de luz, entre frascos de cremas y bencinas, está la réplica de la Torre Eiffel que me compré en Montmartre cuando me permití ese único gesto turístico –porque de todas formas ya estaba entregada a la infalibilidad del cliché y resultaba incluso más infantil resistirme a caer en el estereotipo, que simplemente caer.
En definitiva tenías razón cuando decías que lo trillado de los eventos no los hacía menos verdaderos. Enamorarse en París, con toda la vergüenza de decirlo (incluso de decírmelo) y de disfrutarlo con obscenidad.

La torrecita es lo único obsceno que sobrevivió. En algún punto del vínculo entre el símbolo y lo simbolizado algo se reventó; los pocos recuerdos materiales son eso: miniaturas baratas, objetos que no se pueden cargar de lo que representan y se quedan ahí, sobre alguna mesa de madera oscura, vacíos de significación. Tristes. Como adornos de casas de abuelos. La réplica de la torre podría decir en letras cursivas y doradas "Recuerdo de Villa Gessell" y sería exactamente lo mismo. Todo lo que le daba sentido se murió de anónimo.

29 de agosto de 2008

stream (brotando desde la planta de un pie)

Mi pie en tus dos manos, lo que me costó delegártelo para que te lo quedaras un rato, cerrar los ojos, irme de viaje dejando un solo ancla y desde un solo puerto: mi pie en tus manos. Soñé que a la sirena se le reabsorbían las escamas y que de entre sus piernas nuevas salían veloces varias orugas, escarabajos y otros bichos… no se sabía bien qué bichos eran por esto de verlos huir tan rápido, anticipando el apocalipsis. Cuando ya no quedaba ninguno se desplegaron los pétalos, y después hojas y hojas que le llegaron hasta las rodillas. Tenías, con los dedos en la planta de mi pie, un poder para revolver por abajo de las costillas, un saber ciego haciéndose paso en el guiso de la anatomía. Entonces llegabas esquivando los pliegues sin salida ahí a donde se tapan con sangre las yagas. Está oscuro, acá adentro. Apagué la luz para esconder criaturas, pero vos entraste sigiloso por la planta de mi pie y una vez que estabas adentro se abrieron un momento las ventanas, cedió el aire viciado, circuló una corriente de otro aire exorcizando los predios, contándole qué ven a los espejos. Estaban los paisajes, las sábanas arrugadas, una ventana dibujándose violácea al ritmo en el que amanece, los elásticos vencidos, todas esas habitaciones llenas de espíritus inquilinos, la familia anterior a los inmigrantes, la sensación al tacto de una barba de un día, un andar rengo, el calor metálico de los radiadores eléctricos, el primer olor a verano de todos los veranos, estaba el llanto tan memorizado, y la ventana que se abrió hizo un efecto de vacío que lo expulsó todo hacia afuera: se iban los recuerdos con cara de El Guernica, se iban los muertos con un ojo en la nuca, con los lóbulos de las orejas en las fosas nasales, grises, metamorfosis infinita del muerto en vida ajena, templos llenos de cera de vela, sobre cera de otra vela, sobre cera de otra vela, y el polvo, los hongos, el musgo. Todo afuera. Seguían los ojos cerrados pero se me hacía agua la comisura de los párpados, sentía más frías esas últimas pestañas, y sabía que vos estabas atestiguando el éxodo de todas estas criaturas, con un pie mío en tus manos, y hacías el silencio del último luto. En el medio de la luz confusa de cuando amanece, se hizo una voz grave, lejos como mi pie, que me dijo “No tengas miedo”.

23 de agosto de 2008

fiona

El dragón se viene morfando a cuanto pibe se le acerca o con la espada torpe, o con el corazón fruncido, o con los huevos chicos, o simplemente distraído, o lento, lentísimo, o verde, verdísimo. Se los traga. Elige a cuál masticar bien y a cuál pasar entero por la garganta, por venenoso. Elige a cuál quemar con un soplido y verlo derretirse; a cuál destripar con una sola pezuña como quien le saca con el dedo índice las semillas a una uva, y la uva patinosa se resiste, y los órganos antes de ceder se aferran, mojados, a los conductos. Se ve que uno solo de ellos tenía el gusto de una cebolla cruda, porque mientras terminaba de pasarlo al esófago, se le cayeron un par de lágrimas. Se ve que otro era elástico y de goma como un chicle, porque se le pudría en la boca y aún así lo paseó un buen rato entre las muelas, casi le daña la lengua, los dientes y las encías… Hasta que glup. No llegaron ni a la fosa.
A la noche, cuando no sabe nadie, sube el dragón los cuatrocientos veintitrés escalones hasta la torre para que yo le de una palmadita en el hocico (Sit ahí. Good boy). Mueve la cola, se tira hinchado a los pies de la cama, y dormimos. Dormimos tranquilos.
El temita, más que salvarme de la jaula, va a ser salvarme del refugio.

17 de agosto de 2008

el choclo

La música empezó como invitando, de a poco, como envolviendo en un ciclo progresivo que cuando te dabas cuenta, ya estabas en el medio de la nota. El auto se movía como manejado por alguien que no fuera yo. Y sobre agua, o aceite. Se me repetían imágenes de hace unas horas: la puerta cerrándose sobre tu espalda, encima tuyo, mis ojos diciéndote andate, inyectados de un tinte espeso de furia, te los dirigía desde la sombra de mi cara, tenía toda la cara hacia abajo y los ojos desde esa sombra, fijos, andate, los barrotes de la reja cruzándonos la última conversación, la llave puesta y yo la sostenía, a punto de girarla, ya estabas del lado de la vereda, andate, te hubiera cagado a trompadas sin llorar ni una sola lágrima. Y después la música aflojaba, había estado tan arriba, con todos los instrumentos respondiéndose entre sí, y bajó, algunos hicieron silencio, quedó una melodía melancólica, cansada de la música anterior. Vinieron imágenes tan distintas: Era un tango como éste el que bailábamos cuando yo te abría las pestañas de par en par y también te miraba desde una sombra, pero la de tu cuerpo llevándome por música parecida a esta, la de El Choclo. Era una hipnosis, el gesto atascado en la sonrisa que dolía, ya, de tanto tenerla puesta. Vi mi propio gesto, qué aberrante. Qué cosa más artificiosa, más construida y mentirosa que ver el propio gesto, pero lo vi: los ojos entregados, el gesto abandonado en una expresión imbécil de encantamiento. Imbécil, se podía caer la baba. Y me vi ínfima. Pulgarcita. En la sombra de mi ropa, tan oscura, la postura en un nudo de codos cruzados con rodillas, enroscada como un gato al pie de una chimenea, pero al pie de tu perímetro, con el cuerpo tenso que tiene frío pero sabe que si se queda un rato, va a empezar a dar el calor del fuego, y es cuestión de aguantar el frío un toque. Esperé tanto: dos inviernos. El gato está electrizado, las uñas clavadas en la alfombra, el cuerpo arqueado, agazapado, listo, y los ojos brillando desde la sombra del fuego que no vino, inyectados de un tinte espeso de furia, andate, es la última vez que te lo digo. Dos vueltas de llave.

7 de agosto de 2008

luz mala

Unos minutos antes de que amanezca llega un rumor del alba.

Como si empezara a correr un aire que desparrama alcohol etílico por la sangre; un aire que todavía no es blanco, pero que viene de otro pueblo en donde ya es de día. Será que los rayos resuenan por debajo del horizonte y dibujan mil ángulos sobre una mitad de la esfera. Será que vienen a expiar la noche o a abrir camino y es un poco anticipado, pero uno ya sabe que viene el sol, el que redime.

Vos, en cambio, sos como la luz mala: Está la noche, y sin previo aviso una luz cruza el campo abierto, lo desgarra, y se va. Después resulta que fue un fosforecer de los cadáveres.

¿Cuándo era que volvía el sol?

4 de agosto de 2008

¿Qué pasa si efectivamente alrededor de los treinta o los treinta y uno el hijo de puta deshace las valijas y planta una huerta para tener zanahorias frescas a la hora de cocinar? Y cocina, cocina rico y sonríe. ¿Qué hago? Me dijeron que no, que no va a pasar. Me hice un mate para bajar la afirmación a atragantadas calientes, como las que le pegaba a él para convencerlo de la idea de la huerta –pero ahora, y conmigo. Me dijeron que no somos etapas, que somos procesos, que no nos podemos saltear el arado y un día despertar de un sueño delirante y arrancar de la tierra zanahorias maduras y brillantes de tan naranjas. Lloré un rato en el jardín solo y seco; era febrero. Me alejé de la estación dejándome atraer desde otro polo. Me desperté en otro país, como de un sueño delirante, y ahí tiré de las raíces. Eran zanahorias que no eran mías. Recordé el tono rotundo de Euge, apenas arrogante (me encanta): que somos proceso, no etapas, y volví a casa, cabizbaja, al jardín de vuelta, ya era marzo, a arar, se largó a llover y la tierra revuelta se fue humedeciendo.

1 de agosto de 2008

de sangre

Un "stream" para Clari, luz hermana y luz foránea en-y-a mi alma, una guerrera.

“Son cosas de la tierra y la sangre que supongo que todo el mundo entiende”, dijo con la voz quebrada y acento cubano, y me tenía agarrada de los órganos. ¿Pero entiendo? A ver: volver al cuerpo. Hacerlo callar, hacerlo esperar; tenerlo rígido y ablandarle los músculos a suspiros; llevarlo al río, a las orillas, sentarlo quieto y reconocer las extremidades: “Hasta acá llegan”, dijo Anya mirándose los brazos y las piernas, sentada al borde de la tierra rota. Le andaba doliendo el vuelo. Se acercó a nuestro mate una criatura de las islas, reptando por sobre el nivel del piso. Mostró sus dibujos y nos miraba como quien mira a otra especie sin demasiado interés. “La libertad pesa”, dijo con voz humilde, y terminó el mate haciéndolo sonar a rana. Nosotras que pensábamos que lo que pesaba era el encierro, y que por eso habíamos ido al río... Hasta acá la tierra.

No: del otro lado del río vive Martín, en las islas; parece como si cuando oscurece se fuera nadando al encuentro de un hijo que lo espera en la puerta de la casa descalzo, a pesar del frío, y le cuenta algo que descubrió sobre un bichito: un secreto. Un secreto de la tierra que sólo saben los insectos y todo lo que croa o hace ruido cuando se derrite el cemento, se apaga el hechizo de la civilización, y el agua insiste, a golpes, sobre la orilla, insiste, declara que sigue siendo la que muerde la tierra y no la tierra la que muerde ningún vacío, ningún abismo, ningún espacio. El hijo de Martín se pasó la tarde mirando fijo a una araña mientras cazaba siguiendo el dictado del centro de su cuerpo, el impulso de la entraña sobre el telar, la verdad del hambre. Por sobre la muerte de cualquier mosca torpe que haya quedado pegada, la verdad del hambre. Cuando nos olvidamos del cuerpo la libertad se volvió amenaza, es que las certezas las llevábamos adentro y las desoímos. Un tiempo después nos olvidamos de Martín y nos fuimos a escuchar tango. No pesaba nada, ni siquiera el viaje en colectivo, porque ahí se nos reveló que eso que llevábamos con la vergüenza de quien tiene muñones, eso, no era más que las manos enteras, y que de vuelta las sabíamos usar y nos acordamos de que con esa mano tocábamos el tango, la flauta traversa, y estrenamos besos de otras lenguas en idiomas que no sabíamos que hablábamos, nosotras, las de antes, las del primer momento, cuando Anya me enseñó el uso de la “q”, y las de ahora, etéreas de tanto desdoblarnos en para atrás y para adelante. Una euforia. Esto recién empieza. Ahí seguía sonando, Astor, sobre el escenario, dos músicos en cuatro ojos enamorados cada uno del otro par, y estábamos enteras y en carne viva. Carne viva de nuestro tango, y después se sumó la guitarra, la chacarera daba ganas de llorar, carajo, me hubiera ido directo al escenario a abrazarlos a todos o a romper a golpes la guitarra, romperla contra el piso de amor, romper la flauta a golpes contra el piano, gritarles la puta madre me perforaron, me perforaron a chacarera. Sí, entiendo. Cosas de la tierra y la sangre que yo también entiendo.

21 de julio de 2008

salada

Hicimos un viaje corto a la playa y cuando llegamos primero fue olor a pino y a eucaliptos, y después a arena mojada y a pieles dulces en los hombros y saladas en los tobillos. El yodo había fabricado olas de Nesquik. Dormimos siestas largas con las puertas del balcón abiertas. Algunas siestas en cucharita, otras en cuartos diferentes. Yo iba y venía por la casa, asegurándome que estuvieras bien, que no te despertaran, que estuvieras tapado. Caía un sol atrasado que desconcertaba la noción del tiempo. En el bosque, apenas el día se decidía a desangrarse en sombras espesas, los murciélagos empezaban a rotar posiciones en los árboles y chillaban agudo. Hubo que acostumbrarse a ese sonido y a otra almohada.
Los chicos jugaron al fútbol en la calle de tierra todo el fin de semana. Yo era feliz mirándolos jugar. Desplegaba una lona en el pasto, me sacaba las ojotas y me sentaba al lado del termo a sonreírles y festejarles los pases. Tenía esa vocación, la de festejar las cosas de los otros. Estaba satisfecha haciéndolos sentir orgullosos y entendía esa forma de seducción como infalible, un olear de pases, sonrisas, centros y pestañas. Ser porrista.
En algún momento de la tarde del sábado, un poco después de que volvimos de la playa, se largó a llover. Cayó esa lluvia de mar que se acepta con benevolencia y apuntando la nariz al cielo. Cerré los ojos, abrí la boca y saqué la lengua para jugar ese juego antiguo de tomar la lluvia. Los chicos entraron la pelota a la cocina y nos quedamos abajo del techo del quincho, todos sentados en el piso y en silencio, mirando el pasto fosforecer y oliendo todo: Arena, los árboles, todo estaba amplificado por la lente y la humedad del agua de lluvia salada, y era hipnótico. Nos quedamos bajo techo, en la ronda de mate que era lo único de contacto entre la hipnosis de cada uno.
Cuando empezó a oscurecer entramos. Quedaron las toallas hechas un bollo en la entrada, ojotas con arena al lado de la puerta y algunos se quedaron jugando al truco en la mesa de madera. Ya empezaban a sacar cervezas de la heladera; prendieron la lámpara de la cocina y empezaron a prenderse también las caras rojas de sol. Yo sentía la piel caliente, todavía. Subí las escaleras y te escuché cantar desde la ducha. Toqué la puerta, me dijiste que pasara, entré y me sonreíste desde abajo del agua y a través del vidrio de la mampara; te sonreí yo también, mientras metía una pierna y otra en la bañadera. En la ducha los besos y los cuellos tenían un gusto a agua y apenitas a jabón y la sal iba cediendo y la piel claudicando el ardor del sol por algún otro.
Esa noche fue un lapsus dentro del fin de semana, no tuvo el ritmo temporal flexible de la playa, ni los perfumes. Parecía Buenos Aires adentro del boliche. O todavía peor: yo parecía de otro barrio, de otra ciudad, de otra playa. Me mantuve en los márgenes de más sombras, buscando ojos para mirar fijo. Él no paraba de esquivarme la mirada. Me fui del boliche, te mandé a devolver el sweater que me habías pedido que te guardara en la cartera y salí sola.
Bastante más tarde se impuso una luz gris de alba lluviosa como la tarde anterior. A esa hora volví a la casa; no estaba segura de recordar el camino pero de alguna forma llegué. Los dos habíamos estado en los besos de otro, esa noche; lo dos lo habíamos admitido de antemano y nos habíamos lastimado a propósito avisándolo. Yo llegué primero a casa porque hubiese preferido quedarme con vos desde el primer momento, no tener que vengar tu rechazo en la boca de nadie ni volver caminando sola, y tenía la ilusión de llegar y encontrarte esperándome.
Me acosté en una cama que dejé vacía a medias y me dormí para evitar la ansiedad de esperarlo despierta. Media hora más tarde me despertó el ruido de la puerta de entrada y me quedé quieta para escuchar a dónde iban los pasos. Vinieron. Entró al cuarto despacio, se me acercó, terminó de llenar la cama y me dio besos en toda la cara. “Estás salada”. Él tenía gusto a Fernet. “¿Con quién estuviste?”, me preguntó, simulando una escena de celos igual de grande que la que yo me callé, por verdadera.
Cuando se durmió lloré bajito y jugué a atrapar algunas lágrimas con la lengua por la misma razón por la cual a la tarde me había tragado gotas de lluvia: porque hay cosas que se aceptan con la benevolencia de la lengua y porque nunca se agota la intriga del gusto del agua.

14 de julio de 2008

mitad pez

"When I was a kid, I thought I was. I can't believe I'm crying already. Sometimes I think people don't understand how lonely it is to be a kid, like you don't matter. So, I'm eight, and I have these toys, these dolls. My favorite is this ugly girl doll who I call Clementine, and I keep yelling at her, "You can't be ugly! Be pretty!" It's weird, like if I can transform her, I would magically change, too."


El piso damero de mi casa parecía un tablero de ajedrez dos veces, en el reflejo del espejo grande del pasillo. Ese espejo, ahora que pienso, siempre fue un espejo grande de pasillo en todas las casas en las que vivió. Y me pregunto si será parte de la identidad del espejo o sólo del criterio de mis padres. (El público votaría la opción “identidad del espejo”. Perfecto. Yo estoy de acuerdo.)
Me solía sentar sobre el tablero duplicado, mirándome de frente, e inmediatamente era las dos filas de peones en guerra. Insistía en ensayar distintos gestos para que alguno me convenciera, ganar el partido y replegarme: Ser una sola; ser ninguna guerra… Pero no había hueco estratégico para lograr el jaque mate y el espejo hacía un movimiento –después de horas de pulseada– irrefutable.
La navidad que me regalaron el disfraz de la sirenita me lo puse apurada, corrí al espejo del vestidor del cuarto de mi abuela –ese sí que era un espejo enorme, era directamente una pared– y cuando me encontré, no sólo no era una sirenita linda, ni siquiera era una sirena. La cola de pez era celeste en vez de verde, y no me llegaba hasta los tobillos, como hubiera querido, asomaban rodillas humanas, bizcas, y arriba de los ojos de decepción, mil rulos castaños se olvidaron de parecerse al pelirrojo del imaginario. Ahí estábamos, mitad pez, mitad humana, mitad partida.
Me sigo escapando con toda la fila de peones por alguno de los márgenes del tablero, y me pregunto cómo será el placer triunfal en el que se regocija la sirena fallida del otro lado del reflejo.

17 de junio de 2008

Pitia

Ojalá fuera algo nítido como una voz con su timbre y entonación específica. Las voces son extensiones sonoras de una entidad certera. No, entonces no es una voz. Ojalá alcanzara con nombrar “sensación” a la brújula que dibuja el mamarracho de uno y mil caminos potenciales.
Entonces bosquejo la hipótesis que empieza por descartar cualquier tipo de linealidad. Temporal, sobre todo, pero también espacial: todo menos un camino, todo menos una entidad, mucho menos una identidad. Los puntos cardinales giran como una ruleta rusa alrededor de la aguja fija que me mira y me guiña un resplandecer metálico.
En busca de indicios, recurro a un oráculo que se vuelve un auxilio, apenas un salvavidas que me distrae de la incertidumbre con su ejercicio de decodificación. Hay rompecabezas, acertijos y metáforas, pero ninguna cosa absoluta como un monosílabo rotundo. Hasta que por fin algo en el pecho se expande en el abrazo de alguien que amo. Habla el cuerpo, sin timbre, sin entonación, sólo dice el gesto de expandirse, y confirma la hipótesis demostrando que si uno, en el contacto de un abrazo, se expande más allá de su propio cuerpo, entonces no hay linealidad posible. Y cuando visito el espacio que está más allá de mi contorno, del perímetro de mi sombra, me encuentro con lo abrumador de las certezas que dominan ese espacio. Allá en la luna, en la memoria que fluye como savia pegajosa de cualquier árbol genealógico, habitan ellas y una bandera equivocada. Algo permanente descansa al costado de las vidas, a espaldas de las muertes, algo inmortal e inequívoco duerme justo en donde al vacío se le escapa un pedacito roto de materia que orbita en círculos sobre círculos, sobre círculos, sobre círculos, para asegurarse que siempre haya algo que se nos escape, de tanto girar.
Giro, yo también: de la brújula al oráculo, del oráculo al abrazo, y del abrazo a la brújula. El cuerpo no conoce más que gestos y tiene el dolor de un recuerdo vago: el de haber nacido, el de haber sido nombrado y circunscrito a los límites de un cuerpo que ni siquiera se forma a mi antojo.
Cuando me pierdo, no es más que el resentimiento de que inevitablemente tanto el amor como los ciclos me van a sobrevivir, y por eso no puedo descifrarlos.